Culto
The 1975: a veces, lo único que nos importa es bailar

The 1975: a veces, lo único que nos importa es bailar

La banda británica más norteamericana de su camada. Los de Manchester llegaron por segunda vez al Lolla chileno con una batería de éxitos que, cuando incitaban al baile, lograron balancear algunas cabezas.

The 1975 debe ser algo así como la banda millennial por excelencia. Con menos de una década de carrera profesional, el cuarteto guiado por un sobregirado Matthew Healy se preocupa de detalles puestos deliciosamente para hacer clic a la generación que representan.

Pantallas con efectos que simulan filtros de Instagram, una estética minimalista que hace link con la línea gráfica de sus tres discos, y un viaje sobre el escenario que incluye un cambio de vestuario a un look formado por mochila, gorra y audífonos, tal como caminan por la calle sus sequitos, son parte de las escenas.

Para los espectadores con más recorrido, lo que hace Healy y su banda es simplemente “querer moverse como Jarvis Cocker”, según se puede oír a un hombre de jeans negros que se acerca a los cuarenta y que no puede dejar de pensar en la estampa del líder de Pulp.

Para los quinceañeros de las primeras filas, Healy baila con una impronta que los cautiva de manera hipnótica.

¿No recuerdas aquella letra? No hay problema, aparece en las gráficas. ¿No sabes como bailar aquel beat? Está bien, dos bailarinas marcan los pasos. ¿Te conmueve aquella balada fogatera? Tienes razón, todo tiene que ir a escala de grises. Acertadas o no, todas las decisiones de The 1975 en vivo son montadas con el objetivo de hacernos sentir parte de un mismo sentimiento.

El show que incluye “Somebody Else” y “Chocolate”, dos de sus canciones más globales, además de un poco menos de la mitad del álbum que lanzaron en noviembre, transita con una crisis de identidad parecida a la del look del vocalista: en los últimos años ha pasado de querer ser Joe Strummer de los Clash, llevar el pelo rojo como en la turbulenta época de Kurt Cobain hasta conservar su pelo rizado al viento, como lo hacía Robert Plant en los setenta.

Y aunque parte del público nunca logró enganchar demasiado en la propuesta, su base de fanáticos adolescentes y varias miles de personas respetuosas hicieron con ellos lo que se hace en una fiesta: bailar si es que el ritmo se te cuela en los zapatos, sin prestarle mucha atención a lo que diga la letra.

Sobre el autor:

Raúl Álvarez |
Periodista. En Twitter es @AlvarezMalebran.