Culto
The Rolling Stones en Netflix: corsarios en la conquista

The Rolling Stones en Netflix: corsarios en la conquista

Los Stones han sido prolíficos filmando rutas y escenarios desde la infame Cocksuker blues (1972) con sexo explícito y pinchazos de heroína, hasta la hipercontrolada lectura en vivo de Martin Scorsese en Shine a light (2008).

Mick Jagger entró a pits para cambiar una válvula y volver a las giras en julio a punto de celebrar 76 años rindiendo 20 kilómetros de carreras por concierto gracias a entrenamientos seis días a la semana para un cuerpo que hace más de medio siglo era pellejo y huesos alimentado de drogas, alcohol y sexo. En aquella época el líder de The Rolling Stones vaticinaba transformaciones sólo cuando los veinteañeros cumplieran 75. “Esos chicos tienen que ser abuelos antes que todo cambie”, advertía en Charlie is my darling (1965), documental de una gira por Irlanda. Mick acertó y en el intertanto la banda se convirtió en un fenómeno cultural global. Este registro, disponible ahora en Netflix, aborda la relación con Latinoamérica mediante la gira veraniega de 2016.

La foto de Santiago donde arrancó el tour nos retrata parcos y aburridos. Ningún Stone interactúa con gente local o recorre sitios como sucede en la mayoría de las restantes capitales donde siempre resuena música ligera y festiva. Los sones asociados a Chile provienen del prusiano cambio de guardia en La Moneda con las voces en off de Mick Jagger y Keith Richards hablando de las dictaduras padecidas en el subcontinente y cómo el rock era casi subversivo. Licencias del guión. Sólo en Cuba había problemas si escuchabas guitarras eléctricas y en México fue prohibido en los 70 en democracia. En el resto del subcontinente no hubo vetos. Los líderes explican el lazo latino desde la legendaria escapada a Perú en 1968, el efecto carioca en “Sympathy for the devil”, y la composición de “Honky tonk women” a las afueras de Sao Paulo.

En Argentina indagan la cultura rolinga como pasión y estética más allá de la música. En Baires el tiempo regresa medio siglo para los Stones encarcelados en hoteles por el acecho de los fans pero la energía a cambio les emociona. La presión afloja en Montevideo con Jagger carreteando en una casa de barrio, siguen a Brasil donde son venerados, en Lima Jagger adula la comida, Colombia no los impresiona, y saltan a México donde también se sienten a sus anchas.

En paralelo se teje cierto suspenso por el remate de la gira con un concierto gratuito en La Habana, el primer show del grupo en Cuba presentado prácticamente como un hecho inédito olvidando las actuaciones de Manic Street Preachers en 2001 y Audioslave 2005. Asuntos de logística y fechas cruzadas con las visitas del Papa y Obama complican la producción y Jagger se muestra preocupado de los números confirmando su fama de rockero con calculadora en mano.

Los Stones han sido prolíficos filmando rutas y escenarios desde la infame Cocksuker blues (1972) con sexo explícito y pinchazos de heroína, hasta la hipercontrolada lectura en vivo de Martin Scorsese en Shine a light (2008). Olé olé olé! se instala equidistante y en un nuevo espacio. Un grupo de rock en plena tercera edad seduce generaciones latinas que solo han tenido la mitad del tiempo respecto del Primer Mundo para disfrutar su reinado. La pasión es distinta, aún efervescente y ese feedback alimenta el fuego de una pandilla que ha dado vuelta el mapa y las costumbres como corsarios al servicio de la conquista y la entretención.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras