Culto
¿De qué se reía Borges?

¿De qué se reía Borges?

En su magnífico ensayo, René de Costa revela que Borges se burlaba de todo y de todos, desde la caca hasta el mismísimo Dios Padre.

Quienes no conocen la obra de Borges, pero están familiarizados con sus fotografías de senectud, sospechan que el escritor uruguayo o español no fue un tipo muy dado a la chirigota. Quienes han leído algo suyo, tal vez sus cuentos más famosos, concluyen por lo general que en ningún caso se trata de relatos cómicos. Y entre quienes van por la vida como expertos en borgeana, no son pocos los que han declarado con soltura que el humor es un tema secundario en la literatura del trasandino. René de Costa, sin embargo, asegura exactamente lo contrario en este libro que parte con una anécdota personal: años atrás, mientras se retiraba junto a Borges de un cóctel en Chicago, el argentino decidió hacer una paradilla urgente. “Al cruzar el dintel de la puerta del cuarto de baño, Borges comenzó a bajarse la bragueta instintivamente, al tiempo que recitaba: ‘La mierda no es pintura / El dedo no es pincel / No sea hijo de puta / Límpiese con papel’”.

Experto en literatura hispanoamericana, en Huidobro, en Neruda, en Parra, René de Costa ha ejercido por décadas una admirable labor crítica y de difusión desde su posición emérita en la Universidad de Chicago. Hace 20 años, De Costa publicó El humor en Borges, un libro importante, sagaz, profundo, revelador y bastante difícil de encontrar, problema resuelto con la presente reedición. Dos son los desafíos cruciales que el autor supera con largueza en este ensayo: desacralizar a Borges (del tedio, la seriedad y la pedantería con que lo han disfrazado sus peores lectores) y resaltar lo que demasiados exégetas ignoraron por décadas: la incansable y oscura pulsión humorística que Borges desarrolló a lo largo de su obra.

¿De qué se reía Borges? Prácticamente de todo y de todos, desde la caca, según ya vimos, hasta el mismísimo Dios Padre. ¿Cómo lo hacía? Muchas veces de modo abierto y desafiante, y en ocasiones apelando a la complicidad más íntima de un lector sofisticado. “Una cosa es hacer una broma y otra explicar dónde está la gracia, y el hecho con las bromas de Borges es que unos lectores las perciben y otros no”, advierte De Costa.

Durante su juventud iconoclasta, Borges se mofó de los valores tradicionales de su época y ridiculizó al prójimo con franco deleite, especialmente a las vacas sagradas de la literatura. En ello invirtió, por lo demás, buena parte de su genio e inventiva. “Este talante burlesco, irrespetuoso, irreverente es el mismo que anima la mayoría de los ensayos reunidos en Inquisiciones (1925), donde Borges no deja títere con cabeza de lo que es la Cultura […] Una actitud ciertamente terrorista en la línea de la mejor vanguardia de los años 20”.

Pero no sólo hubo bravatas juveniles: la pulsión le duró hasta la muerte, así lo prueban las entrevistas y los escritos tardíos aquí citados. De Costa estima que “toda la obra de Borges es una indagación de las posibilidades literarias del humor, desde la ironías más sutiles hasta los chistes más escatológicos, de lo aparentemente sublime a lo inevitablemente ridículo”. El humor en Borges es un ensayo magnífico porque, entre otras gracias, está en permanente conversación con la literatura de Borges. No se trata, afortunadamente, de un tratado filosófico sobre el humor en general, como La risa, del latero de Bergson, a quien tanto Borges como De Costa desprecian con ironía, para suma tranquilidad nuestra.

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