Culto
Piedad Bonnett: “Odio los desahogos emocionales”

Piedad Bonnett: “Odio los desahogos emocionales”

La poeta colombiana llega a librerías chilenas con Donde nadie me espere, suerte de secuela espiritual de su anterior libro, Lo que no tiene nombre, en el que narraba el suicidio de su hijo mayor, un prometedor artista de 28 años. Ahora, con esta nueva novela, vuelve sobre temas similares: un joven que erra como un mendigo por pueblos y calles de Colombia.

“Papá, mamá, váyanse. Yo vendo mi cámara y me hago un indigente”.

Esas fueron las palabras de Daniel, el hijo de la autora colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951) en el aeropuerto de Lima. Todo sucedió en un viaje familiar a Perú; Daniel entró en una crisis y pronunció esa frase que la escritora jamás pudo olvidar.

Y si bien el hijo de la autora colombiana no terminó en la calle, su destino, de todas maneras, estuvo marcado por la tragedia.

Todo comenzó cuando Daniel, a los 19 años, tuvo un problema crítico de acné. Tomó un medicamento muy fuerte para la piel. Y así, según su madre, se desencadenó todo.

Vendrían años de diagnósticos, tratamientos y la angustia y las dudas sobre el futuro.

Y periodos estables.

Y otros no tanto.

Hasta el sábado 14 de mayo de 2011, cuando a la una y diez de la tarde, en Nueva York, Daniel murió.

“Acababa de cumplir veintiocho años y llevaba diez meses estudiando una maestría en la Universidad de Columbia”, se lee en Lo que no tiene nombre. “Renata, mi hija mayor, me dio la noticia por teléfono dos horas después, con cuatro palabras, de las cuales la primera, pronunciada con voz vacilante, consciente del horror que desataría del otro lado, fue, claro está, mamá. Las tres restantes daban cuenta, sin ambages ni mentiras piadosas, del hecho, del dato simple y llano de que alguien infinitamente amado se ha ido para siempre, no volverá a mirarnos ni a sonreírnos.”

Lo que no tiene nombre fue el libro que, de alguna forma, confirmó a Bonnett como autora de prosa.

Aunque claro: su carrera como poeta la antecede desde antes, tal como se puede confirmar gracias a Poesía reunida (Lumen) y sus otros poemarios.

“Piedad Bonnett es una mujer que entra ya a eso que eufemísticamente llaman la tercera edad, pero que siente que todavía tiene mucho por decir y quisiera tener tiempo para decirlo”, dice la colombiana al responder, desde Bogotá, cómo se presentaría frente a los lectores chilenos. “También es una maestra de literatura que trabajó 32 años en la universidad; una escritora que ha escrito muchos libros de poemas, novelas, siete u ocho obras de teatro y un libro testimonial sobre el suicidio de su único hijo varón; y una colombiana que se considera liberal y progresista, y que desearía ver a Colombia en paz verdadera antes de morir”.

-¿Comenzaste como poeta y luego pasaste a la narrativa o siempre te consideraste lo uno y lo otro sin distinciones?

-Cuando entré a estudiar literatura lo que quería era ser narradora. Pero había escrito poemas en la adolescencia y la poesía me volvió a tomar por asalto en la universidad, cuando descubrí que es el género en el que me siento mejor, porque creo que tengo pensamiento analógico. Luego me pudo la nostalgia por la novela, volvía ella y me envicié. Pero en el fondo de mí me siento, ante todo, poeta.

-¿Cuál es tu relación con la poesía chilena?, ¿te gusta?, ¿la lees? Por lo menos para mí el español chileno me parece un español tartamudeado mientras que el español colombiano, con todas sus variantes regionales, me suena un poco más barroco. Y al leer ambas poesías eso me parece interesante; muestra dos caras del español americano.

-La poesía chilena fue fundamental en mi formación y en los comienzos de mi escritura poética. Debo mucho a Altazor, pero sobre todo a Residencia en la tierra. Sigo creyendo que Chile tiene una de las tradiciones poéticas más poderosas de América, y por supuesto leo a los poetas chilenos contemporáneos, hasta donde se puede. Ahora, sobre nuestra forma de hablar… bueno, a mí me divierte eso que tú llamas un “español tartamudeado”. El nuestro, creo, no es que sea el mejor, sino que está muy permeado por anacronismos, algo muy bonito. Y dicen que pronunciamos todas las letras. Pero eso es una verdad relativa, porque en las costas se comen las letras.

-¿Cuándo sientes que te conviertes en narradora? Digo: ¿hubo un momento en especial que te lo confirmó a ti?

-Pues sí. Cuando publiqué mi primera novela y fue bien recibida. Pero me sentí reconfirmada con la enorme acogida que los lectores le dieron a Lo que no tiene nombre.

*

Lo que no tiene nombre saca su título de una frase del escritor austriaco Peter Handke: “…esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje”.

Y podría considerarse parte del sub-canon de literatura del duelo; es decir, de ese grupo de libros de memorias que tratan sobre perder a alguien muy querido. Como por ejemplo sucede con el díptico de Joan Didion: El año del pensamiento mágico y Noches azules.

“Yo no he vuelto a leer, sino fragmentariamente Lo que no tiene nombre, no he sido capaz”, reconoce la autora. “Y en general no releo mis novelas. Pero que es una obra que está muy viva me lo confirman mis lectores, que la siguen comprando y todavía me escriben para compartir conmigo sus emociones”.

-¿Tuviste referentes literarios al escribir Lo que no tiene nombre o fue un ejercicio de desahogo emocional y no recurriste a referencias externas a la hora de escribir?

-No. Espero que Lo que no tiene nombre no parezca un desahogo emocional. Porque odio los desahogos emocionales. Tuve muchos referentes literarios, y con muchos de esos autores dialogo dentro del libro, en parte para ir más allá de lo puramente personal. Por supuesto, entre esos referentes estuvo Joan Didion, en primer lugar, pero también Michael Greenberg, Julian Barnes, Peter Handke, Bataille, Giralt Torrente. Y también poetas como Mary Jo Bang y Joan Margarit, entre otros. Todos ellos me aportaron algo. Incluso el título, que me lo dio Handke.

-“Gabriel ha renunciado a la normalidad de la vida para perderse en una dolorosa búsqueda de su lugar en el mundo”, dice la contraportada de Donde nadie me espere tu nueva novela. ¿Cómo y por qué te interesó este tema? Es algo que al parecer hoy se repite bastante; un rechazo hacia eso llamado “la normalidad de la vida”. Algunos de esos rechazos son menos intensos que los de Gabriel, y otros lo son aún más: pienso en los hikikomori, los japoneses que no quieren salir de sus cuartos.

-Siempre me ha interesado el desarraigado, el habitante de calle, pero sobre todo me inquieta la imagen de esos jóvenes –una imagen que encontramos sobre todo en los países más desarrollados– sentados en la calle, rodeados de perros y con toda su vida en una mochila o un carrito de supermercado. Eso vino a unirse a unas palabras que dijo mi hijo en su crisis en el aeropuerto de Lima, episodio que narro en Lo que no tiene nombre: “Papá, mamá, váyanse. Yo vendo mi cámara y me hago un indigente”. Y yo me dije: así es. Bastaría con que saliera corriendo y huyera para que esa posibilidad fuera real. Y mi hijo no tenía vicios: sólo un miedo tremendo de no poder afrontar el futuro debido a la enfermedad que lo afligía. Tienes razón: en una sociedad que hace exigencias desmesuradas a la gente joven, que maneja una falsa idea de éxito, puede haber mucha gente tentada a abandonar “la normalidad de la vida”.

*

Al leer Donde nadie me espere uno se enfrente a una prosa que parece una niebla mental. Pese a que la historia está narrada en primera persona, puede que el lector sienta que es difícil entrar dentro de la cabeza del narrador. Porque de alguna forma es una novela que busca eso: que empaticemos con el personaje (o lo entendamos) a través de su propia confusión.

“El narrador tiene una herida emocional que el lector va a ir dilucidando poco a poco, hasta llegar a la revelación final de qué sucedió”, dice Bonnett. “Pero también quise que hubiera zonas oscuras, datos escondidos, y una pequeña intrusión de lo fantasmagórico, que es más bien metáfora de lo que al personaje a la vez le falta y lo acompaña.”

-En la cabeza de José Donoso –por lo menos según sus diarios– habitaba un clochard que le aterraba. Y muchas veces Donoso hasta fantaseaba con terminar abandonando la sociedad. Esta figura, la del clochard o vagabundo a la francesa, incluso tuvo un halo de romanticismo durante un tiempo. Tal vez no ahora, porque muchos vagabundos y enfermos mentales son consecuencia del sistema en que estamos inmersos. ¿Reflexionaste sobre la figura del clochard y sus variantes?

-Mucho. Partí, en primera instancia, de una fantasía que a veces tengo –y creo que mucha gente también tiene–: la de abandonar, renunciar a lo que odiamos hacer, escapar de lo que nos agobia. Gabriel, mi personaje, comienza postergando y termina en la indigencia. Pero se diferencia del clochard que ha se ha perdido en las drogas y de paso se ha despedido de la vergüenza. Él lucha por sostener un mínimo de dignidad hasta que no puede más. Ese borde es el que me interesa mucho. La caída. Conozco escritores que dieron el paso que temía Donoso: Néstor Sánchez en la Argentina, Richard Gwyn en Inglaterra, que luego escribió un relato testimonial sobre sus años de indigencia. Lo que quise mostrar es que no es tan difícil caer.

Cien años de soledad en la edición con acuarelas de Luisa Rivera.

-Para terminar –y ahora que se trabaja la adaptación a Netflix de Cien años de soledad–: ¿hasta dónde llega la sombra de Gabriel García Márquez en la literatura colombiana actual?

-La sombra de García Márquez ya no nos agobia. Es un escritor inmenso, maravilloso, del que hay mucho que aprender, pero ahora a nadie se le ocurriría hacer algo semejante a lo que él hizo. Ya, por fortuna, su grandeza no nos intimida.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo