Culto
A 100 años de A la sombra de las muchachas en flor: cuando Proust se convierte en Proust

A 100 años de A la sombra de las muchachas en flor: cuando Proust se convierte en Proust

La publicación del segundo tomo de En busca del tiempo perdido por la prestigiosa editorial Gallimard en 1919 torció el rumbo de la historia del célebre autor francés, y elevó a la saga de siete tomos a la categoría de clásico, pero a la vez lo convirtió en uno de los libros menos leídos y más famosos, sólo comparable al Ulises, de James Joyce.

En 1913 Marcel Proust, con poco más de cuarenta años, publicaba el primer tomo de En busca del tiempo perdido, con el epígrafe Por el camino de Swann, en realidad más que una publicación por un sello fue una autoedición que él pagó. Proust, sin embargo, había mandado la novela a Gallimard para su publicación y había caído en manos del escritor André Gide, miembro del consejo editorial del sello, para su evaluación. Celéste Albaret, criada primero y luego secretaria privada de Proust, contó que el ejemplar enviado fue devuelto intacto, sin siquiera leerlo. Sin embargo, otros, como Ghislain de Diesbach, biógrafo del autor francés, señalan que Gide habría hojeado y abandonado la lectura.

Sin embargo, es el propio Gide, un autor a quien Proust admiraba, quien explica en una correspondencia lo que sucedió: “La mala suerte quiso que mi atención cayera enseguida en la taza de manzanilla de la página 62, luego tropezara, en la página 64, con la frase (la única del libro que no puedo explicarme; hasta ahora, porque no espero terminar la lectura para escribirle), en la que se habla de una frente donde se transparentan las vértebras”. Para Luis Gusmán, escritor y prologador de la correspondencia entre Gide y Proust, ese error gramatical que motivó el rechazo fue simplemente un “error de imprenta”. La correspondencia entre estos dos escritores la inició Gide en enero de 1914 y se trataba básicamente de convencer a Proust para que publicara el segundo tomo de En busca del tiempo perdido en Gallimard, que en ese momento era conocida como Nouvelle Revue Francaise. Una reunión de consejo de la revista determina por unanimidad la publicación y Gide, al parecer, ve esa oportunidad como un resarcimiento ante el rechazo que él mismo había acometido.

En ese frío invierno de 1914 Proust le responde a Gide en estos términos: “… le decía que había deseado ser editado en la Nouvelle Revue Francaise para sentir mi libro en la atmósfera noble que a mi juicio merecía […] Yo me decía: ‘Si me editan en la Nouvelle Revue Francaise, hay muchas posibilidades de que él me lea’”. Con él se refería al propio Gide. Las cartas se suceden y Proust se empeña en continuar con la autoedición, ya que había firmado un contrato con el imprentero. Pero como es sabido, a la larga Proust cede y el segundo tomo de En busca del tiempo perdido y la reedición del primero aparecen en 1919 por Gallimard. En ese momento puede decirse que Proust se convierte en Proust.

Más allá de los histeriqueos entre ambos autores, lo cierto es que se desconoce lo que hubiera sido de En busca del tiempo perdido en otra editorial o siguiendo en la misma imprenta. ¿Hubiera tenido la trascendencia que tiene hoy? Hay que recordar que Proust ya había publicado el libro de cuentos Los placeres y los días, en el que había usado el concepto tiempo en uno de los títulos (“Las añoranzas. Sueños color del tiempo”) y otro donde hay una alusión abiertamente gay. Este último se llama “Confesiones de una muchacha” y al final Proust escribe: “Pero en seguida surgió en el espejo, contra mi cara, la boca de Jaime, ávida bajo su bigote. Turbada hasta lo más profundo de mí misma, acerqué mi cara a la suya, cuando enfrente de mí vi –sí, lo digo como fue, escuchadme, porque puedo decíroslo–, vi en el balcón, frente a la ventana, a mi madre que miraba pasmada”.

