Culto
Transit: modernidad inerte

Transit: modernidad inerte

"Transit se remite a una gran historia de amor en los días de la invasión alemana a Francia durante la Segunda Guerra, no obstante que se desarrolla en escenarios actuales, nunca sabremos si por falta de presupuesto o porque la cinta está tratando de decir algo sobre la Europa actual".

Son varios los críticos que creen que Transit es una gran película. Así lo han dicho. Es probable incluso que, si en vez de contarse, esas opiniones se pesaran, la cinta debería estar entre los mejores estrenos del año. Aunque no lo creo así, no es eso lo que me llamó la atención. Lo que me movió incluso a escándalo es la incapacidad de Christian Petzold, su director, un alemán muy acreditado internacionalmente, autor de Ave Fénix, cinta curiosa y potente de años atrás, de manejar los hilos de un melodrama que a todas luces lo supera, por inteligente que él sea. Su relato es tieso, distante, cerebral y muy poco convincente. Y lo es precisamente allí donde debería ser cálido, emocional, cercano y fulminante. Es el costo que paga por trabajar no melodramáticamente -de manera deliberada – una trama que es puro melodrama. Rara cosa. Por si no lo adivinaron, es el cine de la deconstrucción, el cine que quiere hacernos más reflexivos, desmontando las trampas de la ficción.

Transit se remite a una gran historia de amor en los días de la invasión alemana a Francia durante la Segunda Guerra, no obstante que se desarrolla en escenarios actuales, nunca sabremos si por falta de presupuesto o porque la cinta está tratando de decir algo sobre la Europa actual. Marsella todavía no cae en poder de los invasores y hay gran presión sobre los consulados de Estados Unidos y México para lograr una visa. El protagonista asume la identidad de un escritor muerto para viajar a México y en sus peligrosos afanes por emigrar (porque lo andan buscando) se cruza con una misteriosa dama que anda tratando de encontrar a su marido, aunque con el corazón partido, porque, además de sentirse atraída por el protagonista, se acuesta con un médico y cree tener una lealtad sentimental básica con su marido.

¿Por qué lo que era demoledor en Casablanca y lo que nos dejaba sin aliento en los melodramas de Douglas Sirk (sí, alemán, también el autor de joyas como Escrito sobre el viento o Imitación a la vida) aquí nos deja fríos como témpano? ¿Por qué este trabajo no convence como sí convencía Fassbinder cuando hacía melodrama? Está claro que lo que Transit se propone no es emocionarnos. Pero uno se pregunta, con toda razón, que si no es eso lo quiere, entonces para qué se mete con el melodrama. Petzold diría que es para descomponerlo. Y yo, con todo respeto, me atrevería a pensar que lo que hoy necesitamos es que nos compongan, no que nos descompongan. En fin, el tema podría dar para largo.

Lo doloroso, en cualquier caso, es que ya no tenemos ni la mente ni el corazón ni el candor abierto a ficciones como la de Casablanca. Y digo Casablanca porque esta película alemana a su modo tiene algo que ver con ella, con esa Ingrid Bergman dividida entre el amor a Humphrey Bogart y la fidelidad a su marido, implicado en la Resistencia. Huelga decir que ahí se acaba la comparación porque no le llega ni a los talones en lirismo, en belleza, en verdad final.

Vaya vaya. Los tiempos cambian. Casablanca conmovió a varias generaciones y Transit conmueve a un puñado de críticos que la saludan como un tributo a la modernidad. Seguramente lo es, solo que a su faceta más autista.

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