Culto
Susan Sontag en sus diarios, una espía en la casa de la vida

Susan Sontag en sus diarios, una espía en la casa de la vida

La conciencia uncida a la carne, el segundo tomo de los diarios de Susan Sontag (1933-2004), contempla un período, entre los años 1964 y 1980, en el cual autora publicó buena parte de sus libros más conocidos y en que su experiencia vital, por amores, por lecturas, por viajes, por enfermedades, fue particularmente intensa.

En un ensayo de 1962 sobre los diarios de Cesare Pavese, Susan Sontag —la renombrada intelectual estadounidense cuando aún no llegaba a serlo— se preguntaba por qué leemos el diario de un escritor. Decía que no era porque iluminasen sus libros (a menudo no lo hacen), sino que su interés radicaba, más bien, en que el diario es un material en bruto que permite encontrar al autor en primera persona, un ego desprovisto de las máscaras que son sus obras. Para cuando escribió lo anterior, Sontag llevaba quince años llevando sus propios diarios, registrando su personalidad tal como ella la percibía y su vida como la había vivido.

Si bien no era aún la gran figura refulgente que terminaría siendo: la celebrada crítica cultural (y la no tan celebrada narradora y cineasta), tan admirada por su singularidad e inteligencia como cuestionada por su egolatría y arrogancia, ciertamente ya mostraba algunos de sus rasgos distintivos. Su primera novela, El benefactor, se publicó en 1963, sin despertar demasiado interés. Pero su ensayo sobre lo camp (la estética pop de la exageración irónica) que sí lo despertó, apareció en 1964; antes había publicado sus artículos que demostraban su atención crítica en los diarios (Pavese) y cuadernos de notas (los carnets de Camus), todos ellos recogidos en su primer e influyente libro de ensayos Contra la interpretación (1966).

Aunque atraída por la escritura íntima, Sontag no escribió una autobiografía que retratara su vida. Pero, en privado, mantuvo unos diarios desde su adolescencia, configurados por decenas de cuadernos y que su hijo, David Rieff, se decidió a editar en tres volúmenes, el último de los cuales aún no aparece. El primero, Renacida (2008) partía en 1947, con una Sontag de 14 años, precozmente llegada a la universidad donde descubrirá su bisexualidad, se casará casi adolescente con su mucho mayor profesor, Philip Rieff y tendrá un hijo con él, irá a Europa (especialmente París), iniciará su labor académica, como crítica en revistas y debutará como novelista.

Este segundo volumen, La conciencia uncida a la carne (Random House, 2018, 516 pp.) cubre un período en el cual publicó buena parte de sus más importantes ensayos y algunos de los libros por los que es más conocida. El título, elegido por Rieff, viene de una entrada de 1965, cuando ella contempla escribir una novela sobre el pensamiento o un artista que reflexiona sobre su obra y anota al margen: “Un proyecto espiritual —pero ligado a producir un objeto (al igual que la conciencia está uncida a la carne)”. Para Sontag, la creación literaria es una forma de pensar. Ahora bien, en una entrada posterior escribirá: “El conocimiento tiene que ver con una conciencia encarnada (no solo una conciencia)”. Para ella, pensar o saber, también es una experiencia corporal.

El volumen comienza en 1964, después de que Sontag abandonara la academia y su matrimonio y se estableciera en Nueva York para convertirse en escritora. Termina en 1980, cuando ya había publicado dos novelas, un libro de relatos y varios de crítica (incluido uno de los fundamentales suyos, Sobre la fotografía, en 1977). Es este el tiempo en que construyó mayormente su reputación, con ensayos sobre un amplísimo rango de intereses.

La conciencia uncida a la carne es un libro extenso, a ratos incoherente en su fragmentación. Compuesto, en su mayor parte, por entradas breves, elípticas y frases dispersas, que en algunos momentos parece más un libro de citas que un diario. De seguro, será de gran utilidad para los estudiosos de Sontag, pero el lector debe abrirse paso a través de apuntes como: “Buscar el ensayo de Schapiro sobre arte moderno en The Listener, 1956”; “Ideas de Warhol: imagen única (monótona); lo impersonal”; “Charcuterie de Corse (cuatro tipos de jamón)”.

Sontag, por otra parte, no parece hacer un intento de hacer un recuento coherente y completo de sí misma o de lo que le sucedía. Por ejemplo, en 1974, se descubrió que tenía cáncer de mama y se sometió a una operación y tres años de quimioterapia. De esta experiencia nació otro de sus libros importantes La enfermedad como metáfora (1978), en la que analizó las formas de estigmatización que implican ciertas enfermedades (la tuberculosis en el siglo XIX y el cáncer en el XX). Esta enfermedad, su diagnóstico y su tratamiento apenas se mencionan en La conciencia uncida a la carne.

Rieff ha optado por entregar un mínimo de contexto o explicación. A veces incluye, entre corchetes, una breve descripción de las personas mencionadas, pero la mayoría de las veces informa sólo su nombre. La decisión de prescindir de las notas al pie para aportar lo que considera información útil por corchetes, si pretendía no interrumpir el fluir de la lectura, en realidad, no la facilitan. También ha eliminado entradas que, en su opinión, eran innecesarias, particularmente respecto del viaje de Sontag a Vietnam en 1968.

No obstante lo dicho, entre las anotaciones aparentemente inconexas, los apuntes para proyectos futuros, las listas, infinitas listas que gustaba hacer a Sontag, y los nombres (muchos nombres: crecientemente famosos) que se mencionan, poco a poco, lentamente, surge una especie de autorretrato de ella.

El cerebro y el corazón

Según el prólogo de David Rieff, su madre evitó la escritura confesional, pero sugiere que quizá sus diarios no solo son la autobiografía que nunca alcanzó a escribir, sino “la gran novela autobiográfica que nunca le interesó escribir”. Si fuera una novela, sus protagonistas se podrían llamar “cerebro” y “corazón”. Intelectual y emocionalmente voraz, la mente de Sontag estaba siempre buscando ideas, mientras su corazón buscaba el amor.

Empecemos por el amor, o más bien el desamor. Porque parte del aire a veces desesperado que inspira el libro proviene de los rompimientos de Sontag con sus amantes, en su mayoría aunque no exclusivamente, femeninos. En 1977, como los graffitis en las paredes de mayo del 68 que dialogaban entre sí o con citas célebres, anota: “‘Solo temo una cosa, no ser digno de mi sufrimientos’ —Dostoievski”; y luego: “‘Solo temo una cosa, que mis sufrimientos no sean dignos de mí’ —Sontag”. Los sufimientos de Sontag son fundamentalmente románticos. Empieza el diario con ella aún herida y no recuperada de su ruptura con María Irene Fornés —una dramaturga que había sido su amante en París y luego hasta 1963 en Nueva York—; a quien le sigue Eva Berliner Kollisch (señalada aquí sólo como amiga). Sontag sufrió enormemente por esta época; en 1965 señala: “De una cosa estoy segura: si no hubiera tenido a David, me habría matado el año pasado”. Hacia 1970 se embarca en un romance con “Carlotta” o “C”, una mujer que la atrae por su aparente independencia; es la italiana Carlota del Pezzo (cuando termina con ella dice “la he amado más que a nadie en la vida”); más tarde figura otra de sus amantes, la heredera Rothschild Nicole Stéphane, y menciona a una anterior, en la universidad y los años de París hacia 1956, Harriet Sohmers Zwerling. Sus relaciones con hombres parecen haber sido menos tortuosas. Aquí figura la que tuvo con el pintor Jasper Johns, otra con Richard Goodwin (informa Rieff que era un escritor y consejero político, autor de los discursos de algunos presidentes estadounidenses y con quien Sontag mantuvo una breve relación amorosa) y con el poeta ruso exiliado Joseph Brodsky, que fue “quizás la única relación sentimental de iguales que tuvo en toda su vida”, según Rieff y que llegó a ser premio Nobel de Literatura en 1987. En 1970, Sontag, tan amiga de las listas, hace una de las cualidades que la atraen: son 7 y una de ellas es el “glamour, la celebridad”. Reconoce que un gran descubrimiento ha sido cuánto le importa esa: Jasper Johns, Goodwin, Warren Beatty, ahora Carlota, la condesa, anota. Lo cual parece confirmar lo que algunos dudaron, que Sontag tuvo un amorío con el actor de cine, como afirma Daniel Schreiber en su biografía Susan Sontag. Intelectualidad y glamour (Tajamar). “Es menos disparatado enamorarse con frecuencia (menos incorrecto, pues en el mundo hay muchas personas maravillosas) que solo dos o tres veces en la vida. O tal vez sea mejor estar siempre enamorada de varias personas en todo momento”, escribe Sontag y parece haber seguido su propio consejo.

En cuanto al cerebro, ella estaba convencida de tener uno privilegiado. Sabe que no es un genio, dice en 1966: tiene, reconoce, “una buena cabeza”, incluso una de gran alcance; es buena para comprender y ordenar las cosas (su mente cartográfica), pero siempre ha sabido que no es genial. “¿Me molesta no ser un genio? ¿Me entristece? ¿Estaría dispuesta a pagar el precio por serlo? Creo que el precio es la soledad, una vida inhumana, como la que ahora llevo, con la esperanza de que sea provisional”, agrega. En todo caso, para ella, su “inteligencia” incluso llegó a ser, al menos en parte de estos años, otra fuente de dudas y conflictos. Su interés en las ideas y su facilidad para “pensar” y escribir, en realidad, estarían interfiriendo con su dimensión creativa, o dificultando hacer una gran novela o película. Pero las dudas no duran demasiado en la alta opinión que tiene de sí misma. En 1975 apunta: “Quiero escribir un Moby Dick del pensamiento. Melville tenía razón: es indispensable un gran tema”. Y en 1977 dice que quiere escribir algo grande, como Proust. “Tengo más que suficiente inteligencia, saber, visión. El obstáculo es de carácter: la audacia”. Y en una entrada de 1978 señala que en cada época hay tres equipos de escritores: el primero es referencia para los contemporáneos en el mismo idioma (por ejemplo, Edmund Wilson); el segundo, es una referencia para los contemporáneos en todo el mundo (por ejemplo, Walter Benjamin); y el tercero es referencia para las generaciones sucesivas en varios idiomas (por ejemplo, Franz Kafka). “Ya estoy en el primer equipo, a punto de entrar en el segundo —solo quiero jugar en el tercero”.

La autocelebración no impide que a veces sea dura con su obra. No es posible saber si es por efecto de la edición o porque es un poco repetitiva, en unas hojas sueltas, sin fechar, de un cuaderno de 1965, escribe: “Un problema: la pobreza de mi escritura. Es magra, frase a frase. Demasiado arquitectónica, demasiado discursiva” (p. 68). Una anotación del 12-11-1965: “Un problema: la precariedad de mi escritura —es exigua, de una oración a la siguiente— demasiado arquitectónica, discursiva” (p. 145). Tal vez en realidad era un poco reiterativa: más de una vez piensa en un posible relato: un diálogo entre Orfeo y Eurídice. Y una anotación de 1976: “Toda ortodoxia, ya sea religiosa o política, es enemiga del lenguaje, toda ortodoxia postula ‘la expresión habitual'” (3-9-1976) aparece igual tres meses después (8-12-1976).

No todo es tristeza, angustia o autocrítica. Sus viajes y los nombres famosos son mencionados con afán deportivo y como fuente de alegría. Ciudades: Londres, París, Praga, Venecia, Antibes, Córcega, Aviñón, Marsella, Nueva York, Tánger (donde visita a Paul y Jane Bowles y se reencuentra con su amigo el escritor Alfred Chester, crecientemente paranoico).

En agosto de 1966 Sontag va a Londres para asistir a un taller que impartirán Peter Brook y el director polaco Jerzy Grotowski y algunos actores. Más tarde, pasa temporadas en casas de mecenas y coleccionistas, viaja a la Bienal de Venecia en 1977. Conoce a Alberto Moravia, Claude Roy, György Konrad, cena con Roberto Calasso, Jan Kott o Victor Ehrlich. Tiene una conversación de 6 horas con Cioran y almuerzos con Joyce Carol Oates. Sus amigas en París: Florence Malraux (la hija del escritor), Jeanne Moreau (la actriz). De paso, recuerda a Alejandro Jodorowsky hablando sobre Grotowski. Sontag los compara: Grotowski es un actor que estudia como un monje; Jodorowsky es un monje que puede actuar. Y hay otras apariciones fugaces, como la del estudioso del marxismo George Lichtheim, enamorado de Sontag, según nos informa Rieff.

Lista(s) e intelectual

En 1971, la muerte de Stravisnki, lleva a Sontag a recordar cuando ella tenía catorce años y junto a su amigo Merrill discutían si ofrendarían parte de su vida para dar más años de vida al músico. Curiosamente en el libro se dice que Merrill era una “amiga” de infancia de Sontag (se traduce así el original inglés “friend”, sin género). Pero, de creerle a su cuento-memoria “Peregrinación” (recogido en el libro Declaración, Random House, 2018), en que relata cómo ella de catorce años visita al escritor Thomas Mann, exiliado de la Alemania nazi en Estados Unidos: allí va junto con un amigo, Merrill, indudablemente varón, con quien también recuerda esa conversación sobre Stravinski. Como fuere, basta en pensar en esos gustos y esa edad para percatarse de que toda su vida Sontag mostró una receptividad omnívora por las artes, altas y bajas, lejanas y cercanas. Su maldición habría sido ser excepcionalmente lista y lectora en una era pre-feminista, además de vivir en un casa manejada por una madre distante.

En La conciencia uncida a la carne hay consideraciones sobre el pop británico (Cliff Richard o Dusty Springfield) hasta citas de autores más sofisticados, como Borges o Bataille o Kafka (“El último narrador de la literatura ‘seria'”) y lecturas no poco rebuscadas (Ozamu Dazai, Jean Potocki, Machado de Assis, Gombrowicz, Blanchot). Igualmente matizadas son las notas como ayuda memoria de temas que le gustaría abordar: un ensayo sobre la ciencia ficción, la influencia de la fotografía en la pintura, así como su atracción por los autores no tan conocidos (como el rumano Emil Cioran o el búlgaro Elias Canetti) y algunos muy conocidos: releyendo un ensayo de Sartre sobre Nizan, se da cuenta de lo importante que sido Sartre para ella: “Él es el modelo —esa abundancia, esa lucidez, ese conocimiento. Y el mal gusto”.

Al informar sobre la literatura y el cine europeos a un público educado estadounidense, Sontag logró parecer cosmopolita a unos y otros a ambas orillas del Atlántico. Pero no dejó de estudiar a sus mayores en Estados Unidos. En septiembre de 1972, señala sobre Robert Lowell que él es el “mejor modelo para el tono de la entrevista”, aunque suena aliviada al citar al escritor y hombre de teatro inglés (es de suponer, pues no hay ninguna indicación) Jonathan Miller: “Me tomo con menos seriedad las ideas de Trilling desde que lo conozco”. Con algunos compatriotas suyos es implacable: de Mary McCarthy se burla de cómo viste, de lo que habla (“chismes de club femenino”); el periodista y biógrafo Herbert Lottman es tratato de “escritorzuelo”, “vampiro”; y Gore Vidal, como la cima de la “bobería”. No es particularmente dulce ni siquiera con sus amigos, como el crítico de cine Carlos Clarens: “en todos los años que lo conozco, no parece envejecer; lo que es aún más sorprendente es que tampoco se vuelve más inteligente”.

Lo suyo, en todo caso, como una show-woman intelectual, era el deber de permanecer interesada por todo. Pero siempre con un giro provocativo o novedoso. En el libro hay consideraciones sobre lo “kitsch”, yuxtapone a un pintor del siglo XVIII y un cineasta experimental: Chardin y Jack Smith. Menciona los proyectos que le gustaría abordar: falta un ensayo sobre la rapidez, se dice o uno sobre Wittgenstein y su influencia en las artes contemporáneas; piensa en un libro breve sobre Japón (que no escribió) o un ensayo sobre el cine de Hans-Jürgen Syberberg (que sí escribió). Tiene la idea de un libro sobre el aforismo, libro que como muchas de sus ideas, no se concretó. Lo mismo comenta la película de Alain Resnais, El año pasado en Marienbad, como “una fantasía garcía-marqueziana” o un “Borges redescubierto” (¿no sabía ella que el guión de Robbe-Grillet se basaba en un novela de Bioy Casares?) que lanzar un elogio envenado de Manuel Puig como un escritor extraordinario en el uso del lenguaje como un objeto encontrado: “ha convertido en sistema su desventaja como escritor” o dejar caer ideas excéntricas: como eliminar la escolarización entre los 12 y los 16 años para retomarla después, por ejemplo, entre los 50 y 54 años de edad. En 1978 señala que ya no le interesa tanto la crítica literaria entendida como la crítica que versa sobre sí misma: “La enfermedad y sus metáforas es un intento de ‘hacer’ crítica literaria de una manera nueva, pero con un propósito premoderno: para criticar el mundo”.

Se podría hacer una lista de sus ocurrencias. En un ensayo tardío sobre Roland Barthes, Sontag reflexiona sobre el formato de la “lista” en Barthes (que al parecer hacía muchas): casi sorprendida por la yuxtaposición caprichosa de cosas y experiencias de un modo a veces incongruente. Listas así recorren los diarios de Sontag: de palabras, de libros que comprar o leídos, películas que ver o vistas, citas de autores, de lugares que ver, títulos para proyectos, ideas para relatos, recuerdos. En 1977 apunta una lista de cosas que le gustan, entre las cuales está hacer listas. Lista las peculiaridades que definen su cuerpo (intolerancia al licor, consumo excesivo de cigarrillos, tendencia a la anemia, ansias de proteínas, asma). Lista de escritores fascistas, de escritores eslavos. En algún momento lista los tres males contra los que lucha: el sexismo, el antisemitismo y el antiintelectualismo y más tarde aquellas cosas de las que está en contra: la violencia, la discriminación, la destrucción de la naturaleza, la censura. “Si estoy a favor de algo es —simplemente— de la descentralización del poder”. Hay listas breves: los dos “críticos mayores y más influyentes”: Valéry y Blanchot; o en 1965 lista “los cuatro escritores vivos superiores”: Nabokov, Borges, Beckett, Genet; un poco más de un año después serán “los dos grandes escritores vivos”: Borges y Beckett. Y hay listas largas: las mejores películas (Rieff deja las 50 primeras, pero anota que el listado termina en la número 222). A principios de la década de los setentas pensó escribir un libro estructurado en torno a varios temas de su vida, pero nunca lo llevó a cabo, uniéndose a otra de las listas importantes de Sontag: la de los libros que planeó escribir y no escribió.

De la psicología a la política

Aquellos que sientan predilección por la especulación psicológica tendrán varios pasajes en que detenerse. La autora como alguien atrapado en las encrucijadas del inconsciente: su disgusto por su propio cuerpo (en especial, sus piernas: “Uso pantalones sobre todo para ocultar mis gruesas piernas —otras razones son secundarias”), su deseo de complacer a los demás, el psicodrana con su progenitora: “fui la madre de mi madre”, junto con la fantasía compensatoria de su propia maternidad. En 1967 Sontag tiene una serie de anotaciones de auto-análisis: sobre su madre, su infancia, sus relaciones, su visión de sí misma y sus relaciones con los demás. La relación con Mildred, su madre, de quien traza una semblanza entre el amor y la rivalidad, fue difícil e intenta configurarse como lo opuesto a ella, desprecia aquello que su madre consideraba importante: maquillarse, preocuparse de la ropa. “Me siento superior a ella porque soy totalmente indiferente a estas cosas”. Su frivolidad iba por otra parte, más cara: “Quiero un departamento hermoso con muebles impresionantes”, anota.

En el diario también aparecen otros descubrimientos sobre sí misma y su obra: la inspiración inconsciente de su segunda novela, Estuche de muerte, que nació de un nombre oído, que le inspiró a su protagonista: Diddy, “Daddy” (papá): “Esa es la fuente de mi meditación sobre la muerte y que he llevado en el corazón toda la vida”. Y hay una suerte de sustitución en la vinculación entre su padre y su hijo: “mi hijo lleva tu anillo”, “lloro cuando pienso en ti”, “Ojalá te hubiera conocido”. En su vida hay dos muertes importantes: en 1938, su padre, inaceptable; en 1969, Susan Taubes, también inaceptable. Antes, en 1965 aparece mencionada Susan Taubes, la primera esposa del influyente pensador judío-alemán Jacob Taubes, autor de La teología política de Pablo y amiga de Sontag. En un cuento, “Declaración”, Sontag refiere el suicidio de una amiga; estos diarios permiten saber que esa amiga era Susan Taubes, que se suicidó en 1969, ahogada; Sontag identificó el cuerpo.

Como el padre de Sontag murió en China, cuando en 1972 la invitan allí por tres semanas, explora las posibilidad de escribir sobre China a través de su familia, la “China de mi imaginación cuando era niña”. El viaje se ralizará sólo en enero de 1973 y Sontag nunca escribió ese libro sobre el país asiático (aunque sí un cuento, “Proyecto para un viaje a China”).

Asia tiene una presencia también política y previa. La situación mundial en los años 60 la obligaron a enfrentar las realidades del momento. Sontag fue una de una generación de escritores radicales de los Estados Unidos estrechamente asociados con la solidaridad por las revoluciones china y vietnamita y sus líderes. En mayo de 1968, participó en un viaje a Vietnam del Norte, con un grupo de activistas contra la guerra. De ahí saldrá su libro Viaje a Hanoi (1969) en que ejecuta piruetas para convencerse de la bondad del sistema comunista. Sus notas privadas muestran su distancia, suelen ser transcripciones de lo que sus anfitriones le dicen. Ir fue un deber, un acto político. Todo allí es como un “cuento de hadas ético”: las mismas palabras, el mismo trato, nadie es indiscreto ni habla de sentimientos personales y recitan la versión monocromática dela historia vietnamita.

Sontag nunca se retractó de su oposición a la guerra, pero sí de su fe en el comunismo. En 1975, afirma: “Los intelectuales jugaron a ser paladines y revolucionarios y descubrieron que aún eran patricios y liberales”. Brosdsky, a quien conoció en 1976, tal vez influyó en que Sontag se apartara aún más de las simpatías por el comunismo. En 1980 escribirá: “Es preciso oponerse al comunismo: nos pide que mintamos —que sacrifiquemos el intelecto (y la libertad para crear) en nombre de la justicia”.

Adversaria

Teniendo en cuenta las contradicciones de su carácter y la seguridad en lo que escribía, sorprende cuánto le importaba cómo la juzgaban. Siempre ansiosa por no ser tomada en serio, Sontag quería impresionar, “europeizarse”. Llena sus diarios con ensayos por escribir y citas a veces incomprensibles. Aunque las defenestraciones y desenmascaramientos de Sontag en memorias y biografías son casi tan abundantes como las celebraciones y las loas, es algo más o menos obvio que no debe haber sido una mujer de trato fácil. Incluso su hijo reconoce algo de eso en su prólogo: “si bien mi madre no fue conocida precisamente por su paciencia con la estupidez ajena (y su definición de estúpido era, por decir lo menos, ecuménica)”. Sin embargo ella quería gustar: en el fondo, escribe (pero en francés, “Au fond”, lo que quizá explica que otros no la considerasen tan encantadora) ella se gusta a sí misma, siempre se ha gustado. “Es solo que no creo que les gustaré a otras personas. Y ‘entiendo’ su punto de vista. Pero —si yo fuera otras personas— me gustaría muchísimo”.

No siempre fue el caso, aparentemente, por lo que busca explicaciones: “¿Es mi ‘mirada’ siempre agresiva, una acción hostil contra el otro?”, se pregunta en diciembre de 1967. Su respuesta es no. “Pero nunca es ‘menos’ que un acto de afirmación, la experiencia activa de mi propia fuerza”. Esta “fuerza” (que ella entiende como “mi mente, mis ojos, mis pasiones intelectuales”) dice que tiende a alejar a los demás, “condenándome al aislamiento perpetuo”. Nada pareció minar la seguridad intelectual en sí misma, si bien refiere cierta pérdida de confianza cuando tuvo malas críticas a sus novelas y a sus películas y la sensación de ser una farsante en lo político.

En 1975 señala con orgullo su condición “adversativa”. “Soy una escritora adversativa, una escritora polémica. Escribo para apoyar lo que se ataca, para atacar lo que se aclama”, señala. Eso es algo que se ve cuando su gusto (o ideas) minoritarias se convierten en gusto (o ideas) de la mayoría.

En estos diarios Sontag aparece como adversaria de sus amantes, de su familia, de su obra e incluso de sí misma. En una de sus pocas anotaciones de 1974 cuando comienza a tratarse el cáncer, una de febrero, después de una cita de Paul Valéry (“Vive como piensas, o pensarás como vives”) escribe: “Un espía en la casa de la vida”. Parece estar pensando más en ella misma que en el escritor francés. En la entrada siguiente, seis meses más tarde, apunta: “El intelectual es un refugiado de la experiencia”. Sontag permanece fría y distante incluso en sus diarios y pasa por la vida como espiándola desde lejos o refugiándose para no ser herida.

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