Culto
El pozo macabro de Luis Jorge Boone

El pozo macabro de Luis Jorge Boone

Con paso seguro, Boone va juntando las historias del niño con la de los hombres de “manos santas” y las voces de las víctimas.

Un pozo puede convertirse en símbolo de muchas cosas. En el cuento “El pozo”, del boliviano Augusto Céspedes, es la búsqueda de agua para paliar la sed desesperada de los combatientes, pero también de la inutilidad de la guerra; en la nouvelle del mismo nombre de Juan Carlos Onetti, remite a la alienación, a la degradación espiritual del protagonista asediado por la culpa. En Toda la soledad del centro de la tierra (Alfaguara, 2019), del mexicano Luis Jorge Boone (1977), el pozo se resignifica una vez más y ahora es un poderoso símbolo del horror de la violencia, uno de los más potentes que ha dado la narrativa mexicana contemporánea. Una función de la literatura es la de condensar en una imagen o un relato la verdad sedimentada de las relaciones sociales; en esta novela escrita con un gran oído poético, el aporte de Boone es significativo.

La novela tiene dos niveles: por un lado, está la narración en primera persona del niño que un día sale de un pueblo del norte de México y se echa a caminar al lado de la carretera en busca de sus padres; aprendemos de su infancia junto a sus trece primos, con la presencia imponente de la abuela Librada.

El niño está orgulloso por su capacidad para esconderse sin que lo descubran; una vez se mete en un ropero, se duerme, y despierta asustado: “eso de que abres los ojos, venido de la nada, y lo que esperas es ver la luz y te topas otra vez… es como si te cayeras, como si te hubieras ido por un pozo muy hondo…”. Boone va armando así la cadena de resonancias simbólicas: después la abuela contará la historia del “pozo sin fondo en medio del desierto”, en un lugar cambiante pero siempre el mismo, “dentro de una casa que en realidad era solo un cuarto grande, con ventanas altas, con los vidrios todos rotos de las pedradas miedosas de la gente vecina”.

En el otro nivel, que alterna con el del niño, Boone ingresa a la dimensión alegórica del relato para hablarnos de esos hombres violentos que son los responsables de los abusos en toda la región: “venían,/ agarraban a unos/ y a otros,/ los trepaban/ y nadie los volvía a ver…” Se precisa lo que hacen: “Por sus manos santas pasaba/ merca y lana…”.

De tanta violencia, el pueblo se va quedando sin habitantes, pero la gente, más que rebelarse, se acostumbra, sin saber que ese es solo el principio: la violencia con objetivos precisos dará lugar a una que es un fin nihilista en sí mismo: “Parecía que era por puro gusto, por no dejar,/ por desencadenar y todas las desgracias y traer/ a los hombres y las mujeres los castigos que los/ esperaban en el infierno”. El pozo que llega al centro de la tierra es el lugar adonde van a parar las víctimas.

A veces la voz coral subraya lo que el relato ya dice implícitamente y con mucha fuerza: “¿Qué perdimos cuando perdimos los ojos y la/ lengua? Humanidad”. Ese es un detalle menor en una novela con hallazgos de lenguaje en cada página: “Cuando la tarde se cierra, de la luz sólo queda una cinta que se aprieta cada vez más contra el horizonte, ilumina las montañas desde el otro lado del mundo”. Con paso seguro, Boone va juntando las historias del niño con la de los hombres de “manos santas” y las voces de las víctimas, “lejos, en un lugar donde no podemos alcanzarlos”, apuntándose en el camino digresiones maravillosas como la de la niña de vestido verde -en la que el pueblo remite y actualiza a la espectral Luvina de Rulfo- y la de doña Susana y sus esfuerzos denodados por lavar un charco de sangre que un día aparece en la entrada de su casa. Todo el horror y el miedo del presente confluyen en un pozo macabro.

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