Culto
Festival de Viña: la nostalgia de la ruina

Festival de Viña: la nostalgia de la ruina

Ver el Festival es mirar esos fantasmas detrás de la pantalla al modo del conjuro inesperado de una magia familiar hecha de los ecos de canciones perdidas y los brillos de luces que solo existen como un error de la cámara o formas de la fascinación, acaso como epifanías en la memoria.

Para entender la atracción que Viña nos provoca hay que remitirse, por ejemplo, al último de los grandes momentos que tuvo: el show de Mon Laferte. La artista, que alguna vez estuvo en Rojo, arrasó a tal nivel en la Quinta Vergara que por un rato larguísimo la gente siguió llamándola a gritos para que volviese. Era un sábado, el último día de la versión 2017 y, por supuesto, nada podía salir bien. Mientras el público esperaba que volviese, el jurado premió a una cantante cubana que había quedado fuera de la competencia internacional, la que al recibir el galardón, terminó hablando del Apocalipsis. Nadie escuchó nada, pero quizás eso resumía lo que era el Festival pues tras aquel sinsentido estaba la fábula de Laferte, coronada como la reina secreta de la misma ciudad de la que había huido para probar suerte en la tele.

Supongo que eso tiene el Festival: la posibilidad que tras las interminables capas geológicas de telebasura sea posible percibir un arte capaz de conmover al espectador a pesar del morbo o, mejor dicho, gracias a él. Porque hay algo ahí abajo. Una esperanza, un destello, acaso la sospecha de una fragilidad que tras todo lo chabacano se encuentra lo verdadero. Pero también aquello convoca a la amenaza de la violencia de un circo romano (o más bien chileno), como si el éxito fuese solo la contracara del aspecto sacrificial de la Quinta Vergara, de ese “monstruo” que puede estallar en cualquier momento y arrasar con todo.

Son las ruinas de lo que alguna vez fue nuestro espectáculo. Ahora que casi acabaron los programas de farándula y los matinales promueven la estupidez y la ignorancia; ahora que importa más la Gala que se hace antes en el Casino que el show; esto es lo que queda del Festival de Viña. Puros restos de banalidad, de excesos impostados, de delirios pobres. Pero el evento sigue ahí. Da lo mismo el canal que lo transmita o quien lo anime, pues Francisco Saavedra, el único rostro verdaderamente popular capaz de renovar el lazo entre el espectáculo de la Quinta Vergara y las audiencias, no va a animar esta versión.

Pero también eso es quizás la excusa para ver el show. Buscamos en Viña algo agónico, una energía que aún se resiste a morir. Buscamos el esplendor y sus sobras, pues el Festival es la pirámide de todos los faraones muertos de la tele del pasado, el museo de una cultura del entretenimiento que ya no está. Hecha del azar de la transmisión en vivo, esa cultura también estaba fabricada con el ansia de que el espectáculo permitiese al público reconocerse en las actuaciones de los artistas invitados, en los detalles fútiles de las puestas en escena, en la trivia que sobrevive en el boca a boca de la memoria de los espectadores, resistiendo en la memoria popular como un ritual colectivo.

Ese ritual sigue ahí. La tele a veces es una máquina del tiempo o la mesa de una ceremonia espiritista, que nos permite ver una colección de siluetas de ectoplasma bailando detrás de las actuaciones del presente. Quizás de esos fantasmas está hecha la fascinación que provoca el Festival. Ahí está la razón de permanencia en la cultura popular: la locura, la estupidez, el rugido del monstruo, los centenares de artistas olvidados de la competencia, el piso lleno de las lágrimas de los humoristas, los gritos de las fanáticas y fanáticos, los milagros inesperados y las caídas estrepitosas. Ver el Festival es mirar esos fantasmas detrás de la pantalla al modo del conjuro inesperado de una magia familiar hecha de los ecos de canciones perdidas y los brillos de luces que solo existen como un error de la cámara o formas de la fascinación, acaso como epifanías en la memoria.

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