Culto
Francisco Gandolfo y Mario Levrero: correspondencia luminosa

Francisco Gandolfo y Mario Levrero: correspondencia luminosa

Publicado por el sello Overol, Correspondencia reúne la relación epistolar que mantuvieron, entre 1970 y 1986, el poeta argentino y el escritor uruguayo.

No hay ninguna novedad en decir que la correspondencia está a la baja. Quiero decir: las cartas. Escritas en papel, puestas en un sobre y entregadas a quién sabe cuántas manos antes de llegar –o no—a su destino. A la baja estaría también, podríamos apostar, cierta forma de entender la comunicación y el tiempo. Cómo no, qué obviedad. Y sin embargo, es absolutamente plausible imaginarse a Levrero sentado tecleando frente a un computador. La novela luminosa está llena de esos momentos: Levrero programando, Levrero viendo pornografía –las japonesitas desnudas–, Levrero jugando solitario. Nos perdimos, la muerte así a lo quiso, a Levrero en Twitter. A Levrero en Facebook.

Al que no nos perdimos –la vida, después de todo, nunca es tan injusta— es al Levrero de las correspondencias. De las cartas. Que están a la baja, ya lo dijimos. Un Levrero amable y generoso. Un Levrero que parecemos conocer. Con el que hemos hablado en cantidad de ocasiones. Es el mismo del Discurso vacío. Del Diario de un canalla. “Obvio que es el mismo”, puede replicar un lector inquisidor. Pero me refiero a la voz. A su voz. A esa voz que parece vibrar en sus textos. Al otro lado, Francisco Gandolfo, poeta, lo interpela, le dice Jorge, le dice Mario, le dice Hermano Mario. Le envía sus libros y espera –y ustedes pueden imaginar todo lo que tuvo que esperar, ¡una carta!—que Levrero se siente, tome un papel, escriba, se levante, vaya al correo, deposite la carta de vuelta. Etcétera. Ese ritual.

A ratos, la correspondencia entre Gandolfo y Levrero se transforma en un intercambio de elogios. En una carta, por ejemplo, Levrero le escribe a Gandolfo: “Estimado vate, se me ocurre que hace ya bastante tiempo que usted ha dejado de ser poeta, si es que alguna vez lo fue. Hasta ahora había conseguido por lo menos mantener la duda, con hábiles juegos de palabras”. Y Gandolfo le responde: “Acabo de recibir tu agresiva carta y compruebo que estás más rayado que nunca, para colmo empleando términos como biorritmos que suena a gorriones, y sinusoide, semejante a sinusitis, que significa inflamación de los senos del cráneo, que debe ser lo que estás padeciendo”.

También discrepan –y mucho–. Mientras Gandolfo comenta la organización de encuentros y colectivos de poesía, Levrero responde categórico: “Aquí, por fortuna, no hay nada parecido a ese grupo de escritores y sus consecuentes despelotes. Ni siquiera hay escritores, con lo cual el aire se vuelve más nítido y liviano. Todo grupo, especialmente en arte, suena justamente a grupo. Cosa mediocre. El escritor, en especial, es un jodido solitario o no es escritor”. A pesar de que esta correspondencia es anterior a la beca Guggenheim, funciona como un antecedente o primer momento de aquellas obsesiones que llenarían las páginas de sus diarios de escritura.

En una carta de mayo de 1970, le escribe a Gandolfo: “Tengo miedo de haber cambiado la vida por la literatura. Por eso quizá dejé de escribir, incluso dejé la máquina de escribir, y me vine a un bosque de Piriápolis”. Y en otra: “Si llega a publicarse algo y si llego a cobrar algún peso o dólar, por chiquito que sea, tal vez retome la pluma –como dicen los gansos. No es que me haya vuelto mercenario como ustedes –soy facho por naturaleza—sino que fama y gloria han dejado de ser motivaciones y hoy pienso seriamente en que mejor me vendría un poco de dinero”. Levrero aparece en toda su encantadora complejidad de solitario empedernido, haciendo comentarios laterales sobre literatura y volcándose con pasión cuando la conversación decanta hacia las que parecen ser sus verdaderas pasiones: lo weird, lo esotérico, la teocracia, los espíritus.

Asistimos también, cómo no, a la transformación de Jorge Varlotta en Mario Levrero it self. En una de las últimas cartas, con fecha 3 de junio de 1983, Levrero le escribe a Gandolfo: “Como contrapartida, parece que sin querer metí los dedos en el peligroso enchufe de la notoriedad –consecuencia imprevista de la publicación de El lugar en El Péndulo número 6—y tanto los críticos como el público compatriotas comenzaron a darse cuenta, los primeros con un poco de culpa, el segundo con asombro, [de] que entre nosotros había un autor”. El resultado, para Levrero, por supuesto, no es ninguna clase de gloria o acceso directo al Salón VIP de la Literatura Latinoamericana –por la que algunos autores venderían hasta su madre, como dicen los raperos–, sino un hecho concreto: engordar. “Coma usted primordialmente pan y queso (…) y sea su ego estimulado por las repetidas caricias del favor público y tendrá como resultado una bolsa de grasa. Hoy me pesé: 86 kilos y medio”.

Gandolfo, por su parte, y al menos así lo podemos comprobar a lo largo y ancho de esta breve correspondencia, no coloca nunca los dedos en el peligroso enchufe. La poesía, parece decirnos de forma más o menos solapada esta relación epistolar, está colocada en un escaparate bastante menos glamoroso que el de la narrativa. La poesía, como el mismo Levrero apunta a propósito de un libro del poeta Rubén Sevlever que se nos muestra como anexo en este libro, nunca tendrá popularidad, pero seguramente no le faltarán adeptos.

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández |
Jonnathan Opazo, autor del volumen Junkopia (Bifurcaciones) y Cangrejos (Gramaje). Mantiene el blog lacitadeunacita.wordpress.com.