Culto
El país donde florece el limonero: locura cítrica

El país donde florece el limonero: locura cítrica

La jardinera Helena Attlee ofrece un hermoso y fascinante relato a partir de sus viajes por Italia en búsqueda de los cítricos más notables del mundo.

Como cualquier tema abordado con la especificidad engañosa que hoy en día se utiliza para articular “la historia” de lo que sea, los cítricos darían de sobra para un extenso y pesado volumen, de corte y apariencia cientificoides, que dejaría muy satisfecho al lector que ande tras la acumulación de datos para compartir en alguna sobremesa. El país donde florece el limonero (2019, El Acantilado), de la jardinera inglesa Helena Attlee, cumple en buena medida con los parámetros conocidos de este género que desde hace un par de décadas está de moda en el mundo anglosajón, aunque con una salvedad importante: en su “historia de Italia y sus cítricos”, la autora rompe la cáscara de lo específico y consigue transmitir sensaciones agradables, partiendo por el aroma del azahar, la flor insuperable de todo cítrico.

Las naranjas, los limones y las cidras tienen en Italia una importancia histórica que Attlee aborda con el debido rigor, pero el suyo es un libro de viajes tras los cítricos más preciados o peculiares del país. Cada plantación, cada huerto, cada invernadero cuenta evidentemente con un pasado, y Attlee, que no oculta su fascinación por los paseantes de antaño, comparte sus hallazgos sin la condescendencia típica del experto o del monomaníaco. Al momento de comunicar datos cruciales, por lo general desconocidos, la narradora opta por un conciso tono enciclopédico, pues lo de ella, como ya dije, va por otras ramas.

“Originalmente, los cítricos componían un clan muy compacto, un género pequeño y muy aislado compuesto únicamente de la mandarina (Citrus reticulata), originaria de China, el pomelo (Citrus máxima), que crecía en Malasia y el archipiélago Malayo, y la cidra (Citrus medica), que crecía en las laderas del Himalaya, al norte de la India”. Parte de la magia de estas plantas es que, pese a ser de diferentes especies, pueden fecundarse por polinización cruzada. Así, las naranjas son híbridos de mandarina y pomelo, y el limón es un híbrido de cidra y naranja amarga. Y, claro, los cruces más fascinantes vienen ocurriendo desde hace siglos en Italia.

Attlee detiene con provecho la mirada en el pasado, y es ahí cuando el lector se entera de las lujosas colecciones cítricas de los Médici, de las fabulosas pinturas que inspirado en ellas realizó Bartolomeo Bimbi, de las figuras en yeso y cera de toda clase de cítricos que causaron furor en el Renacimiento, y de aquel libro ejemplar de ilustraciones botánicas titulado Hespérides, de Giovanni Battista Ferrari. Y cuando aborda el presente, los contrastes entre belleza natural y catadura humana suelen ser vistosos, como la injerencia de la mafia en el comercio de los más fragantes limones sicilianos o las peculiaridades únicas de ciertos suelos de Calabria, en donde un “escarpado y hermoso paisaje, asediado por condiciones meteorológicas extremas y ensombrecido por la corrupción política, alberga el cítrico más valioso del mundo”, la bergamota, un limonero cuyo aceite es clave en la industria de la perfumería.

El tema de los sabores, fundamental en una obra que trata de comestibles, viene a ser otro de los placeres de esta lectura. Attlee, golosa y apreciadora del buen yantar, repara con similar deleite en el pastel de tortuga del famoso Bartolomeo Scappi, cocinero privado del papa Pío V, en las mermeladas de San Giuliano, un campo de cítricos orgánicos al este de Sicilia, o en unos tagliolini con salsa de naranja y limón que probó por primera vez en Settignano, cuya receta es muy recomendable y bastante fácil de seguir.

Sobre el autor: