Culto
Robert Redford, el actor que (casi) nunca fue villano

Robert Redford, el actor que (casi) nunca fue villano

A los 82 años, la figura del cine americano anunció su retiro de la actuación con la película Un ladrón con estilo, que se estrena este jueves. Ahí hace lo que mejor sabe: interpretar a un fuera de la ley amado por el público.

Cada vez que Forrest Tucker asalta un banco, lleva una pistola que no usa y sonríe. Es más, después de que los apunta con un revólver que quizás no tenga balas, sus asaltados coinciden ante la policía en una característica única: “Era un hombre de muy buenos modales”.

Esta pista lo convierte en un blanco del policía John Hunt (Casey Affleck), quien no tarda en localizar al distinguido criminal de traje azul, sombrero café y corbata a rayas. A Forrest Tucker, en todo caso, la pesquisa lo tiene sin cuidado. En su larga vida delictiva ha entrado 17 veces a la cárcel y ha escapado otras 17. Para él, robar, ser capturado y fugarse es parte del mismo juego. El juego de la vida. Por eso, intuye Hunt, Tucker siempre sonríe.

Inspirado en un personaje real, este singular ladrón de cuello y corbata fue anunciado por Robert Redford como su rol de despedida. Lo dijo en agosto a la revista Entertainment Weekly, un mes antes de su estreno en el Festival de Toronto. Ahí, Un ladrón con estilo (2018) fue recibida con muy buenas críticas.

También puede interesarte

La película, por la que Robert Redford fue nominado a un Globo de Oro a Mejor actor, se estrena la próxima semana en el país, a un año de la llegada de Our souls at night (2017) a Netflix. Si éste era un filme de relaciones crepusculares, última escala de Redford en una clase de películas románticas que va de Nuestros años felices (1973) a Africa mía (1985), Un ladrón con estilo es la estación terminal de su galería de aventureros, ladrones y forajidos que entregó al cine como especialidad de la casa. Ninguno de ellos bordeó el desequilibrio o la maldad. Por el contrario, fueron de cierta manera modelos a seguir y a amar por la audiencia.

Redford, que sólo fue villano en la cinta de superhéroes Capitán América y el soldado de invierno (2014), defendía así la opción de retirarse de la actuación con el personaje de Forrest Tucker: “En rigor, vengo pensando en retirarme desde los 21 años y ahora dije: ‘Bien, ¿Es suficiente, no? Y por qué no hacerlo con un personaje optimista y positivo’”.

En efecto, Tucker es la encarnación del mañana será un mejor día, pero con astucia y carisma. A lo Redford. Su vida es el escape, que ha convertido en una forma de arte. Tiene cerca de 60 años (22 menos que el actor), roba con sus compinches Teddy (Danny Glover) y Waller (Tom Waits) y, cuando lo quiere, es escurridizo como un pez. En uno de sus escapes, conoce a Jewel (Sissy Spacek), una mujer que posee un rancho, hijos que la dejaron y muchas deudas con el banco.

El buen Tucker entabla una relación con ella, pero su espíritu samaritano lo impulsa a pagarle además sus deudas. Es la única escena de la película en que va a al banco a dejar dinero y no a robarlo.

De Pollack a Sundance

Un ladrón con estilo está hecha a la medida para ser un canto de cisne. Redford la produjo, su talentoso protegido David Lowery la dirigió y la acción transcurre en 1981, cuando Tucker se acaba de fugar de la Prisión Estatal de San Quintín.

El estilo visual remite a filmes de fines de los 70 y la narrativa es pausada, sin efectos para la audiencia. Es un recurso noble e inteligente: por un lado sorprende y por otro nos hace darnos cuenta de que el héroe de Redford ya no existe más. Es de otra época, del período en que él era el rey de la taquilla en Hollywood.

Los guiños son evidentes y hay varias secuencias sacadas de la película La jauría humana (1966), donde un Redford de 30 años también era un ex convicto que huía por las carreteras de Texas. Estas escenas sirven para mostrar los robos y las fugas de juventud de Tucker. Pero los homenajes pueden ser más sutiles: los créditos iniciales están escritos con la misma gráfica que los de Butch Cassidy y Sundance Kid (1969), filme emblema de Redford.

Nacido en Los Angeles en 1936, el actor empezó en la televisión en 1960, donde se mantuvo hasta 1966. Ese año participó en dos películas que lo pusieron en la órbita de Hollywood: la mencionada La jauría humana, donde compartía roles con Marlon Brando y Jane Fonda entre otros, y This property is condemned, la primera de la siete cintas en que sería dirigido por Sydney Pollack.

De cierta manera, los talentos de Pollack y Redford fueron simbióticos: el infalible carisma del actor se formó bajo el alero de este cineasta. A este espectro actoral pertenecen sus filmes Nuestros años felices, donde formaba una improbable pareja con Barbra Streisand; El jinete eléctrico (1979), en que era una ex estrella del rodeo en romance con una reportera a cargo de Jane Fonda; Africa mía (1985), filme en el que interpretó al malogrado aventurero inglés del que se prendaba la escritora Isak Dinesen (Meryl Streep), y Havana (1990), sobre un jugador involucrado con una activista cubana en tiempos de la Revolución.

Al mismo tiempo que lograba algunos de los grandes éxitos de los años 70 y 80 con Pollack, Redford cultivó una particular relación con el actor Paul Newman y el director George Roy Hill. El último los dirigió a ambos en el western revisionista Butch Cassidy y Sundance Kid (1969) y en El golpe (1973), drama con ribetes cómicos sobre dos estafadores durante la Depresión. Como el forajido Kid en la primera película o en el rol del timador Johnny Hooker en El golpe, Redford además construyó un tipo de personaje capaz de esquivar con desenfado los golpes del destino, de burlar a la ley y de disfrutar del momento.

El mismo George Roy Hill volvió a dirigir a Redford en The great Waldo Pepper (1975), tragicómica historia de un temerario piloto de biplanos que en los años 20 monta un show para demostrar que es el mejor aviador del mundo. En estos años también, Redford pone un pie en filmes comprometidos políticamente, buscando salir del molde de galán que siempre lo persiguió. Fue la manera de darle cauce a sus simpatías liberales (como su amigo Paul Newman) y lo hizo a través de dos cintas indelebles de los 70; en Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula, compartió elenco con Dustin Hoffman y fue uno de los periodistas que contribuyó a destapar el caso de Watergate; en Los tres días del Cóndor (1975), de Sydney Pollack, interpretó a un analista de la CIA que descubría una operación fraudulenta del gobierno para apoderarse de campos petroleros en Medio Oriente,

Desde fines de años 70, Redford empezó a bajar la frecuencia en la actuación. La época coincidió con la creación del Festival de Sundance en 1978, del que es cofundador. El encuentro, lo sabemos, se convertiría en uno de los viveros más fructíferos del cine independiente estadounidense. Ahí mostraron sus primeras películas Joel y Ethan Coen, Quentin Tarantino, Steven Soderbergh, Paul Thomas Anderson o Richard Linklater, por dar algunos nombres.

No deja de ser una paradoja que un actor nacido y criado en el sistema de estrellas de Hollywood fuera el destinado a vigorizar la creación fuera de los estudios. Tampoco que en sus 80 películas como actor haya apenas estado nominado una vez al Oscar (por El golpe), pero que con su primer filme como director (Gente como uno, 1980) sí obtuviera la estatuilla a Mejor director.

Hasta ahora Robert Redford ha realizado siete filmes, pero es probable que la historia lo recuerde primero como actor, luego como impulsor de Sundance y finalmente como cineasta. Como estrella entregó lo mejor de su talento y hasta venció su aversión a los villanos para interpretar un archienemigo del bien en el segundo de los Capitán América. Cuando le preguntaron por qué estaba en esa película, dio las razones más simples y cándidas del mundo, casi sacadas de las líneas de uno de sus personajes de espíritu bonachón: “A mi nieto le encantan los superhéroes, así es que decidí actuar en una película de esas”.

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.