Culto
Euforia, fans y ensayos: un día de Beatlemanía

Euforia, fans y ensayos: un día de Beatlemanía

Ayer por la tarde, el inglés salió del hotel rumbo al estadio, saludó a los fans desde lejos y luego ensayó para un público exclusivo.

La Beatlemanía, ese fenómeno que hace 55 años tumbó al planeta gracias a los cuatro jóvenes de Liverpool que lo cambiaron todo. La Beatlemanía a la chilena, ese pequeño fenómeno sucedido apenas ayer en torno a una leyenda de Liverpool de 76 años que ya ha pasado por todas. El ayer y el hoy, Inglaterra y Santiago, se hermanaron por un par de horas en torno a una expresión que aún parece no diluirse: el fanatismo y la devoción por The Beatles, encarnada en Paul McCartney, el cantante que anoche se presentó en el Estadio Nacional y que durante toda la previa estuvo acechado por fans, tanto en el aeropuerto, como en el hotel y el recinto de Ñuñoa.

Un dato relevante: una parte mayoritaria de ese culto lo integran jóvenes que no superan los 25 años, incluso adolescentes que nacieron en el nuevo siglo, cuando la leyenda de los Fab Four acumulaba hace décadas estatus de mito. Quizás los mismos que conocieron a la banda por el videojuego Rock band antes que por Revolver o el Álbum blanco. También había cruces generacionales, como padres con sus hijos, niños que vestían los típicos trajes colorinches de la era Sgt. Pepper u otros ataviados con poleras con las fotos del disco Let it be, el canto de cisne del cuarteto.

Una escena que se vio en la noche del martes, cuando Macca salió a ensayar al Nacional y volvió al hotel Ritz-Carlton cerca de las 23 horas. Las camionetas polarizadas que lo trasladaban pasaron raudas, sin detenerse ni bajar los vidrios, con seguidores a la caza del músico, agolpándose entre los vehículos, como si el calendario se hubiera paralizado en 1964.

Pero los minutos más efusivos se vivieron ayer por la tarde. La seguridad del hotel puso rejas en todo el perímetro externo, dejando casi a una cincuentena de seguidores mirando desde lejos, a la espera de que Paul saliera por la puerta principal. De hecho, los propios organizadores del concierto alertaron: el inglés saldría por el acceso central pero sólo saludaría a lo lejos antes de zambullirse a la camioneta y enfilar hacia el reducto deportivo para el espectáculo.

Cerca de las 15.30 horas, se produjo el chispazo. El hombre de “Hey Jude” se asomó con una chaqueta oscura decorada con rayas rojas, subió sus brazos al cielo para saludar, mostró su pulgar en señal de aprobación y por unos segundos miró con cierta fascinación a los presentes que gritaban, saltaban y lloraban.

Dentro del hotel también hubo sangre y pasión. En el mismo lobby, alrededor de 30 personas esperaban el paso de McCartney, aguantados por un cordón humano integrado por funcionarios del sitio. Hubo vinilos intentando rasguñar un autógrafo, manos desesperadas que buscaban su saludo, seguidoras que eran puro nervio ante el artista: su fuerte blindaje de seguridad alrededor impidió que se acercara a cualquiera de esos fans.

Luego, ya en el Nacional, hizo el ensayo para una audiencia reducida que compró un ticket comercializado directamente por su página web y con distintos precios, los que superaban el millón de pesos. En la prueba de sonido junto a su banda, realizó una presentación con canciones diferentes a las que mostraría sólo unas horas más tarde, como, por ejemplo, “Coming up”. Pasadas las 17 horas se abrieron las puertas, cuando ya cientos de personas aguardaban en el exterior.