Culto
El viaje de Carrère a la mente del creador de la ciencia-ficción pop

El viaje de Carrère a la mente del creador de la ciencia-ficción pop

Antes de que se volviera uno de los mejores escritores contemporáneos —ese que desmenuza vidas ajenas—, Carrère investigó la vida y obra y locura de Philip K. Dick. En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (Anagrama) encontramos no solo un libro que analiza el lisérgico y paranoico mundo del autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (novela adaptada al cine como Blade Runner); también los primeros apuntes de un autor francés que buscaba su identidad narrativa.

En 1977 el autor estadounidense Philip K. Dick aterrizó en tierras francesas. Lo habían invitado a una conferencia de ciencia ficción.

Era su primera vez en Francia. Y en Europa. Su vida, a sus 49 años, se reducía más que nada a California, a la parte norte de California, cerca de San Francisco, Oakland y no muy lejos de Silicon Valley.

Si en Estados Unidos Dick era considerado un escritor de género, un autor un poco loco y marginal; pues en Francia su persona era admirada. Los intelectuales franceses (totalmente obnubilados por el opio de las teorías marxistas) pensaban que los libros de K. Dick eran una crítica al capitalismo gringo.

Así, lo que Philip K. Dick dijo en Francia (y que hoy podemos ver gracias a ese invento dickiano llamado YouTube) es básicamente lo que sigue: la realidad no es realmente real. Resulta que vivimos en una realidad programada. En un simulacro. Y la mayoría estamos al otro lado, aquel lado que no sabe que la realidad es falsa. Pero claro: ahí está Dick para advertirnos.

“Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta”, dijo en esa conferencia en Francia. “No conozco a nadie que haya hecho declaraciones como esta, pero sospecho que mi experiencia no es única. Quizá lo sea el deseo de hablar de ella”.

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Y no estaba entre el público, pero esa conferencia (y el aura paranoica que Dick dejó a su paso) sí afectarían al entonces joven Emmanuel Carrère (París, 1957). Era la época del punk y del cinismo. De sospechar de Tatcher y Reagan. De The Clash y los Sex Pistols. En 1977 Carrère era un joven francés, parisino típico, veinteañero, uno que pronto iría a la universidad y entonces se convertiría en escritor. Publicaría tres novelas, entre esas El bigote y Bravura. El problema es que Francia es un país de novelistas. Y las novelas de Carrère (esas que publicó antes de sus libros sobre vidas ajenas) funcionan, pero dentro del panorama francés pasan desapercibidas.

Por eso en un momento comenzó a experimentar con los géneros narrativos y, con el tiempo, se convertiría en un documentalista literario. Y todo, de alguna forma, gracias a su obsesión por Philip K. Dick.

“Es muy probable que fuese en ese libro que di con la voz por la que se me conoce hoy”, diría más tarde Carrère al diario El País.

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Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos se publicó originalmente en 1993 en Francia.

Por estos días Anagrama lo republica para el mercado hispanoamericano.

Aunque por mucho tiempo circularon copias de una traducción anterior, de Ediciones Minotauro (en la librería Metales Pesados había unos pocos ejemplares). Y, además, los conocedores de la obra de Dick saben que hay PDF y eBooks de este libro flotando por la web.

Sea cual sea el formato, o la edición, introducirse en Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos es una experiencia que aproxima al lector al mundo de Dick. Y oblicuamente al mundo de Carrère. Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos es sobre un autor francés que se interesa en la vida de un delirante autor californiano. Son 376 páginas sostenidas en base a la siguiente pregunta: “¿Qué sucedería si un escritor de ciencia ficción comenzara a creerse sus propias historias?”.

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¿Quién fue Philip K. Dick? El libro de Carrère ofrece todas las respuestas posibles y aún así, o por eso mismo, deja la pregunta intacta: ¿quién fue Philip K. Dick?

Posibles respuestas:

Philip K. Dick nació en 1928 en Chicago, Estados Unidos.

Su hermana melliza, Jane Charlotte Dick, murió apenas cinco semanas después.

A Dick le gustaba, de niño, encerrarse en cajas. Se sentía seguro y silencioso.

A los trece Dick comenzó su propia revista: La Verdad.

Dick trabajó en una tienda de discos. Hasta que se dio cuenta de que podía vender sus cuentos.

En 1952 Philip K. Dick vendió cuatro cuentos; en 1953, treinta; en 1954, veintiocho, y en 1955, su primer libro de cuentos y primera novela.

Dick podía escribir una novela en dos semanas (aunque luego pagaba el precio emocionalmente). Por eso fue tan prolífico: publicó treinta y seis novelas, escribió 121 relatos cortos.

Philip K. Dick se casó cinco veces.

Dick tuvo dos hijas y un hijo.

Dick abusó emocionalmente de su tercera esposa. Intentó empujarla por un precipicio en un automóvil, luego afirmó que ella intentaba matarlo y así convenció a un psiquiatra para que la internaran involuntariamente.

Dick fue parte del circuito de escritores de San Francisco y los alrededores.

Y Dick una vez le pidió a la escritora Ursula K. Le Guin que lo alojara. Esta se negó, porque Dick ya tenía (mala) fama.

Tiempo después Le Guin dijo esto de la obra de su colega escritor: “No hay héroes en los libros de Dick, pero hay actos heroicos. Uno se acuerda de Dickens: lo que cuenta es la honradez, constancia, amabilidad y paciencia de la gente ordinaria”.

En 1962 Dick gana el premio Hugo por su novela El hombre en el castillo. Puede que sea uno de sus mejores libros. Hay una serie en Amazon Prime basada en este.

En sus últimos años Philip K. Dick parecía una guagua adulta con una barba descuidada y una prematura guata de mediana edad. Dicen que emocionalmente era demasiado demandante. Que apenas inspiraba algo más que una tierna curiosidad.

Dick murió en 1982, en California.

Seis meses antes del estreno de Blade Runner.

Lo enterraron junto con Jane Charlotte Dick, su hermana melliza.

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Emmanuel Carrère sería un perfecto detective. Sus libros son siempre sobre otros. A Carrère le interesa el ejercicio de hacer desaparecer una vida dentro de un cruce de sentimientos, ideas y contradicciones. Le interesa explorar respuestas a las siguientes preguntas: ¿por qué X persona hizo esto u lo otro?, ¿en qué momentos decisiones mínimas producen giros de vida bruscos?, ¿se puede narrar una vida, ponerla dentro de un libro, sin pasarla a llevar con la ficción?

Así, por ejemplo, explica el perturbado futuro de Dick. Carrère lo relaciona con su sobreprotegida infancia:

“Era un chico un poco demasiado gordo, sofocado, que vivía solo con su madre. Se llamaban el uno al otro Philip y Dorothy y se trataban con una curiosa ceremonia. De noche, acostados en sus camas, se hablaban de una habitación a otra, dejando abiertas las puertas del pasillo. Sus temas de conversación preferidos eran los libros, las enfermedades y los remedios que supuestamente debían aliviarlas”.

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La presencia de Carrère en este libro es todavía más silenciosa que en sus otros libros. Aun así, su persona se nota. Como los mejores detectives, Carrère sabe que uno no puede desaparecer completamente en otra persona. Sabe que la obsesión de contar la historia de alguien se relaciona con que en esa historia también hay algo nuestro.

“El viaje al cerebro de un hombre que creía sus libros más alocados no como trabajos de la imaginación, sino como verdaderos”, dice Carrère al explicar Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Pues bien: K. Dick veía la religión como la ciencia ficción (¿o acaso la ciencia ficción como si fuese una religión?). Muchas de sus ficciones eran para poder sentirse un mini dios que puede controlar la existencia de personas. Por eso, claro, a Dick le gustaba Borges; el argentino trataba la teología como una forma de fantasía. Y para Dick, asimismo, todo era una forma de fantasía. Incluso la realidad. El problema fue cuando las drogas entraron y Dick pasó de ser un escritor delirante a una persona completamente freak. De un Ray Bradbury que tomaba LSD a un Charles Manson en potencia.

Años más tarde Carrère se volvería religioso, tal como puede verse en El reino, libro en que el francés abraza la fe en un momento de crisis personal marcado por una compleja relación amorosa y el abuso del alcohol. “Muchas personas creen en historias igualmente delirante y nadie les toma por dementes”, escribe Carrère sobre creer en dioses y religiones. “Igual les toman en serio, aunque no compartan sus creencias.”

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Puede que a fines de los noventa haya comenzado una nueva y leve ola dickiana entre los lectores de América Latina.

Por ejemplo, Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán tuvieron un entusiasta intercambio digital sobre el autor californiano; y eso, claro, ayudó a que varios pusieran (pusiéramos) los ojos en las novelas y cuentos de Dick.

“Me parece que hay suficiente evidencia ya para afirmar que la idea del futuro —nuestro presente— está mucho más cerca de lo que pensaba Dick que de lo que sostenían los clásicos del género, ¿no?”, le dice el argentino al chileno-español-mexicano. Y este último responde más adelante: “¿Y qué es lo que Dick proyecta hacia el futuro, en qué consiste el mecanismo de su bomba de relojería? Básicamente en preguntas. Preguntas rarísimas y peregrinas. Y en una sensación de malestar, de alteridad, que muy pocos han logrado plasmar.”

En Chile Álvaro Bisama y Francisco Ortega son declarados fans de Dick. Y extrañamente el primer Jorge Baradit, ese previo a convertirse en un superhéroe-social, dijo que nunca había leído a Dick, aunque su Synco es un ejercicio totalmente dickiano: imaginar esa otra realidad histórica social de Chile (en la cual nunca sucedió el golpe de Estado).

Autoras como Liliana Colanzi y la española Laura Fernández han publicado cuentos y novelas igualmente cercanos al espíritu de Dick. Ambas tienen momentos en sus libros en que la realidad parece doblarse. Aparecen cortocircuitos que ayudan a dudar de nuestra existencia.

La obra de Dick es tan inabarcable e intimidante como su persona. Aun así, vale sumergirse en esta. Eso parece decirnos Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos.

Y una cosa más: el hecho de que este libro salga por Anagrama, pináculo de la literatura seria y europeizada y la cual rara vez publica ciencia ficción, no deja de ser menor.

Como dice el mismo Carrère: “Dick ya es mainstream. Este libro es una prueba de aquello”.

A lo cual, claro, habría que agregarle: “Emmanuel Carrère ya es mainstream. Y su libro sobre Philip K. Dick es una prueba de aquello”.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo