Culto
Población flotante: calvario a bordo de un TurBus

Población flotante: calvario a bordo de un TurBus

La novela arriesga bastante en el tipo de estructura que propone, pero los atributos que la convierte en una de las mejores lecturas de la temporada son precisamente la osadía en la forma y la efectividad general conseguida.

La tercera novela de Carlos Araya, Población flotante, transcurre de principio a fin al interior de un bus que hace el recorrido Santiago-Arica. Disponiendo sólo de esta información, más de alguien podría pensar que se trata de una narración opresiva, ahogante, incluso un poco fétida. Pero la verdad es que Araya ofrece un gran relato -vívido, original y lleno de aire-, ello a partir de la ingeniosa descomposición de sus partes (pasajeros y autobús incluidos). La técnica consiste en detenerse brevemente en los distintos personajes que ocupan los asientos del bus de dos pisos, refiriéndose a ellos según la posición que les corresponde: ventana o pasillo. Los únicos que cuentan con una identidad formal definida desde el comienzo son el chofer y el asistente (Milton Trejo y Enzo Aguirre). Los demás viajeros van armándose a medida que la máquina avanza bajo una tormenta de padre y señor mío.

Un fugitivo urgido por dinero, un anarquista que planea volar por los aires la Segunda Comisaría de Copiapó, una esposa que aparentemente huye de su vida familiar, un carterista atrapado in fraganti, una casual ladrona de identidad, un fetichista, una madre suicida con su guagua al pecho, un buscador del improbable tesoro hundido de Francis Drake, al menos cuatro inmigrantes; éstos son algunos de los personajes que Araya disecciona intercaladamente con prolijidad, a través de una prosa certera y cómplice que administra sucesivas dosis de misterio, oscuridad, humor, desencanto y también esperanza: varios de los pasajeros se dirigen a sus destinos con el propósito de encontrar allá una mejor vida; ningún ocupante del TurBus 3172 viaja al norte de paseo.

Considerando los rasgos de los personajes recién aludidos, es legítimo preguntarse si acaso el truco de Araya no consistió en simplemente reunir a una banda de seres estrafalarios y darles cuerda a lo largo del trayecto, algo que por cierto disminuiría el valor total de la novela. La respuesta es categóricamente negativa, pues el talento en ir dosificando gota a gota los quiebres biográficos de los diferentes “pasillo” o “ventana”, más la profundidad alcanzada para tal efecto en pocas palabras, le otorgan a la narración un aire de realismo innato que sí se torna sofocante y perturbador una vez que el bus literalmente comienza a hacer agua. Un joven predicador de la Plaza de Armas, corrompido a más no poder física y mentalmente, se refiere así al incidente: “El agua que va de un lado a otro en esta puta máquina entra en mis zapatos y me moja los calcetines. Pero Dios no me abandona nunca; hoy va sentado en este bus”.

Las trifulcas que se desatan entre los pasajeros son un espejo muy atinado de lo que ocurre fuera del bus: la tormenta ha producido sucesivos aludes en el camino y avanzar por la carretera pasa a ser un calvario en tales condiciones. Y cuando lo peor está por suceder, o así al menos lo supone el lector una vez que la máquina queda empantanada en mitad del páramo, cierto extremista opta por una solución digna de las novelas de John le Carré: “Subo al techo del bus y sigo el protocolo de seguridad. Pongo los 64 gigabytes de memoria en mi lengua y trago. Siento como la textura digital de mis secretos recorre el revestimiento interno de mi cuerpo”.

Población flotante es una novela que arriesga bastante en el tipo de estructura que propone, pero los atributos que la convierte en una de las mejores lecturas de la temporada son precisamente la osadía en la forma y la efectividad general conseguida.


 

Población flotante
Carlos Araya Díaz
Emecé
196 páginas

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