Culto
El Mosad: el largo brazo de Israel

El Mosad: el largo brazo de Israel

Ex miembros de una de las más reputadas y temidas agencias de inteligencia del mundo, el Mosad, detallan en una serie documental disponible en Netflix cómo es la vida de quien se dedica al espionaje y las operaciones encubiertas, y la manera en que Israel ha utilizado el organismo para desarrollar su política internacional.

Es curioso ver un documental donde los entrevistados se niegan reiteradamente a responder ciertas preguntas. La edición podría prescindir de esos momentos pero esta serie que en cuatro capítulos aborda parte de la historia y el accionar de la agencia de inteligencia más famosa de Israel —considerada en el top five mundial—, deja en evidencia que sus realizadores liderados por el reputado periodista israelí Yossi Melman manejan a fondo el tema. Por lo demás Wikileaks ha definido a Melman, cuya reputación lo define como un periodista y escritor de izquierda convencido de que su país debería abandonar territorios palestinos ocupados, como “una mula de información” que ha prestado consejo al Mosad.

Con entrevistas a ex directores y agentes, El Mosad describe en el primer episodio su conformación a los pocos años del establecimiento del estado de Israel en 1948, y la idea permanente de que una agencia así debe prever escenarios de riesgo para la seguridad nacional y ahorrar costos financieros y en vidas humanas.

Por supuesto, si hay que matar en nombre de ese convencimiento, el Mosad lo hace. A los entrevistados constantemente se les consulta por las implicancias morales de sus actos pero desde el primer testimonio sobre la desaparición a manos de la agencia de un oficial de la fuerza aérea israelí que en los años 50 decidió vender secretos militares a la embajada de Egipto en Roma —lo capturaron, lo subieron a un avión, lo drogaron, se les pasó la mano y lo arrojaron al mar—, queda establecido que tales parámetros no entran en la ecuación del Mosad para emprender operativos.

“¿Hubo pánico?”, interroga una voz en off. “En toda mi carrera en el Mosad”, responde sonriente un ex director, “no recuerdo ninguna situación de pánico”.

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“Creo que vieron muchas películas de James Bond”, dice a la prensa en imágenes de archivo un ex ministro de relaciones exteriores de Israel consultado por las acciones del Mosad que en más de medio siglo han ganado notoriedad internacional con la captura de criminales nazis como Adolf Eichmann, la eliminación de terroristas y atentados a científicos nucleares de Irán. El ex subdirector de la agencia Ram Ben Barak, el más locuaz y aparentemente sincero de los entrevistados, reconoce que la fama sanguinaria del servicio es insoslayable —”es la verdad, no se puede decir otra cosa”— pero subraya que ese tipo de operaciones representan “un aspecto marginal del trabajo del Mosad”.

El ex directivo explica que ante la posibilidad de una guerra convencional, las acciones preventivas del organismo se encargan de neutralizar a los enemigos y que “sus líderes queden inactivos”, un eufemismo para legitimar el asesinato. Luego reconoce que esa reputación resulta útil. “El largo brazo de Israel llega a todas partes”.

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Los capítulos dos y tres están concatenados sobre las implicancias de servir al Mosad. Explican el sistema de reclutamiento y luego las eventuales relaciones humanas que los agentes establecen en los escenarios donde se les destina, muchas veces territorios enemigos.

En el caso del ingreso el procedimiento semeja el tejido de una telaraña bajo la promesa de cumplir los máximos anhelos.

“¿Qué deseos tiene? Dígame un sueño”, interpela un agente al entrevistador quien responde sobre su deseo de trabajar en Los Ángeles como cineasta.

El sistema “es similar a una estafa” explica el ex Mosad. Cuando el reclutado se da cuenta finalmente de qué se trata ya no puede dar pie atrás.

El prejuicio dicta la probabilidad de que una agencia así esté plagada de militares. Sin embargo los testimonios explican que el carácter castrense acostumbrado al orden y la planificación resulta rígido y finalmente inservible para un trabajo marcado por la incertidumbre y las eventualidades. Las situaciones de estrés son constantes. “Nunca sabes con seguridad si el agente frente a ti trabaja contigo o en tu contra, o ambas cosas al mismo tiempo”, explica un ex titular de reclutamiento. “Trabajamos con la mente humana”, comenta otro, sobre las implicancias de una labor que exige la capacidad de crear verosímiles vidas paralelas.

El capítulo donde aparecen mujeres —los únicos testimonios completamente inidentificables con rostros borrosos y fotografías tachadas— es el más gráfico para comprender el desafío psicológico y emotivo involucrado en alguien con identidad falsa participando en una operación a gran escala, como sucedió en Etiopía en los 80 para rescatar a judíos residentes.

Una pareja de agentes se hizo pasar por un matrimonio de buceadores para montar un negocio ad hoc en un playa como fachada para permitir la salida de sus compatriotas. Ella reconoce que después de un año tenía sentimientos amorosos por su marido postizo y que era recíproco. Terminada la misión la orden superior fue separar a la pareja.

Él no dudó en acatar la medida. Ella no.

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El último episodio reivindica la labor del Mosad en la región y también las ocasiones en que surgen roces con el gobierno de turno. El documental asigna responsabilidad directa de la agencia en acuerdos con Egipto y en mantener a raya el poder nuclear de Irán. En opinión de sus más altos directivos el Mosad ha sido clave en los sucesos más relevantes del medio oriente en más de medio siglo. “Lo que podría haber pasado y lo que no”, sintetiza Ram Ben Barak.

En menos de 20 años la reputación del Mosad era tal que recibían pedidos de ayuda de otros estados contando los kurdos en Irak y cristianos del Líbano y Sudán del sur en conflicto con musulmanes (sin contar que hasta Luis Miguel les pidió ayuda para encontrar a la mamá).

Los agentes dan a entender que no había nada humanitario en la intervención del Mosad en esos casos sino la posibilidad de entrenar ejércitos extranjeros, obtener información y ventajas estratégicas. La intervención en Sudán por ejemplo no tenía que ver con simpatías directas a los cristianos de la zona, sino porque así podían evitar un masivo asentamiento árabe en el país.

Paradojalmente el proverbio “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” que se atribuye al mundo árabe ha cobrado mayor uso y significado en el Mosad.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras