Culto
Una bomba atómica en el corazón de la literatura: la historia de Rayuela, según Cortázar

Una bomba atómica en el corazón de la literatura: la historia de Rayuela, según Cortázar

Rayuela, un libro que es muchos libros, narra los días de Horacio Oliveira, su protagonista, y se convirtió en una de las obras centrales del boom latinoamericano.

Mientras Dallas iluminaba la última mañana de John F. Kennedy y Latinoamérica miraba con curiosidad las ideas planteadas por el socialismo, el mundo editorial se revolucionaba con un libro que lo cuestionaba todo, desde la manera de producir literatura hasta el propio lenguaje.

“De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura”, dijo su autor, el argentino Julio Cortázar, sobre Rayuela, un libro que es muchos libros, pero sobre todo dos, según los entendidos.

La novela,​ una de las primeras obras surrealistas de la literatura latinoamericana, fue escrita en París y publicada por primera vez el 28 de junio de 1963 por la editorial Sudamericana.

Sobre su origen, distintas cartas escritas de puño y letra de Cortázar dan cuenta de la ambición y el alcance del proyecto.

“Terminé una larga novela que se llama Los premios, y que espero leerán ustedes un día”, escribió Cortázar en una misiva dirigida a su amigo, el escritor y lingüista Jean Bernabé, en diciembre de 1958.

“Quiero escribir otra, más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por una novela, sino una especie de resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”, añade en la carta.

Según Cortázar: “la verdad, la triste o hermosa verdad es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco, tal como se lo practica en estos tiempos”.

“Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”, dirá el argentino en otra correspondencia dirigida al mismo Bernabé y recopilada por el Ministerio de Educación argentino.

Para agosto de 1960, tres años antes de la publicación de Rayuela, Cortázar le escribió a otro destinatario, el editor Paco Porrúa, sobre su aún inminente obra maestra.

“Ignoro cómo y cuándo lo terminaré, hay cerca de cuatrocientas páginas que abarcan pedazos del fin, del principio y del medio del libro, pero quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que escribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor palabra (a menos que ‘baúl de turco’). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relectura y dudo que me atreva a mostrarlo a alguien; y otras veces tan puro, tan poco literario. Qué sé yo lo que va a salir”, dice allí.

El tono del autor cambiaría con Rayuela ya a punto de ser finalizada. En una carta dirigida al poeta Paul Blackburn, fechada el 15 de mayo de 1962, Cortázar asegura a modo de presagio: “casi he terminado. Como una especie de libro infinito (en el sentido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor separarme brutalmente de él. Lo leeré una vez y enviaré el condenado artefacto al editor. Si te interesa saber qué pienso de este libro, te diré con mi habitual modestia que será una bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana”.

Las andanzas de Oliveira y “La Maga” provocaron un antes y un después en generaciones de lectores, convirtiendo a Rayuela en el mayor éxito editorial de Cortázar y en un clásico de la literatura en lengua española.

En entrevista con Manuel Antin, el hombre tras Historias de cronopios y de famas contó el nombre y el trasfondo que tenía pensado originalmente para Rayuela: “¿Querés una anécdota? Rayuela no se iba a llamar así. Se iba a llamar ‘Mandala’. Hasta casi terminado el libro, para mí se seguía llamando así. De golpe comprendí que no hay derecho a exigirle a los lectores que conozcan el esoterismo búdico o tibetano. Y a la vez me di cuenta de que ‘Rayuela’, título modesto y que cualquiera entiende en Argentina, era lo mismo; porque una rayuela es un mandala desacralizado. No me arrepiento del cambio”.

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