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Paul McCartney en Argentina: “Nos vemos pronto”

Paul McCartney en Argentina: “Nos vemos pronto”

No es casualidad que el catálogo de The Beatles sea el tramo más contundente en el repertorio de la gira Freshen Up por Santiago, Buenos Aires y São Paulo, donde McCartney repite hoy. Hace décadas que al ex Beatle le preocupa el revisionismo y su legado.

El rock fue música de jóvenes cuando McCartney era joven. Por eso no sorprende que para sus conciertos la mayoría lleve poleras gastadas con el nombre de The Beatles, Lennon y hasta del histórico Desert Trip de 2016. Ni que el culto envejezca y diga presente como el sábado en Buenos Aires: los abuelos fueron casi mayoría en el Campo Argentino de Polo. Tal vez por eso la espera se asimiló a una batalla contra el cuerpo. Mientras asomaba una leyenda viviente como Paul, los desmayos se sucedían uno a otro entre canciones. Aunque el centro líquido fue un concierto que se empinó por sobre los ciento cincuenta minutos, era imposible obviar el detalle: la cantidad de abuelos, familias, hijos, los cuerpos que no aguantaron y se vinieron abajo como diciendo no importa. O nada importa tanto como ver a una parte del rompecabezas de la banda que definió el sonido que vendría de los sesenta en adelante.

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Pasadas las 21 horas, el libreto es calcado entre Santiago y la capital argentina. McCartney sale a matar con el bajo Höfner al hombro y “A hard day’s night” seguida de “Junior’s farm”. Las familias se abrazan, algunos lloran, otros miran incrédulos al escenario domesticado por un integrante de The Beatles. Luego la única modificación: si en Chile hizo “Can’t buy me love”, en Buenos Aires y su primera noche en São Paulo mostró “All my loving”, acompañado de viejos colegas de ruta como el calvo tecladista y percusionista Paul “Wix” Wickens, el único integrante de su banda que voló a Santiago en diciembre de 1993, y que comenzó a trabajar con él tras la ruptura de Wings en 1981.

En “Letting go”, esa suite que grabó con aquella banda para el Venus and Mars de 1975, McCartney introdujo al trío de bronces Hot City Horns que vino a dar un barniz a sus canciones. Como dicta el libreto de la gira, los tres músicos emergieron desde el público y sonaron épicos:

Cuando Paul grita “vamos a pasarla bien hoy, ¡hay fiesta en Buenos Aires!” para presentar “Who cares”, una de los pocas pinceladas del Egypt station (2018), algo cambia. Los argentinos estiran la canción con una coda envidiable, el simiesco “oh oh oh-oh oh oh oh-oh oooooh”, y Paul engancha y responde con una línea de bajo desarmando el guión tan exacto de la gira.

Alguna vez contó que cuando los Beatles estaban con el Maharishi, “nos regaló un libro a cada uno y nos lo dedicó. En el mío escribió: ‘Irradia conciencia dichosa’. Y después puso: ‘Disfruta’. Esa es la parte que me tomé en serio”.

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Tras la pifiadera al presidente chileno, cuando Paul lo saludó antes de hacer “Queenie eye” en Santiago, en Argentina el ex Beatle evitó cualquier referencia política. Su banda salió a escena solo con la bandera local y otra del arcoíris, la misma que se usaba en los 70 como símbolo de unidad de toda la gente del planeta, pero luego pasó a ser un símbolo del orgullo LGBT. Omitiendo los colores de Gran Bretaña que sí flamearon en Chile.

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Más adelante “Got to get you into my life” recordó a Revolver (1966) y empalmó con otra del nuevo disco: “Come on to me”. Rusty Anderson —que hace la mayoría de las partes en guitarra de George Harrison— y el blondo Brian Ray —que se ocupa del bajo cuando Paul juega con la Gibson Les Paul o la guitarra acústica o los pianos de cola y vertical— protagonizaron “Let me roll it” con el cierre a là Hendrix, seguida de una suave versión de “I’ve got a feeling”.

Entonces sucedió un segmento con McCartney al piano de cola y la melodía pegadiza de “Let ‘em in” de Wings, “My Valentine” ofrecida a su esposa Nancy, “Nineteen hundred and eighty-five” con dedicatoria para “los seguidores de Wings” y “Maybe I’m amazed”. No va ni una hora de show y el campo bonaerense está inundado de fervor adolescente con un coro macizo completando con sus voces los pocos volúmenes que el inglés ya no alcanza.

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No había extravagancia en las pretensiones de McCartney a su arribo en Buenos Aires. Por contrato pidió que, antes de llegar al hotel, su habitación tuviera un piano acústico vertical para entretenerse. El concierto pudo ser suspendido cuando el mánager histórico del músico, Barry Marshall, fue a inspeccionar la pieza y faltaba el instrumento. Según una nota de El Día de Argentina, hubo que mover cielo y tierra para conseguir el bendito piano. Mientras la productora trasandina y el hotel se peloteaban la responsabilidad, alguien propuso subir el piano de cola de la gira. Craso error: el mánager repudió la alternativa enardecido y puso en riesgo la presentación. No es lo mismo un piano acústico vertical, como el que pidió McCartney, que uno de cola: el sonido es diferente. Pero los anfitriones argentinos no lo sabían. La producción recurrió incluso al músico Alejandro Lerner, pero el suyo era eléctrico. Ya entrada la madrugada previa al arribo del ex Beatle, consiguieron arrendar un piano de una sala de ensayo de Palermo para la tranquilidad de todos.

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Uno que se robó las miradas en Santiago y Buenos Aires fue el músico de origen latino Abraham Laboriel Jr. “Afortunadamente Paul no trata la música como si perteneciera a un museo”, contó el baterista al sitio Modern Drummer. “Tenemos la capacidad de tratarlo como una entidad viviente y hay momentos en que cada uno de nosotros, con un brillo en nuestros ojos, agrega pequeños fragmentos de nuestra propia personalidad”.

Luego de bailar una coreografía con personalidad en “Dance tonight”, el encargado de las baquetas celebró su cumpleaños sobre el escenario con casi sesenta mil gargantas cantando su nombre. Pero no solo mostró carisma: su interpretación mezcla acertadas segundas voces con destreza técnica, lo que permite disfrutar de una sólida base rítmica incluso en el segmento en que McCartney se pasa a la guitarra acústica, espacio que alcanzó su cumbre —literalmente— en la interpretación de “Blackbird” del White album (1968), con McCartney montado sobre una plataforma.

Todo ese pasaje llamaron la atención las imágenes en que The Beatles seguían las canciones animados al detalle junto a sus respectivos instrumentos. Se trata de las visuales del videojuego Rock Band dedicado a la banda, uno de los motivos de por qué tantos adolescentes conocen en rigor las canciones de los Beatles.

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Afuera alguien reclama que no hizo “Hope of deliverance”, otro denuncia que asesinó “Something” en ukelele y que faltó “Yesterday”, pero que en realidad da lo mismo si hizo “Band on the run” y la compleja “Being for the benefit of Mr. Kite!”, donde McCartney toca el bajo original de Sgt. Pepper (1967) pero al mismo tiempo hace de Lennon en la voz.

Del caos organizado de ese himno de estadios llamado “Live and let die” al cierre con “The end”, “Paul no se despeinó ni se le salió la camisa del pantalón, ni tomó agua, ni transpiró. Subió y se bajó del escenario como si nada hubiera ocurrido. Ni siquiera un lamparón en las axilas después de ‘Helter Skelter’, el primer tema heavy de la historia”, opinó Hernán Firpo en la reseña del domingo en Clarín. Y la verdad es que McCartney nunca dejó de moverse y mostrarse activo a sus 76 años. Subió y bajó ágil del escenario como quien va a buscar agua al refri.

“‘Hey Jude’ unió al público, más allá de las diferencias generacionales, en un mismo sentimiento”, anotó Yumber Vera en la crónica de Página/12. Ese momento del concierto, visto desde afuera, fue notable. Mientras unos vecinos de los edificios aledaños alimentaban la parrilla en sus privilegiados balcones, algunos vehículos que pasaban por la Av. del Libertador se detuvieron y sus ocupantes bajaron a cantar en medio de la calle:

La polémica vino desde el lado del volumen y un festival previo. “En el campo trasero y en las plateas, era tan bajo que se escuchaba más la voz del que cantaba al lado que la de Paul”, denunció otra nota de Clarín. “Mientras McCartney entonaba ‘Blackbird’ acompañándose con su guitarra acústica, el maquinista de un tren que pasaba justo tocó la bocina y tapó la canción. La magia del momento quedó hecha añicos”. Las normas de la capital argentina hicieron que en los sectores alejados del escenario el concierto se escuchara apenas suave y bajo. Los asistentes a McCartney pagaron los platos rotos por el ruido molesto que a comienzos de mes había hecho un festival electrónico de seis horas comandado por el DJ Hernán Cattaneo. En el Campo Argentino de Polo no se pueden superar los 95 decibeles, cinco menos que los que genera un camión de basura. Para que un concierto sea de rock, debe sonar al menos a 105 decibeles.

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Hace una semana en Santiago, había en el aire una columna del poeta Mauricio Redolés donde decía que McCartney durmió “con nosotros” en la misma ciudad y que, pese a que Paul es multimillonario y podría estar tranquilo en alguna de sus casas, “sigue trabajando”. Que finalmente el dinero pasaba a ser algo secundario, porque para sentirse vivo, el ex Beatle necesita estar arriba de un escenario tocando sus canciones, las de los Beatles y las de Wings. McCartney explicó algo parecido en una entrevista con Anthony DeCurtis en 2001: “En cuanto John (Lennon) se murió, empezó a haber un revisionismo. Aparecieron frases extrañas, como: ‘John era el único Beatle’. O ‘Paul solo reservaba los estudios’. ‘John era Mozart; Paul era Salieri’. Yo trataba de ignorarlo, pero derivó en una inseguridad. La gente me decía: ‘Paul, la gente sabe’. Y yo decía: ‘Sí, ¿pero en 50 años más?’. Si este revisionismo sigue, muchos chicos van a decir: ‘¿Él tenía un grupo antes de los Wings?’”. Y algo de eso hay en los números de la gira Freshen Up, donde 23 de los 38 temas que hizo en Buenos Aires fueron de The Beatles o su antecedente directo The Quarrymen. O 23 de los 39 que tocó en Santiago, o 22 de los 39 que hizo anoche en Brasil. La buena noticia es que hay Paul McCartney para todos los gustos y para rato. Lo adelantó él mismo cuando se despidió del Campo Argentino de Polo, antes del confeti y los últimos destellos de la pirotecnia, con la misma frase que ilumina el final de sus conciertos desde que tenía 46 años. Aunque hoy tiene 76 y esas mismas palabras adquieren, tal vez, otra dimensión: “Nos vemos pronto”.

* Foto principal: Clarin.com

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars