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Suspiria: del horror clásico al cine arte

Suspiria: del horror clásico al cine arte

Mañana se estrena en Chile el remake que Luca Guadagnino realizó de la cinta de culto de Dario Argento de 1977. El director de la premiada Llámame por tu nombre, transformó una historia de brujas en un filme de suspenso y de resonancias políticas que dividió a la crítica.

Octubre de 1977. Berlín Oeste. La ciudad está en llamas, el grupo radical Facción del Ejército Rojo ya mató frente a su casa a Jürgen Ponto, presidente del Dresdner Bank, y mantiene secuestrado hace un mes a Hanns Martin Schleyer, un exoficial nazi que ahora es presidente de la Asociación Alemana de Industriales. Está claro que parte de la juventud alemana siente culpa por el pasado hitleriano de su país y que harán pagar caro a la generación que los precede. Schleyer, por ejemplo, será liquidado el 18 de octubre.

A esa olla hirviendo de la política alemana llega la aparentemente ingenua Susie Bannion (Dakota Johnson), una estudiante de ballet estadounidense que viene del estado de Ohio. Para ser exactos, de una comunidad menonita de cristianos anabaptistas que viven al estilo y usanza de los campesinos del siglo XIX. Como los amish.

Este choque entre la muchacha transparente de la América profunda y los habitantes de una Europa cargada de traumas es la primera gran diferencia entre Suspiria (2018) del italiano Luca Guadagnino y su modelo, la Suspiria de 1977 de su compatriota Dario Argento. Desde mañana estará en las pantallas chilenas el remake de Guadagnino, realizador de la elogiada Llámame por tu nombre (2017), ganadora el año pasado del Oscar a Mejor guión adaptado y nominada a otros tres.

Estrenada en el Festival de Venecia 2018, Suspiria es protagonizada por Dakota Johnson en el rol de Susie Bannion y Tilda Swinton en el triple personaje de Madame Blanc, Helena Marcos y el doctor Josef Klemperer. Se trata de personal conocido para el cineasta siciliano: a la actriz de Cincuenta sombras de Grey (2015) ya la había dirigido en A bigger splash (2015), mientras que Tilda Swinton es recurrente en cuatro de sus filmes, incluyendo I am love (2009) y el mencionado A bigger splash.

Como si no quisiera dejar ninguna duda de que esta Suspiria no tendría mucho que ver con el horror explícito y la narración simple de Dario Argento, Guadagnino también se aseguró de tener un guionista de confianza: le pidió los servicios al estadounidense David Kajganich, que había escrito A bigger splash y que, como la protagonista de la nueva Suspiria, nació en Ohio.

Fue, entonces, un trabajo en familia que transformó una sugestiva historia de terror en una escuela de ballet en Friburgo (sur de Alemania), en un drama de suspenso con resonancias políticas en Berlín. El año en que se desarrolla la trama es 1977, el mismo del estreno de la cinta de Argento. Como se dijo antes, fue un período rabioso, durante el llamado “otoño alemán”, que además incluyó el secuestro de un avión Lufthansa por parte de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) a cambio de la liberación de militantes alemanes de extrema izquierda.

El poder femenino

La historia central de Suspiria sigue manteniéndose en pie: una muchacha llega a una prestigiosa academia de ballet en Alemania que es secretamente manejada por una comunidad de brujas. En este orden de cosas, Madame Blanc (Tilda Swinton) es una suerte de abeja reina de la cofradía. Más temprano que tarde se sucederán inexplicables e inquietantes hechos de sangre en la escuela. E, intrigantemente, Susie (Dakota Johnson) se entera de que una tal Helena Marcos (decrépita viejecilla encarnada también por Swinton), es una bruja milenaria que busca ocupar su saludable cuerpo para entrar en contacto con el mundo de hoy.

Las cosas empiezan a cambiar en relación a la versión de Argento cuando aparece el personaje del doctor Klemperer, cuya esposa desapareció a manos de los nazis. Además, el ballet tiene acá mucha mayor importancia que en el filme del 77, donde la danza era sólo parte del decorado narrativo. Si a todo esto se le suman las implicancias políticas, la cinta adquiere un tono “cultural” y “social” que el gráfico y efectivo trabajo de Argento nunca buscó. Por lo demás, si la Suspiria de Guadagnino es todo tonos azules, grises y otoñales, la de 1977 eran rojos, amarillos y ocres.

A pesar de las diferencias, Guadagnino ha dicho una y otra vez que es una admirador de su compatriota y que la original Suspiria tuvo un impacto definitivo en su vida. Eso sí, para él las brujas tienen otro significado. Más bien le simpatizan. “Un aquelarre de brujas viene del concepto de solidaridad”, dijo a The Hollywood Reporter en agosto pasado. “Históricamente esa comunidad viene de la idea de la toma de poder de las mujeres. Sin embargo ese concepto fue desvirtuado por la religión y la historia oficial, asignándole a estas mujeres un pacto con el demonio”.

Lejos de las intenciones histórico-sociológicas del realizador, el filme ha tenido un efecto concreto a nivel de críticas. En general, esta nueva Suspiria polarizó las opiniones, sin puntos medios. En Variety, Owen Gleiberman dijo que la película “había sido hecha con la suficiente habilidad como para entrar en tu cerebro”; pero Peter Bradshaw, en The Guardian, sostuvo “aunque Luca Guadagnino es un director inteligente, esta siempre será una película sin pasión”.

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