Culto
De Beethoven a Strauss: la música clásica en el cine de Kubrick

De Beethoven a Strauss: la música clásica en el cine de Kubrick

El director era un melómano empedernido. Por ello buscaba de forma obsesiva la música que mejor encajara en la narración de sus filmes. De esta forma utilizó, a veces sin mediar derechos de autor, piezas de autores clásicos que le dieron identidad a varias escenas.

No solo la composición de los planos, los temas existenciales y los personajes complejos definen la cinematografía de Stanley Kubrick. Su manera de trabajar el soundtrack, especialmente con su selección de piezas de música clásica, es otro aspecto relevante de su obra. Las melodías de Beethoven o Strauss en cintas como La naranja mecánica o 2001: odisea del espacio, entregan un gancho inconfundible a las escenas.

“Una película es, o debería ser, más como música que como ficción. Debe ser una progresión de estados de ánimo y sentimientos. El tema, qué hay detrás de la emoción, el significado, todo lo que viene después”, dijo en alguna oportunidad el cineasta. Esa declaración resume su visión sobre la banda sonora. Debía apoyar la narración.

Por ello es que el director era especialmente puntilloso en ese aspecto. Y eso podía generar imprevistos. Mientras trabajaba en 2001: Odisea del espacio, decidió encargar una partitura al compositor Alex North, con quien había trabajado en Espartaco. El músico trabajó en el encargo y lo entregó en la forma en que convinieron.

Sin embargo, para su sorpresa, no contó con que Kubrick en la prueba de edición alucinó con el resultado que logró al montar varias piezas clásicas, y decidió usarlas sin mas. Su entusiasmo fue tal que ni siquiera se molestó en preguntar por derechos de autor. De esta forma es que una composición como el preludio de Así habló Zaratustra Op.30 del alemán Richard Strauss entró en la historia del cine, gracias a la famosa secuencia del homínido al principio del filme.

Lo que North desconocía es que hubo otra persona involucrada, de forma indirecta, en el incidente. El productor ejecutivo -y cuñado del realizador- Jan Harlan, quien le había hecho llegar las piezas para usarlas de forma provisoria. “No había nada ‘malo’ con la partitura de Alex North. Pero Stanley se mantuvo emocionalmente distante. Fue pura casualidad que le traje el Zaratustra junto con muchas otras ‘piezas grandes’ cuando lo visité desde Zurich en algún momento en 1965 o ’66”, contó en una charla en la National Gallery de Canada.

Otra secuencia de ese filme que es recordada por su música es la del “ballet espacial”, en que suena el Danubio Azul de Johann Strauss. Kubrick insistió tanto en usar el vals, que no tuvo empacho en editar la escena. “Tuvo que ser recortada para encajar el vals. Stanley no quería cortar la música, tenía que hacerlo al revés. Lo supe del editor Ray Lovejoy, quien me dijo que el equipo de edición estaba bastante desconcertado al principio, pero luego me acostumbré. Fue una decisión revolucionaria”, detalló Harlan.

En La Naranja Mecánica, las actividades de la pandilla de Alex son musicalizadas con piezas de Beethoven y Rossini, las que encajan de tal forma que los movimientos de los actores parecen coreografías de la música. En la secuencia en que el protagonista lanza a dos pandilleros al agua, suena la obertura de La urraca ladrona,  compuesta por el italiano en 1817.

El famoso segundo movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven también suena en el filme, lo que no fue fácil. Kubrick exigió a Harlan conseguir la pieza como fuera a lugar. “Pude hacer un trato más favorable con Deutsche Grammophone para comprar esta pista mono, que ya no estaba en el catálogo de la compañía, pues entonces la novedad era el estéreo. Entonces usamos una mezcla mono y la actuación de la Orquesta Filarmónica de Berlín bajo Ferenc Fricsay fue excelente”, detalla el productor.

El estilo obsesivo del director también se notó en Barry Lyndon, filme ambientado en el siglo XVIII. Fiel a su principio de que el cine de época debía trabajarse como si fuera de la época, no escatimó en invertir en costosos lentes que le permitieran filmar solo con luz de velas, considerando que en aquellos días aún no se inventaba la electricidad.

Sin embargo, para la música alternó entre creaciones del período y otras que le parecían que se ajustaban mejor a la cinta. Por ello encargó al director de orquesta Leonard Rossman una selección que incluía al segundo movimiento del Trío para piano nº 2 de Franz Schubert, el Concierto para violonchelo en Mi menor de Antonio Vivaldi, entre otras.

“Eso fue resultado de elegir lo que era correcto para las escenas de finales del siglo XVIII y lo que a Stanley le gustaba. El Trío de Schubert era una elección típica de Kubrick, pues tenía gran amor por esta pieza, sabiendo muy bien que no ‘encajaba’ en lo que se refiere al período”, detalla Harlan.

En su juventud, Kubrick tocaba la batería, era un aficionado al jazz y la música docta. Eso sí, no siempre sus gustos entraron en sus películas. Según Harlan, al realizador le gustaban sobremanera el Réquiem de Johannes Brahms y el Quinteto de cuerdas en Do Mayor, de Schubert, los que nunca sonaron en su filmografía.

Para su productor, la elección de la música siempre pasaba por la conexión emocional que la pieza lograba con el cineasta. “Nunca usó una pieza musical que no le gustaba. Idealmente, tenía que estar enamorado de ella. Para él, esta tenía que apoyar la estructura de la historia, y si lo hace o no, no es decisión de un comité. Es la decisión subjetiva del artista”.

En Spotify está disponible una playlist con todas las piezas clásicas que fueron usadas en la trayectoria del director de El Resplandor.

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