Culto
El rap como forma de conocimiento

El rap como forma de conocimiento

Pluma connotada del rap chileno, Freddy Olguín explica por qué lo considera una cosmovisión y analiza su desarrollo temático, el ascenso del trap, la popularidad de las batallas de freestyle y las reacciones que causan los rimadores del transporte público.

El año pasado se festejaron treinta años de rap chileno, a raíz del aniversario de la piedra fundacional del género en nuestro país, “Algo está pasando” de De Kiruza, pero al movimiento aún le falta pensarse a sí mismo. Para tener tanta historia y tanta actividad, con una producción discográfica que bordea los cien lanzamientos anuales, sorprende su escasez bibliográfica. Uno de los que llenan el vacío es Freddy Olguín, autor del libro 100 rimas de rap chileno, compendio de la sabiduría de los MCs locales entre 1988 y 2015.

Olguín, conocido como Gen en su faceta musical, habla de rap desde diferentes perspectivas: además de su militancia en FDA (el proyecto anterior a Cómo Asesinar a Felipes del rimador Koala Contreras) y de su producción discográfica en solitario, cuenta con la experiencia de administrar un netlabel (Dilema Industria) y de ser una de las plumas musicales más confiables de la red por su trabajo en Super45.

En 100 rimas de rap chileno, lanzado en noviembre y a estas alturas prácticamente agotado, el cronista presenta una recopilación personal (“intuitiva”, la llama) de frases cuyas fuentes van desde íconos generacionales como Panteras Negras, Tiro de Gracia o Liricistas hasta pares de igual valía literaria y menor renombre. Estudiando las distintas épocas del rap cultivado en nuestro país, su balance es que “se fue dando una sofisticación. La dictadura en los ochenta, la post depresión en los noventa, la profesionalización en los dosmiles, esos son los tópicos del rap a grosso modo, con mucho entre medio obviamente. Tampoco creo que haya cambiado tanto con el tiempo, los tópicos del rap en el mundo son parecidos: problemáticas barriales, sociales, existenciales. Mientras el rap sea testimonial, hay vida”.

Una de las intenciones de su trabajo es “reivindicar al rap, que siempre ha sido denostado. Conozco gente que dice que es un género menor, pero hay pruebas contundentes en el mundo de que el rap es de alta cultura. Kendrick Lamar se ganó un Pulitzer, y no porque cuente las historias de la Afroamérica depresionada eso no va a ser cultura, para mí no hay diferencia entre él y John Coltrane, son lo mismo”. La idiosincrasia nacional entra en consideración en su diagnóstico: “Los chilenos nos miramos a huevo, en general nuestros poetas han sido denostados, y hay gente que rotea al rap una y otra vez, pero el rap es una forma de escritura y de música, y dentro de ese contexto, también es una forma de conocimiento”.

En la introducción del libro, una síntesis histórica titulada “Desde la basura: rap chileno en 3 pasos”, el menosprecio al rap es ejemplificado reflotando una vergonzosa página del periodismo televisivo nacional, “Al ritmo de la ira”, reportaje emitido el 2012 por Chilevisión, en el que de forma “amarilla, estigmatizadora y delirante” se vincula al rap con episodios de violencia callejera en Valparaíso. “Los medios ponían rap de fondo en sus noticias sobre la delincuencia”, recuerda el autor.

Para Olguín, “el rap es más que música, es más que un género, es un sistema, una manera de ver el mundo y comprenderlo que cambia la vida de las personas. Creo que hay un antes y después brutal en las personas que conocen el rap, porque el rap te ayuda a sobreponerte de tu situación y te puede llevar a profundizar en ciertas cosas, que es lo que pasó conmigo cuando empecé a escribir rimas y pensé en hacer algo relacionado, así que llegué a las comunicaciones. A eso me refiero cuando digo que el rap es una forma de conocimiento, el hip hop está en tu cabeza, puedes tener sesenta años y seguir siendo hiphopero”.

Las nuevas escuelas

Como observador, experto y partícipe de la cultura rapera, Freddy Olguín le ofrece su respeto irrestricto a las actuales manifestaciones y derivaciones del género. Se le arquean las cejas cuando revisa sus redes sociales y lee algún reclamo contra los raperos que usan la locomoción pública como escenario: “En qué momento emocional tienes que estar para decir eso y después andar tuiteando en contra de Kast y de los fachos si a ti mismo te molesta que un cabro se suba al metro a comunicar algo y ganarse unas monedas. Hay que estar muy aburguesado, muy cómodo, para quejarse por algo así”.

Respecto a las batallas de freestyle y su popularidad entre los raperos menores, adopta una postura crítica: “El freestyle es parte del rap, tú me la tirai y yo te la tiro a ti, el guapeo siempre ha existido, pero el freestyle por el freestyle queda desprovisto de hip hop a veces, falta interiorizarse, estudiarlo. Quizás mi opinión es muy vieja escuela, quizás es otra forma de entender la cultura urbana”. La idea del rap como objeto de entretenimiento deportivo no lo seduce: “Mi visión del deporte es que es medio antidemocrático, puede que una a la gente, pero yo tengo un problema con la competencia, siento que es demasiado neoliberal y que en muchos ámbitos no es necesaria. En vez de competir con el otro, puedes colaborar. Tampoco se trata de ser ingenuo, la gente en el mundo real siempre está compitiendo, pero el rap siempre ha sido más colaborativo que competitivo, como toda la música”.

Olguín descarta que exista una contradicción entre el rechazo al neoliberalismo y el consumo de su reflejo musical: “El rap que me gusta a mí y con el que crecí no es necesariamente el más neoliberal. La música que me interesa siempre ha sido más contracultural, Mos Def, A Tribe Called Quest, Public Enemy, Sole del sello Anticon o los primeros trabajos de El-P. El rap mainstream evidentemente es neoliberal porque es un bien de consumo, pero ahí están Kendrick Lamar y J Cole diciendo cosas muy reales y siendo entretenidos. Si ves la serie Atlanta, todo lo que dice es una crítica profunda al sistema norteamericano y a los clichés del rap, desde el one hit wonder hasta el rapero con pistola o el introspectivo”.

Al ascenso del trap se refiere con interés y cautela: “El trap hay que verlo, lo respeto, pero siento que le falta caminar, madurar, crecer. Es valioso porque lee muy bien el momento, pero es contingencia todavía. Puede que sea un subgénero, una tendencia que todos quieren seguir, como en su momento lo fueron el electro rap o el jazz rap. Todavía me falta escuchar el disco que va a ser el Illmatic del trap (por el disco de Nas), pero encuentro que los traperos son valiosos porque están viendo lo que pasa, lo describen muy bien, están hablando de algo muy postcapitalista, de cuando uno se siente saturado. El trap es apocalíptico”.

En la apertura estética que representa al trap, Olguín encuentra luces y sombras: “Es cierto que sus artistas tienen un desprejuicio, son menos estigmatizados y no siguen un canon, se lo saltan, no lo conocen ni quieren conocerlo, pero también hay que tomar distancia de ese desprejuicio, quizás sea una impostura que los cabros siguen porque es lo que pega”. Por ahora, no se deja deslumbrar por el brío del fenómeno ni la novedad que suponen sus cultores: “Ser joven no es salvoconducto de nada. Es bacán, pero dejas de serlo rápidamente y después te vuelves viejo. Por eso valoro a artistas como Kendrick Lamar o, acá en Chile, Catana. Ellos entienden eso, tienen un pie en lo actual y otro en lo clásico. Yo creo que hay que respetar la tradición, no queda otra”.

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