De muy joven Proust escribió sobre moda y pintura para revistas, en las que había un artículo por ejemplo sobre la guerra civil de 1891 y el suicidio de Balmaceda. ¿Habrá estado al tanto del derrotero chileno a los diecinueve años cuando escribía para Le Mensuel? No lo sabemos.

Lo que sí sabemos porque está en Marcel antes de Proust, un libro que contiene esas notas más un extenso prólogo de Jérome Prieur, es que ya usaba algunos nombres de personajes que después retomaría en En busca del tiempo perdido, como Yvette Guilbert y Odette, ambos nombres aparecen en A la sombra de las muchachas en flor, el primero como Gilberte Swann, la adolescente de la cual el narrador está enamorado, y Odette, la esposa de Charles Swann y madre de Gilberte. Este último llama la atención de Prieur, quien escribe que en el relato donde aparece el narrador “visita a una joven enferma, que vive en la casa de su familia al borde del mar. Ahora bien, la joven se llama Odette. Vaya, vaya…”. Con respecto al título del cuento, ‘Recuerdo’, ya adelanta algo del trabajo de memoria involuntaria que señalará años más adelante Samuel Beckett en su conocido ensayo titulado simplemente Proust y “encontramos un argumento con mucho futuro por delante, el argumento emblemático de una historia de amor imposible, como se representaría más tarde a lo largo de En busca del tiempo perdido”.

Resulta inevitable analizar todos los textos anteriores a su obra maestra como una serie de pasos que dio hacia allá. Aunque no sólo los textos anteriores, sino también sus experiencias personales. Prieur especula que Odette es en verdad Otto Bouwens, el director de Le Mensuel. Por su parte, el escritor José Bianco, uno de los mayores expertos argentinos en Proust, escribió en un ensayo la importancia de la abuela y de la madre en la escritura de esta obra de siete tomos. La abuela era su relación con la literatura y la madre (Jeanne Weil), una dependencia infinita, ya que ella “le fija los regímenes alimenticios, prescindiendo de la opinión de los médicos, y la cantidad de trional y de alcohol que ha de beber y de cigarrillos que ha de fumar durante sus ataques de asma”. Esta automedicación se ve en el segundo tomo; de hecho los médicos y uno en particular son vistos con lupa. Según Lucien Daudet, Jeanne y Marcel eran muy parecidos y tenían una sorprendente afinidad: “… la misma risa silenciosa cuando algo la divertía, la misma atención en las palabras de los otros, atención que en Marcel Proust, a causa de su aire lejano, pasaba por distracción”.

La muerte de su madre en 1905, según Bianco, es lo que “lo libera. Ya no puede, por desgracia, herir a su madre. Entonces aborda temas, estudia naturalezas y pasiones humanas y llega a muy osadas y aventuradas conclusiones que la habrían escandalizado, apenado”.

La abuela se llamaba Madame Weil, era de naturaleza más intelectual que su hija y quizá hubiera sido una escritora de segundo orden, como dicen los estudiosos, muy similar a un personaje de En busca del tiempo perdido, Madame de Villerparisis, pero a diferencia de éste “no consideraba el tacto, la discreción, el buen gusto superiores al genio”. Podría decirse, extremando lo que plantea Bianco, que Proust pudo escribir su obra maestra cuando ya habían muerto todos sus cercanos, por eso en el último tomo escribe que “las ideas son sucedáneos de las penas; cuando éstas se cambian en ideas, pierden parte de su poder nocivo sobre nuestro corazón”. Tal vez la idea de En busca del tiempo perdido nació de esa pena.

Pese a ser uno de los autores que revolucionaron la literatura a comienzos del siglo XX, junto a Franz Kafka, James Joyce, Gertrude Stein, Virginia Woolf y Robert Musil, muchos se han resistido a leerlo. El uruguayo Mario Levrero dijo en una entrevista que iba a esperar a los sesenta años para encararlo. Si así lo hizo, lo leyó en los últimos años de su vida, aunque la afirmación la pongo en duda, porque cuando fui a Montevideo al remate de su biblioteca había un par de tomos. Pero es verdad, la obra maestra de Proust amedrenta no sólo por su extensión, sino por sus frases intercaladas, por su prosa digamos, que la vuelve llena de idas y vueltas. Cuando uno se deja llevar por sus páginas se da cuenta de que se trata de una prosa juguetona y muy personal, porque si bien hay un parentesco con El hombre sin atributos, de Musil, en el sentido de cómo explota la narración hacia múltiples personajes e historias, En busca del tiempo perdido parece contar con una mejor factura porque, entre otras cosas, esta factura pasa desapercibida.

¿Pero de qué trata A la sombra de las muchachas en flor? ¿O por qué hay que leer a Proust cien años después? Primero hay que aclarar que sus cuentos, sus cartas y sus escritos periodísticos están escritos de una forma diferente que En busca del tiempo perdido; estamos ante una prosa absorbente que gira sobre sí misma paseándose por distintos espacios narrativos. Este segundo tomo arranca con una cena en casa del protagonista, a la que asiste monsieur Norpois, un ilustre burgués con contactos en la política y en la aristocracia. Las anécdotas de Norpois que le son pedidas por los padres del narrador sirven para situar el mundo narrativo, así aparece el rey Teodosio, el escritor Bergotte y por supuesto la familia Swann. A grandes rasgos, podría decirse que Teodosio es la política, Bergotte la literatura de una época y los Swann el amor y la admiración.

La capacidad de observación de Proust, ya se sabe, llama la atención en todos los aspectos. De Bergotte, por ejemplo, señala en boca de Pornois algo que podría aplicarse a cualquier escritor de cuestionable talento pero de incuestionable éxito: “Bergotte es lo que yo llamo un tocador de flauta; hay que reconocer, por otra parte, que toca agradablemente, aunque es demasiado amanerado, afectado. Pero en fin, no es más que eso y eso es bien poca cosa. Nunca se encuentra en sus obras sin músculo lo que podríamos llamar el engranaje. Ninguna acción -o muy poca- pero, sobre todo, ninguna profundidad”. Se menciona a este escritor porque el narrador manifiesta inquietudes literarias y su familia está preocupada por eso. De ahí que en otra parte el narrador se pregunte si su deseo por escribir “era algo bastante importante para que mi padre me dispensara tanta bondad a causa de esto”. En este punto vale la pena aclarar que el padre está considerando seriamente autorizarlo a escribir y a convertirse en escritor.

A medida que avanza la novela, que está separada en dos partes, estas observaciones sobre la naturaleza de las artes y de las pasiones siguen apareciendo, con una agudeza y una profundidad que no dejan de sorprender. Además resulta entretenido todo lo que sucede, porque se puede considerar un gran chismerío de una sociedad, de una época, pensemos finales del siglo XIX o principios del XX. En otro momento se refiere al amor que sentía Swann por Odette y cómo fue evolucionando ese sentimiento. Para ello el narrador se remonta a una duda que tuvo Swann por una supuesta infidelidad de Odette, cuando aún no estaban comprometidos. Lo cierto es que para Swann una vez alcanzado el amor de Odette podía entregarse al deseo de tener otro amor, el amor de “una mujer que no le daba motivos de celos, pero de la que estaba celoso, porque ya no era capaz de renovar su manera de amar, y era la manera con la que había amado a Odette la que seguía sirviéndole para la otra”. Es decir ese amor llevaban esos celos, que en el fondo eran los que había sentido por su esposa en tiempos lejanos.

Por último, es evidente el papel que cumplen las cartas en la novela. Son vehículos de noticias, de sentimientos, de angustia, etcétera, y eso hace ver la importancia que tiene la propia correspondencia de Marcel Proust en la vida real. Guillermo David, otro argentino estudioso de la obra del autor francés, ha señalado que la correspondencia de Proust es tan abundante como su obra literaria. Diego Erlan, en el prólogo de Cuentos selectos, de Kafka, señaló que en los cuentos del autor checo podía verse la importancia del género epistolar, partiendo por ‘Carta al padre’. Otro parentesco entre ambos escritores es que murieron con poco más de un año y medio de separación.

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