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Lenny Kravitz: rock de viejo cuño

Lenny Kravitz: rock de viejo cuño

El estadounidense tiene manejo tanto en el estudio de grabación, encabezando la producción de sus 11 álbumes, como también con múltiples instrumentos y escenarios. Anoche fue puesto a prueba en un impasse técnico de media hora que sorteó con oficio y buenas canciones. "Me sigue gustando el sonido de mis manos sobre los instrumentos", sentenció el músico a Culto.

Nada de rodeos. Lenny Kravitz —anteojos de sol, gorra de lana XXL y una camiseta ajustada con Jimi Hendrix bajo la chaqueta de cuero— arranca su set chileno con una rabiosa versión de “Fly away” en lo alto, al fondo del escenario, encima de sus músicos. Pero el sonido va y viene, intermitente, arruinando el momento.

Veinte años atrás, cuando había entregado las maquetas de su disco 5 (1998) al sello Virgin, el neoyorkino seguía escribiendo canciones con el viejo blues como norte en los Compass Point Studios de Bahamas.

La historia la cuenta él mismo en una entrevista con Rolling Stone: un día de ensayo se encerró a probar el amplificador de su ingeniero de sonido Henry Hirsch. Inspirado enchufó su guitarra y no salió hasta terminar de grabar, además, la batería y el bajo.

Tenía básicamente el esqueleto sin melodía ni letra de “Fly away” y decidió mostrársela a un amigo. “Esto es un hit gigante, tienes que ponerlo sí o sí en el disco”, le dijeron. Kravitz hizo caso, pero en Virgin le explicaron que era muy tarde. Porfiado, la mandó igual. En el sello la escucharon y pararon todo.

¡Sorpresa! Finalmente, la metieron y la editaron. “Esta canción me hizo ganar un Grammy”, contó el músico.

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No importa el escenario ni la ciudad, ni ningún contexto posible. Su gira Raise vibration viene inalterable desde hace meses con canciones que combinan rock, soul y todos los entresijos posibles entre ambos géneros, con una búsqueda particular por el sonido análogo de los años 70. Es lo que ha trabajado en sus once álbumes junto al melenudo guitarrista Craig Ross, inseparable compañero en el estudio y los escenarios.

Además, Kravitz colecciona instrumentos de los años de esplendor del rocanrol y vino acompañado de Gail Ann Dorsey, la ex bajista de David Bowie, una plaza de importancia para el músico.

“El bajo es el pegamento que mantiene unidos a la batería y la guitarra, y es un monstruo conmovedor que mantiene a todos en movimiento”, contó Kravitz a Musicradar.

Pese a los problemas con el sonido, que venía y desaparecía en medio de la canción, y las dudas de la banda que seguía martillando con insistencia la potencia del single, el show en Lollapalooza continuó.

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Antes, cuando el escenario permanecía en penumbras, se oyó la frase de cuatro notas en contrabajo del comienzo de “A love supreme”, la misma que es repetida treinta y siete veces a lo largo del tema por el saxofón de John Coltrane.

Esa fue la edad en la que “Trane” grabó esa suite de cuatro partes que se convirtió en una cumbre del jazz y en uno de los amuletos del hombre de “Again”.

Cuando Lenny Kravitz tenía 37 años grabó un disco llamado simplemente Lenny (2001) donde viene “Dig in”, el segundo tema que mostró en su debut en Lollapalooza Chile.

Otra vez el sonido arruinó la interpretación, pero la banda acabó el tema esperando una respuesta de los técnicos que nunca llegó.

El neoyorkino se retiró mosqueado a pocos minutos de comenzado su show. “Technical issues” (“problemas técnicos”), alcanzó a explicar al despedirse. Entonces el escenario auspiciado por el Banco de Chile se oscureció para dar paso a una improvisada prueba de sonido con el mayor público del festival a esa hora.

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Recién a las 20:45 de la noche, media hora después del incidente, volvieron las luces y el rocanrol. Craig Ross lideró una jam session sobre el escenario con toda la banda de regreso a excepción Kravitz: figuraron allí los bronces del experimentado Harold Todd en saxo —uno que participó del disco 5—, junto a Ludovic Louis (trompeta) y Michael Sherman (saxo barítono), el Fender Rhodes de George Laks y la batería del infranqueable Franklin Vanderbilt Jr. montado sobre una Ludwig.

“Me sigue gustando el sonido de mis manos sobre los instrumentos, que es lo que le da personalidad a la música”, dijo el músico hace unas semanas a Culto para definirse en un presente donde la ausencia de instrumentos análogos parece ser la norma.

La zapada sirvió de antesala a una épica versión de “American woman”, ese cóver original de The Guess Who que le encargaron para una película de Austin Powers y que terminó dándole un Grammy. “Me compré una casa gracias a esto. Tengo una vida nueva”, le agradeció Burton Cummings de la banda canadiense autora del tema original. The Guess Who, además, volvió a salir de gira.

Pero no serían los únicos guiños de Lenny Kravitz anoche. Pegada vino una breve “Get up, stand up” de The Wailers y el impasse con el sonido ya era historia.

Si la producción cifró en 80 mil personas la asistencia al festival ayer, buena parte de ese número disfrutó el show de Lenny Kravitz que competía en horario con Paulo Londra, KSHMR, Tokyo Ska Paradise Orchestra, Fernanda Arrau y Satori, repartidos en otros rincones del parque.

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Henry Hirsch, su ingeniero de sonido, relató alguna vez el método de trabajo de Kravitz: “Generalmente todo comienza con Lenny a la batería y Craig en la guitarra. Después de que terminan, Lenny toma un bajo y lo grabamos, y luego continúa agregando cosas”, contó.

“Por lo general, terminamos la mayor parte de la grabación entre seis y ocho horas, dependiendo de lo delicados que seamos con los sonidos. Ambos somos muy críticos con eso, por lo que suele ser la parte más difícil de todo. Luego él se irá a escribir la letra. Probablemente la cantará al día siguiente si está en Nueva York”, agregó.

Así nació la sentida “It ain’t over ‘til it’s over“, desde un par de acordes al piano y el quiebre con su exesposa Lisa Bonet en la cabeza. “Estábamos separándonos y luego nos divorciamos. Teníamos una hija y una gran vida juntos. Éramos reflejos el uno del otro: ella era la versión femenina de mí y yo era la versión masculina de ella, y nos mezclábamos. Así que obviamente fue un momento muy difícil”, contó Kravitz.

Según el músico todo empezó en un hotel de Los Ángeles: “Tenía un Fender Rhodes que llevé a la habitación. Me senté solo en la oscuridad, porque era una época bastante oscura para mí, y me puse a jugar con un par de acordes (los mismos que sonaron en Lollapalooza al comienzo de la canción). De repente, se me ocurrió la estructura y así salió. Esa era mi idea de que las cosas no se terminan hasta que se terminan. Siempre hay una oportunidad de salir a flote y hacer que el dolor pase. No me pasó, pero de eso habla la canción”.

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Antes de prometer volver a Chile, ya sobre el final del breve e intenso set, Lenny Kravitz fue engordando las canciones, como ocurrió con “Believe”, donde se cuelga una guitarra acústica, o “Always on the Run”, donde le saca brillo a la Gibson Les Paul.

En la trastienda de ese tema de 1991, Kravitz contó que fue al colegio con Slash, por lo que verlos juntos sobre un escenario no fue tan extraño a la altura de Guns ‘N’ Roses y la década de los 90:

El neoyorkino, eso sí, tenía en mente el sonido Les Paul del guitarrista para su repertorio. Y lo invitó a grabar un tema juntos. La idea surgió un día en que el histórico músico de Guns ‘N’ Roses terminaba su gira por Europa. Temprano, de regreso en Nueva York, Slash puso como condición que el anfitrión lo esperara con cuatro litros de vodka y un balde de hielo. “Nos metimos en el estudio y ¡pum! Ahí estaba la canción. Compusimos y grabamos el tema entre los dos. Yo grabé la batería, él grabó la guitarra, después yo grabé mi propia guitarra, el bajo y las voces. Llamé a los vientos y listo”, contó Kravitz a Rolling Stone. De la singular jornada nació la salvaje “Always on the run”, donde Craig Ross hace en vivo de Slash.

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En medio de “Let love rule”, tema que abre los bises de sus conciertos, Lenny Kravitz acostumbra a bajar del escenario y perderse entre el público.

En Chile corrió hacia la mesa de sonido, abrazó a Perry Farrell, que miraba su show, y saludó a decenas de fanáticos iluminado por cientos de teléfonos y flashes.

Entonces vino la prédica: “Sé que Santiago está del lado del amor”, dijo en el final que sostuvo por varios minutos de ese tema publicado hace ya tres décadas.

Con sendos solos, la banda sacó brillo al primer single de su carrera.

Entonces Kravitz se cambió de guitarra. Se colgó una Flying V negra y Franklin Vanderbilt Jr. con Craig Ross machacaron las notas de “Are you gonna go my way” invitando a la gente a saltar y sellando una visita apenas desmejorada por el impasse técnico y la ausencia de temas que sí toca en la gira: “Can’t get you off of my mind”, “I belong to you” y sobre todo “Again”.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars