Culto
Alfredo Bryce Echenique: “Llegué tarde al boom, nunca me sentí parte de sus profetas”

Alfredo Bryce Echenique: “Llegué tarde al boom, nunca me sentí parte de sus profetas”

A los 80 años y tras las acusaciones de plagio que recibió en 2008, presenta en Chile el tercer y último tomo de sus memorias, Permiso para retirarme.

Alfredo Bryce Echenique nos recibe en su departamento en San Isidro, rodeado por los objetos que atesora tras exilios y mudanzas. A un metro cuelga el lienzo pintado por Herman Braun-Vega, portada del primer tomo de sus Antimemorias. Ahí un joven Bryce aparece con ese look Woody Allen y una página de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz en la mano. Detrás se ve un balneario que bien podría ser Europa o el Perú. Una confusión propicia para esta tarde que se percibe negra. Pocas horas atrás, el suicidio del ex presidente Alan García ha golpeado a partidarios y detractores por igual.

Encontrar a Bryce luciendo, no la habitual corbata de moño, sino un buzo gris de motivos fosforescentes con el cual parece entrenar para su inminente gira, que lo lleva a Santiago, parece una invitación a cambiar el shock coyuntural por el asombro que despiertan sus historias.

-Vivió en París en mayo del 68. El mismo año que publicó su primer libro de cuentos, Huerto cerrado. ¿Fue también una revolución personal?

-Cierto que lo fue. Recuerdo una protesta contra la guerra de Vietnam con Sartre y Vargas Llosa. Yo estaba en el público y de repente vi a Julio Cortázar, cuyos cuentos me habían fascinado. No me acerqué a saludarlo. En parte por estupidez, y para qué. Lo importante no era conocerlo sino leerlo. Sentía que yo escribía atado al sujeto, verbo y predicado. Julio era todo lo opuesto. Sus cuentos me liberaron.

-¿Qué aprendió de Cortázar?

-Que uno no debe buscar su realidad, aquella que lo parió, como base real de lo que escribe. Si te alejas de tu país y lees a mil autores nuevos, puedes escribir de otras cosas. Pues sí, Cortázar lo hizo. Pero cuanto más escribía sobre París, más escribía sobre Argentina. Yo también recorrí ese camino. Cuando mi traductor al francés leyó mi primer cuento parisino me dijo que había descrito una ciudad insólita porque en el fondo estaba hablando del Perú. Ese desdoblamiento es profundo y enriquecedor.

-¿Sigue negando el lugar que ocupó usted en el Boom?

-Llegué tarde, nunca me sentí parte de sus profetas. Vivía en París y el Boom fue gestado en Barcelona por Carlos Barral, quien me publicó Un mundo para Julius.

-¿Conserva un ejemplar de esa edición plagada de erratas?

-No, eso fue terrible. Tenía como 780 erratas importantes. Recuerdo que, en vez de decir “Los árboles bordeaban la avenida”, se leía: “Los árboles bombardeaban la avenida”. O a fulana, que cada año se le debía ver “más avejentada”, se le veía “más aventajada”. Cuando le mandé a Barral un telegrama con la noticia, me respondió: “Desolado descubrimiento. Quemo edición”.

-¿Han cambiado sus rituales de escritura?

-Requiero de soledad. La mayor parte de mis libros han sido escritos en lugares donde no vivía, sobre todo en islas. La idea de aislarme me gusta mucho.

-Vargas Llosa ha encontrado el amor a los 80 años. ¿Tiene la esperanza de volver a enamorarse?

-Sí, creo en el amor. Ahora mismo estoy disfrutándolo. En el pasado, por supuesto. Hubo una alumna del colegio de París donde yo daba clases. Una linda amistad, aunque la diferencia de edad era grandecita. Caminábamos mucho, vivía en la misma calle de la escuela. Una de mis mudanzas me sacó de París y dejé de verla. Cuando volví, la busqué. Me dijo que estaba casada, pero que siempre había querido casarse conmigo y yo había desaparecido. Ahora la busco por Internet y creo que es la persona que más he querido en mi vida. He tenido épocas que he ido a París a buscarla como aguja en un pajar. Encontré a otras con su nombre, pero no he dado con ella.

Se asume un escritor sin cábalas ni supersticiones, pero tiene una predilección por los números redondos. A sus 80 años, advierte que su trigésimo libro reunirá su correspondencia bajo el título de Cartas desde la hondonada. Este homenaje al género epistolar, herido de muerte por la tecnología, será el último libro que publique, aunque ya pidió permiso para retirarse.

Su tercer libro de memorias postula su vida como una tragicomedia de equivocaciones. Da fe de ello la vez que se hospedó donde Mauricio Wacquez. Olvidó cerrar la puerta y dejó escapar a todos los gatos para luego, desesperado, llenarle la casa de felinos impostores. Y entre tantos desencuentros del libro, destaca aquel con un joven estudiante de sociología que guitarreaba “El cóndor pasa” por el barrio de Pigalle vestido con chullo y poncho. Años más tarde sería elegido dos veces presidente del Perú.

-“Piedad para los que sufren”, reza una canción que recuerda usted en este episodio. ¿Podría haber escrito este final para la vida exagerada de Alan García?

-No lo creo… Aunque, últimamente, sí imaginaba que podía suicidarse.

-¿Qué lo hizo intuir eso?

-Había intentado escapar tantas veces y, cuando le fallaron los pedidos de asilo, no tenía salida. Estaba desesperado, eso lo notaba.

-Además de un Presidente de la República, en su árbol genealógico se encuentran Flora Tristán y su nieto, Paul Gauguin.

-De chico Gauguin pasó mucho tiempo en casa de los Echenique. Ha circulado en mi familia el rumor de que enloqueció ahí. Era costumbre de la época que las familias ricas cuidaran a un enfermo en casa y los Echenique tenían a un loco, que una noche se escapó e intentó matar a Gauguin.

-¿Cuál de sus libros cree que sobreviva al tiempo?

-Primero hay que creer en los milagros, a mí me gustaría que sobrevivan todos. Pero creo que la cosa está entre Julius y Martín Romaña.

-¿Cuánto influyó su padre en usted?

-Mi padre fue muy aventurero. Desapareció del Perú a los 18 años, y regresó 20 años después con un bagaje de anécdotas que apenas compartía. Pero con whisky lo hacían hablar. Y entonces contaba vivencias increíbles. Nadie le creía, pero probaron ser verdad. Toreando en una plaza de pueblo en España, el toro lo había lanzado a las gradas y había caído sobre una vieja y la había matado. Y había cantado en la Ópera de Milán con Caruso.

Por su padre se graduó en Derecho con una tesis sobre la compensación en el Código Civil. A 10 años de las acusaciones de plagio por una serie de artículos periodísticos que afectaron su prestigio, Bryce hace cuentas de las ganancias de su vida. Y detrás de los anteojos redondos, con los ojos bien abiertos, no lo duda: “Definitivamente, los amigos”.


Permiso para retirarme
Alfredo Bryce Echenique
Se presenta mañana a las 13.00 hrs. en la Biblioteca Nicanor Parra UDP.

Entrevista por: María José Caro y Gabriel Meseth.

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