Culto
Viña no envejece a los 60

Viña no envejece a los 60

El festival que empezó en 1960 es único en el mundo: iniciado con sillas de madera en la Quinta Vergara, hasta hoy se alza como un fenómeno social que interesa a gran parte del país, pese a los profundos cambios en las ofertas de entretención y en la propia sociedad chilena. ¿Por qué nunca ha logrado esfumarse de la memoria colectiva y sigue sobreviviendo con éxito? Aquí algunas respuestas.

Afuera lo conocen, pero a veces les cuesta trabajo comprenderlo. “Al Festival de Viña le pesan los años usando las mismas fórmulas, pero en la industria del espectáculo nadie quiere cambiarlas porque son exitosas”, comentaba un corresponsal del diario español El País hace una década, intrigado por la dinámica del llamado “monstruo”, la pareja de animadores, los humoristas “y una competición sui generis de siliconas y diminutos bikinis”. Algo similar a lo expuesto por un artículo de la BBC británica, que tras el show de Roberto Carlos en Viña 2011, se preguntaba cómo el evento sobrevive en la era de “YouTube y el acceso inmediato a la música sin el monopolio de la figura de un festival”.

Lo que algunos visitantes extranjeros ven como incomprensible o pintoresco, en Chile -y parte del público latino- sigue siendo una tradición casi ineludible y una marca que, pese a los cambios, todavía funciona, interesa y rentabiliza. En medio de la crisis de la televisión local, con una oferta cada vez más amplia de conciertos y plataformas de entretención, y en una sociedad que ha cambiado drásticamente en las últimas décadas (en los 70 y 80, la cita era casi el único vínculo de Chile con el mundo), el certamen que el próximo lunes 25 inicia su edición número 60 se las arregla para seguir agotando entradas, aún entrega postales de fanatismo colectivo y todavía concita la atención de los televidentes, que le dan al espectáculo las cifras de rating más altas del año. Una instancia que está lejos de ser sólo televisiva y artística; también es un asunto de comunión social. En la semana en que se desarrolla, prácticamente es el tema más comentado de la agenda noticiosa. Un dinosaurio que está lejos de extinguirse.

Por algo Canal 13 y TVN, dos canales con problemas financieros, se adjudicaron junto al gigante Fox los próximos cuatro años de la cita con una oferta de 9.038.656 UF ($ 243 mil 744 millones de pesos).

Nuestro carnaval

“El Festival de Viña se está transformando en el último gran hito masivo de la televisión abierta”, sentencia el escritor y columnista de La Tercera Oscar Contardo. “Sigue respondiendo a una lógica de ritual televisivo, de generar temas de conversación y de establecer un simulacro de industria local de las celebridades. La única gran industria del entretenimiento en Chile ha sido la televisión y el Festival congrega eso”.

Su vínculo con la TV -y el rol unificador que en Chile se le ha dado a ésta, según Contardo- explican en parte la supervivencia del certamen. Nacido en 1960, Viña estuvo en un comienzo ligado a la radiofonía y fue fruto del modelo de “Festival de la canción”, del que hoy, junto a San Remo (Italia), son sus únicos exponentes activos, al menos en el formato televisado. En el camino quedaron otros eventos similares, como el Festival de Benidorm.

“Naturalmente hoy son otros los espacios para conocer nuevas canciones. No son los festivales, como en los años 60. En ese sentido, que se mantengan las competencias en el Festival es un poco simbólico”, señala el musicólogo Juan Pablo González, quien ve en el evento viñamarino el tipo de carnaval masivo sudamericano del que Chile -al menos en la zona central- carece. “Siendo un país más estructurado, organizamos la lógica del carnaval en el Festival. Y no sólo en Viña, porque Chile entero es un país festivalero”, explica.

