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Fuego en La Iglesia de la Compañía: los ecos de una tragedia

Fuego en La Iglesia de la Compañía: los ecos de una tragedia

El incendio en la catedral de Notre Dame trae a la memoria una de las mayores catástrofes en la historia de Santiago, el 8 de diciembre de 1863. Un episodio en el que los fallecidos -mujeres, en una abrumadora mayoría- fueron cerca del 2 por ciento de la población capitalina.

“La catástrofe ha sido horrible. (…) Bien hubiéramos querido no haber sido nosotros del número los testigos. Un recuerdo doloroso se nos presentará por todos los días de nuestra vida”.

El texto apareció en El Ferrocarril del 9 de diciembre de 1863, a la mañana siguiente del incendio de la Iglesia de la Compañía, que dejó más de 2 mil muertos en una ciudad que no llegaba a los 100 mil. El autor pide disculpas a los lectores por la información que aún le falta tener, y ciertos datos que entrega fueron desmentidos por hallazgos posteriores. Pero queda en la retina, a siglo y medio de distancia, el horror que transmite:

“Veíamos desde la puerta moverse los brazos pidiendo auxilio; los gritos de las víctimas resonaban a dos cuadras de distancia. Madres que abrazaban a sus hijas y escondían entre la multitud su cabellera convertida en fuego. Hijas que miraban a sus madres salvadas, inclinando su cabeza con la resignación del mártir. Las infelices no tenían siquiera la facultad de moverse: desligaban sus manos para despedazarse el rostro en medio de la más espantosa desesperación”.

En estos días, tras el incendio en la catedral de Notre Dame, viaja a la memoria local lo ocurrido en el que fuera el principal templo de la capital, el más concurrido por pobres y ricos. Una catástrofe en la que murieron, según las estimaciones más confiables, 25 hombres y 2 mil mujeres. Uno de esos episodios que se padecieron y lloraron, pero que no se reexaminan mucho en sus diversas dimensiones.

Posiblemente, el saber de la calle aún recuerda que el episodio dio origen a la primera compañía de bomberos de Santiago. O que la edificación arrasada, que daba a las calles Compañía y Bandera, no fue reconstruida y que toda la manzana que ocupaba pasó a manos del Estado, que más tarde instalaría en ella el Congreso Nacional.

“No existe bibliografía contemporánea” sobre el incendio, añade por su parte la historiadora Sol Serrano en ¿Qué hacer con Dios en la República? (2008, Fondo de Cultura Económica), donde este episodio opone intereses, valores y convicciones de distinto orden, develando las tensiones entre religión y política, e incluso poniendo de relieve lo que hoy llamaríamos cuestiones de género.

“Fue un accidente, pero fue mucho más que eso”, comenta a Culto la premio Nacional de Historia 2018. Y añade: “Pocos acontecimientos tan dramáticos, azarosos y coyunturales como ese pueden relatar tramas políticas tan profundas”.

Cosa de minutos

El primer templo de la Compañía de Jesús en Santiago se edificó en 1593, el mismo año en que llegó la orden. Era una modesta iglesia de adobe cuyo estado ruinoso obligó a destruirla diez años después, iniciándose la construcción de un segundo templo. Terminado 26 años más tarde, este fue arruinado por el terremoto del 13 de mayo de 1647. Los jesuitas acometieron una tercera construcción de la iglesia, ahora mucho más suntuosa, inaugurada en 1711.

Expulsados los jesuitas por orden real, en 1767, el templo mantuvo el nombre. En 1769, fue afectado parcialmente por un incendio, y otro fuego lo dejó prácticamente en ruinas en mayo de 1841. La nueva reconstrucción tomó hasta 1847, consolidada ya entonces.

Con fama de principal, uno de los pocos edificios con reloj en la ciudad recibió en 1863 una nueva versión del “Mes de María”, que remataba sus celebraciones la tarde del martes 8 de diciembre: el día de la Inmaculada Concepción y el aniversario, además, de las Hijas de María, asociación piadosa que sumaba unas 6 mil integrantes y que cierto lenguaje designada como “beatas”, o mujeres dedicadas a la vida religiosa sin votos formales ni pertenencia a una congregación.

A las seis de la tarde, dos horas antes de la misa, el capellán abrió las puertas con ayuda policial, para evitar desmanes. La multitud copó inmediatamente las naves y los tres sacristanes empezaron a iluminar el templo: las arañas con velas de cera, los globos de aceite, las velas del altar mayor y de los laterales. “Se decía que en uno había tres mil velas encendidas y 400 en los otros”, anota Serrano en su libro, “además de las dos mil que colgaban desde el techo entre arañas y globos”. Si bien la liturgia autorizaba aceite de oliva y cera de abeja como combustibles, en esta ocasión se usó parafina y grasa de vacuno.

A las 6:45, un sacristán encendió los quemadores de la media luna que tenía en sus pies la imagen de la Virgen como la Inmaculada Concepción. Uno de los quemadores se abrió con exceso de presión, generándose una llamarada de casi un metro. Había muchas flores de papel decorando la columna, y la llama las alcanzó rápidamente. Siguió hacia el lienzo pintado, de allí al altar, y del altar hasta la cúpula.

“El templo era de madera y el incendio fue veloz”, prosigue Serrano. “No todos los fieles se percataron: el altar mayor era apenas visible desde el fondo de la nave. Los primeros en salir fueron los hombres que estaban de pie cerca de la puerta lateral que les estaba asignada. La mayoría que pudo arrancar lo hizo por las puertas de la sacristía. Las otras se obstruyeron”.

No es claro qué pasó con las puertas, aun si se ha esgrimido que éstas se abrían hacia adentro y que la muchedumbre en pánico las empujó en dirección contraria (cuestión aún más delicada si se considera que había ya en Chile templos con puertas batientes). Para Serrano, la explicación es razonable, pero hay otra para tener en cuenta: “Las iglesias no tenían sillas ni bancos y las mujeres se sentaban sobre tapetes. El piso era desnivelado y al tratar de correr, con vestidos pesados de terciopelos y encajes, enaguas de gran ruedo y mantos largos, se tropezaron con personas semitendidas. Unas cayeron sobre otras formando una pared tan compacta que se hizo inmóvil. Estos cerros humanos medían casi dos metros”.

Con las llamas ya en la cúpula, cayeron luego una torre y el campanario. “Entonces, el entablado del techo fue cayendo sobre las víctimas, quemando las cabezas y el torso de una multitud abigarrada. Quienes ya no habían muerto por asfixia, murieron por el fuego”. En minutos había fallecido más del 2% de la población santiaguina.

Cuestión de género

Al amanecer del día 9, la policía empezó a exhumar los cadáveres y llenó 164 carretones para enterrarlos en una fosa común en el Cementerio General. Empezaba también una disputa de orden político-religiosa. En el Gobierno desde 1861, la fusión liberal-conservadora debía moverse con astucia para no enemistar a sus miembros, y hacer frente al carácter público de la religión frente a quienes sostienen que un Estado moderno solo debe admitir sus manifestaciones privadas. Ítemes que definirán el largo camino a la secularización.

En tanto, la prensa y la calle se movían en direcciones más belicosas: de un lado, quienes firmaron por la demolición del templo, pidieron el fin del culto nocturno y culparon de la tragedia a la superchería y el aprovechamiento de los religiosos, quienes incluso favorecerían inmoralidades. La Iglesia, que habló de una “desventura”, se defendió a través de sus medios escritos mientras reunía dineros para una reedificación. La cuestión de fondo era la posibilidad de que se hiciera, de un lugar sagrado, un lugar profano.

Pero no era la única cuestión, observa Sol Serrano. “¿Por qué una de cada 27 mujeres de Santiago estaba ahí? Por piadosas, dirán unos. Porque estaban dominadas por el clero, dirán los liberales, y dedicaban ese tiempo al culto y no a sus casas, como debía ser”. A la distancia, se hacen poco distinguibles los argumentos de quienes denuncian la manipulación de las mujeres -por “impresionables” y “sentimentales”- de quienes las desean lejos del culto para abocarse a las tareas del hogar.

En su momento, este fue un tema, y no solo de los hombres de la política. El 28 de diciembre, 670 “Señoras de Santiago” hicieron una presentación pública al Presidente José Joaquín Pérez. En ella, refutaban los argumentos contra el fin del culto nocturno en las iglesias, ya que que el incendio se produjo de día, no de noche, y que nada se dice a este respecto de teatros o restoranes. Igualmente, sus sirvientes no tienen otro momento que la noche para ir a rezar. Cuestión de género, entonces, pero también de clase.


 

¿Que hacer con Dios en la República?
Sol Serrano
Fondo de Cultura Económica
375 páginas

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