Culto
Primus: paga lo que debes

Primus: paga lo que debes

El trío de San Francisco se sacudió la modorra de los devaneos y los pasajes estirados que parecían buscar notas por instinto y ahondar en ritmos cansinos mermando el impacto de sus composiciones intrincadas y salpicadas de funk, metal y jazz con trazos rítmicos del medio oeste.

Ni teloneando ni en festivales, tampoco el paso en el teatro municipal de Santiago hace un par de años con shows superiores a esas desilusionantes primeras visitas. Al fin el jueves en un teatro Coliseo casi a tope y convertido en caldera por la calurosa noche de verano, Primus brindó el concierto soñado, el que su fanaticada local ansiaba ver en los 90 cuando escribían capítulo aparte en el rock alternativo, miembros de una elite con lazos en instituciones fundamentales como Faith No More, Metallica y Rush haciendo gala de un virtuosismo dispuesto con sentido del humor de caricatura, cuotas de absurdo e imaginería psicotrópica.

El trío de San Francisco se sacudió la modorra de los devaneos y los pasajes estirados que parecían buscar notas por instinto y ahondar en ritmos cansinos mermando el impacto de sus composiciones intrincadas y salpicadas de funk, metal y jazz con trazos rítmicos del medio oeste. Hay unas cuantas canciones de Primus que parecen seguir el ritmo de un galope.

Con un set dividido por un intermedio tal como hicieron en 2017 y repitiendo la gran mayoría de los videos de aquella vez, secuencias reiterativas y algo desquiciadas, anzuelo visual que marida perfecto con la naturaleza del trío, Les Claypool al bajo, Larry LaLonde en guitarra y Tim Alexander en batería -la alineación clásica- seleccionaron lo mejor de sus primeros cuatro álbumes, una seguidilla de títulos prácticamente redondos desde Frizzle fry (1990) hasta Tales from the punchbowl (1995). Del nuevo título The Desaturating seven (2017), basado en un cuento infantil adaptado con toque siniestro, solo interpretaron “The Seven” y “The Storm”, piezas a la altura de sus mejores años que retoman el tono muscular.

FOTOS: VICENTE LOPEZ / LA TERCERA

Envalentonados por la audiencia mayoritariamente masculina que se entregó apenas comenzó el ulular de sirena proveniente de la guitarra introductoria de LaLonde para “Those damned blue-collar tweekers”, Primus tocó con creciente energía algunas de sus mejores composiciones como Too many puppies acompañada de imágenes de ejércitos en batalla empalmada con “Sgt Baker”; “Groundhog’s day” y su fenomenal remate a doble pedal, la lisergia matemática de “Jilly’s on smack” y el cierre del primer set con una contundente versión de “Harold of the rocks”.

La segunda parte siguió el mismo destino, sólo clásicos como “Here come the bastards”, “Wynona’s big brown beaver”, “Welcome to this world”, “My name is Mud” y “Jerry was a race car driver”. El bis lo dejaron para “Southbound pachyderm”, con las hipnóticas imágenes de un elefante rebotando en una cama elástica.

Les Claypool montó el show completo con sus pasos característicos mientras camina en círculos tocando el bajo como nadie más lo hace, usando su celebrada máscara de cerdo a la hora del contrabajo y el arco regalando acordes inmortales a la pasada como el riff de “Kashmir”. Tim Alexander también ofreció una precisa muestra en solitario de su maestría en la batería y LaLonde la espectacularidad de su sonido y los arreglos precisos para complementar a la voluptuosa base rítmica.

El público respondió enfervorizado y conectado a las acrobacias de la banda celebradas como goles. Aunque la audiencia del trío no se renueva la música los rejuvenece. Algunos surfearon sobre las cabezas como si se tratara de un viejo video de nación Alternativa en MTV mientras los saltos al unísono fueron permanentes. Por un par de horas el calendario regresó a los 90.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras