Culto
Elza Soares: samba, dolor y entereza

Elza Soares: samba, dolor y entereza

Una de las mujeres fuertes de la música popular brasileña es la protagonista de una novela de la vida real que transcurre entre favelas y escenarios, un viaje que incluso tiene una parada en el Mundial del 62.

Obligada por su padre a casarse a los 12 años con el vecino que la violaba, Elza Soares conoció el Brasil más crudo de los cuarenta y cincuenta viviendo en la pobreza extrema de las favelas de Río de Janeiro que la vieron crecer a la fuerza. Su marido, si es que cabe llamarlo así, la convirtió en madre por primera vez a los 13 años. En total, la pareja tuvo cinco hijos, dos de los cuales murieron de inanición. Siendo una adolescente, desesperada por comprar medicinas, se presentó en 1953 en un concurso radial cazatalentos. El conductor, al verla llegar toda desastrada con un traje roído que le quedaba enorme, le preguntó burlonamente de qué planeta venía. “Del Planeta Hambre”, contestó ella. Acto seguido, tal como lo había hecho toda su vida cargando cubetas de agua desde un pozo hasta su casa, cantó. El auditorio pasó de la mofa al silencio estupefacto y Soares se llevó la máxima distinción. En casa no fue bien recibida: su esposo pensaba que las cantantes eran prostitutas y le dio un tiro en el brazo. Del yugo de su abusador pudo librarse gracias a la tuberculosis que lo liquidó, dejándola viuda a los 21 años.

Su carrera musical partió en Argentina, donde llegó gracias a un empresario que la terminó estafando con todas las ganancias que generó durante más de un año girando por clubes y compartiendo con titanes trasandinos como Palito Ortega y Astor Piazzolla. De regreso en Brasil, tan pobre como antes de irse, por fin tomó vuelo discográfico gracias a una impronta entonces única en el mundo de la samba, poco acostumbrado al poderío vocal de una mujer fuerte y dada a las interpretaciones temperamentales, aunque matizadas con scat, es decir, un equilibrio inédito entre calle y salón. En el Mundial del 62, al que Soares vino en calidad de madrina de la selección brasileña, el propio Louis Armstrong, invitado como embajador del estilo de vida gringo en plena Guerra Fría, la llamó “mi hija” al reconocer la similitud entre sus respectivas formas de cantar.

Fue en el mismo evento donde Soares y Garrincha se enamoraron. El legendario futbolista era un hombre casado y la opinión pública de Brasil no demoró en arremeter contra su nueva pareja tildándola de rompehogares. Todo el racismo, el clasismo y el machismo del país cayó encima de ella, sindicada como la culpable de la errática conducta del jugador cuando la realidad es que era una víctima de su alcoholismo y su violencia. Elza Soares perdió a su madre en un accidente automovilístico en el que Garrincha iba al volante, fue golpeada por el delantero en incontables ocasiones tanto en privado como en público, así como también engañada una y otra vez. La Alegría del Pueblo era la gran pena de Soares, quien siguió estoicamente con su carrera pese a los problemas mientras su segundo marido se hundía en el abismo de sus vicios. En un momento álgido de la dictadura brasileña, la casa de la pareja fue ametrallada en un intento de borrarlos del mapa, pero se salvaron y terminaron en el exilio. Tras el rompimiento de la pareja y la muerte de Garrincha en miserables condiciones, su hijo Garrinchinha de nueve años de edad falleció en un accidente automovilístico.

Sepultar a otro hijo tumbó el espíritu de Soares. Las drogas fueron su único alivio en un período oscuro de autoexilio, adicciones, pensamientos suicidas y silencio discográfico que duró entre la segunda mitad de los ochenta y la primera de los noventa. Tras vivir en Europa y Estados Unidos, la cantante volvió a Brasil, donde inició uno de los regresos más contundentes de los que se tiene memoria, con un impulso que dura hasta hoy sin dar señales de agotamiento. Comparándola con Tina Turner y Celia Cruz, la BBC en 1999 la nombró la cantante brasileña más importante del milenio, instancia que propició un show especial en Londres junto a Gal Costa, Caetano Veloso, Chico Buarque y Gilberto Gil que sirvió para reestablecer su pertenencia al cuadro de honor de la música de su país.

Con 81 años, aunque algunas fuentes señalan que serían realmente 88, Elza Soares se encuentra en una impresionante racha creativa. Partió el siglo 21 asociándose con productores y músicos más jóvenes cercanos al rap y la electrónica, haciéndose acompañar de MC’s y DJ’s mientras denunciaba los males del racismo profundamente arraigado en la sociedad brasileña. Su disposición a incorporar nuevos elementos a la samba data desde su surgimiento discográfico en 1960, con Se acaso você chegasse -seguido ese mismo año por el sugerentemente titulado A bossa negra-, como una de las voces principales del sambalanço, mezcla de samba, bossa y jazz. En los últimos años, Soares ha alcanzado su peak artístico en los discos A Mulher do Fim do Mundo y Deus é mulher, en los que explora la negritud, su lugar en el mundo como mujer y la marginalidad. Con igual pasión canta de sexualidad octogenaria o de la discriminación que sufren los homosexuales. En la tierra de Bolsonaro, un nostálgico de la dictadura que atentó contra su vida, la voz opositora de Soares cobra inusitada vigencia. Uno de sus singles del último lustro, “Maria da Vila Matilde”, fue un hito por su letra contra el abuso doméstico en un país donde cerca de cinco mil mujeres son asesinadas al año. Da escalofríos escucharla decir “te vas a arrepentir de haberme levantado la mano”. Cantar sobre lo que conoce es su política de carrera.

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