Culto
Capitalismo de la vigilancia

Capitalismo de la vigilancia

Puede que a ratos Zuboff sea muy alarmista, pero el momento no está para timideces: las grandes compañías tecnológicas han adquirido demasiado poder y riqueza y habrá que hacer un gran esfuerzo político y social para romper el predominio que tienen sobre nosotros, nuestra privacidad y nuestro futuro.

A veces las mejores narrativas apocalípticas de nuestra época no son novelas; eso se debe a que, como dice la crítica Graciela Speranza, estamos rodeados de procesos opacos que amenazan al individuo: “todo está iluminado pero no lo vemos, todo avanza pero no lo comprendemos”. La opacidad está relacionada con dos grandes desafíos de nuestra época: el cambio climático y los procesos tecnológicos. Dos ejemplos recientes de la mejor narrativa apocalíptica: La tierra inhabitable, de David Wallace-Wells, imagina, con datos científicos contrastados, los desastres que le podrían ocurrir al planeta si continúan las tendencias del calentamiento global; La era del capitalismo de la vigilancia, de Shoshana Zuboff, muestra con devastadora claridad cómo las plataformas de extracción de datos son la punta de lanza de un nuevo estadio del capitalismo, en el que nuestros datos sirven no solo para que las compañías vendan mejor todo tipo de productos sino también para moldear nuestra conducta futura.

En el caso de Zuboff, economista y profesora de Harvard, el argumento central de su ambicioso y brillante libro es que el modelo publicitario de negocios que le permitió a Google imponerse -usar algoritmos para personalizar la propaganda que se ofrece a los usuarios- es hoy la norma de las grandes compañías. Para imponerlo, estas compañías se ampararon en un doble discurso: mientras en público le daban control al usuario sobre sus datos, en privado saqueaban esos datos para cumplir su misión: “La política de Google consistió en imponer el secreto y proteger operaciones designadas para ser indetectables porque extraían información de sus usuarios sin preguntarles y empleaban esa información unilateralmente para que trabajaran al servicio de los objetivos de otros”.

Una vez consolidado el primer paso, nos encontramos en un segundo momento de expansión de estas compañías, en el que el “internet de las cosas” y los “artefactos inteligentes” sirven para vigilarnos mejor, con el objetivo del “comercio infinito: las máquinas están aprendiendo a discernir actividades, intereses, estados de ánimo, miradas, vestimenta, pelo, postura”. Cada vez que encendemos una lustradora inteligente, vemos una serie en Netflix o le hacemos una pregunta a Alexa, el modelo ubicuo de extracción de datos recibe una información que puede no solo ser vendida a otras compañías sino utilizada para modelar nuestros pasos: desde el contenido de tu correo a los lugares que visitaste en la tarde.

Zuboff está llena de ejemplos: muestra cómo el 80% de las apps de Android dedicadas a la diabetes no tienen política de privacidad, y el 76% comparte de manera irrestricta los datos de sus pacientes con otras compañías, o cómo Pokemon Go le sirvió a Niantic para vender publicidad a otras compañías de acuerdo a los lugares favoritos de los jugadores: mientras una armada de fans jugaba, la compañía se aprovechaba de los datos que ingresaban en cada visita para hacer un gran negocio y de paso probar el exitoso mapeo informático de las ciudades, la forma en que una capa algorítmica recubre hoy los grandes espacios urbanos y media nuestra relación con el mundo. Puede que a ratos Zuboff sea muy alarmista, pero el momento no está para timideces: las grandes compañías tecnológicas han adquirido demasiado poder y riqueza y habrá que hacer un gran esfuerzo político y social para romper el predominio que tienen sobre nosotros, nuestra privacidad y nuestro futuro.

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