Prueba de lo anterior son los cuatro festivales que actualmente emite la televisión chilena (Viña, Olmué, Talca y Las Condes), todos con buenos resultados de sintonía y bajo el modelo viñamarino: una pareja de animadores y un inicio con show musical, seguido de un humorista, para finalizar con uno o dos grupos o solistas. Una fórmula casi inédita en el mundo y que comienza a tomar cuerpo en los 70, cuando Televisión Nacional expande la cita a todo el territorio y con noches en la Quinta Vergara que se volvieron más intensas e impredecibles, en medio de un clima de tensión política.

En esa experiencia colectiva y en directo, rasguñando el morbo y el nervio, es donde hasta hoy radica gran parte de su atractivo. Una suerte de fantasía que sitúa al espectáculo como una cita aún propietaria de instancias casi telúricas, como grandes pifiaderas, prédicas políticas en un formato tan esquematizado como la TV o arranques fuera de libreto.

“Viña nos encanta a los chilenos porque es un fenómeno en el que sabemos que estamos todos comunicados en ese momento viendo la tele”, asegura José Alfredo Fuentes, quien aún conserva las Antorchas y Gaviotas de sus tres pasos por el evento. “Sabemos que lo que estoy viendo yo lo está viendo también mi vecina, mi amigo, entonces nos sentimos como en la Teletón. Estamos viendo al país y obviamente nos interesa lo que pase”.

“Desde muy chico vi al Festival como algo excepcional. Un lugar donde llegaban estrellas y siempre pasaban cosas; desde la leyenda de Julio Iglesias y el estreno de Mediterráneo de Serrat hasta lo que pasó con Miriam Makeba (la cantante sudafricana abucheada por vitorear a Allende en 1972)”, recuerda el psiquiatra Marco Antonio de la Parra. “Era muy fácil que se instalara esta fiesta musical en el verano, siempre con el sueño de que fuera internacional, que nos sacara del fin del mundo”, añade el también dramaturgo, quien cree que Viña sobrevive, además, como rito que marca el fin del verano en el país.

Impronta histórica

La llegada de los grandes megaeventos y festivales a Chile, a partir de los años 90, tampoco han logrado extinguir el modelo viñamarino. “Hoy día hay muchos espectáculos masivos, muchas giras, muchas presentaciones en el Movistar Arena, pero el Festival de Viña tiene algo identitario, de tradición”, señala Ricardo de la Fuente, director del certamen entre 2003 y 2008.

“Si bien partió como un concurso de canciones y se convirtió finalmente en una suma de recitales, eso no le quita mérito para ser la fiesta del verano de nuestro país, y la de mayor connotación a nivel social”, complementa Eduardo Ravani, director de la cita en siete ocasiones y responsable de su primera transmisión en colores, en 1978.

El hito tecnológico tuvo como protagonista a Fernando Ubiergo y el primer lugar que obtuvo con “El tiempo en las bastillas”. El cantautor considera que la tradición y la impronta histórica diferencian a Viña: “Uno no construye una historia como la del Festival de Viña, aunque haga un tremendo evento en el verano y meta 50 mil personas. La mayor parte de la gente que va allí fueron niños que nacieron viendo a grandes artistas que admiraban, o que admiraban sus padres. Eso no lo tienen ningún otro festival”.

Alimentarse de su propia historia parece ser parte importante del éxito de cada versión. A fin de mes, por ejemplo, Raphael celebrará seis décadas de carrera en el aniversario 60 de Viña, y Backstreet Boys, la boyband que no vive precisamente el peak de su popularidad, volverá tras 20 años a una Quinta Vergara que agotó sus entradas para esa noche en sólo dos horas. “Si bien ahora es mucho más amplio el abanico de popularidades, cuando hay olfato en Viña es capaz de rescatar el gusto de toda una generación”, asegura Contardo.

El comediante Fabrizio Copano, quien triunfó en la edición 2017 del certamen y registró un documental sobre aquella experiencia (titulado Monstruo), cree que parte de la mística del evento radica en que no deja indiferente a casi nadie. “Es la historia de todos en Chile. Parte de la cultura del Festival es decir ‘este es el peor de todos’, encontrarlo malo y luego comentarlo y verlo. Es parte de la magia del Festival. Esa idea de una nostalgia que uno no sabe cuando empieza”.