Culto
Parra y los rusos

Parra y los rusos

El autor de Poemas y antipoemas visitó dos veces la Unión Soviética. De esos viajes quedaron dos libros que registran, de distinta forma, aquella experiencia: un poemario titulado Canciones rusas y una antología de poesía rusa contemporánea que el mismo Parra tradujo.

Fue sobre todo el segundo viaje el que lo impactó.

Nicanor Parra había pisado tierra soviética por primera vez en 1958, en medio de una gira que lo llevó a presentarse por distintas ciudades europeas; una de ellas, Moscú. De ese primer viaje no hay mayores registros, pero de su regreso, a mediados de 1963, sí: varias amistades, varios proyectos, un libro de poemas —Canciones rusas—, una antología de poesía rusa contemporánea, y una suma de experiencias que lo remecerían en muchos sentidos.

Estuvo cerca de seis meses en la Unión Soviética, invitado por la Sociedad de Escritores a través de la poeta rusa Margarita Aliguer, amiga de Nicanor, quien gestionó el viaje. Seis meses recorriendo distintas ciudades, descubriendo un mundo de palabras ininteligibles, de días nevados, de gestos rotundos.

En ese entonces, Nicanor Parra ya era Nicanor Parra. Aún no había ganado el Premio Nacional de Literatura, pero ya había publicado Poemas y antipoemas, ya había pasado temporadas en Inglaterra y Estados Unidos, ya había sido padre, ya se había convertido en una figura de contrapeso para Neruda y un referente ineludible para las nuevas generaciones de poetas chilenos. Tiene, por aquellos días soviéticos, casi 50 años. Y eso —la edad, la vida, los libros, la realidad que lo impacta, que lo tuerce— inevitablemente le pasa la cuenta.

Pero no desaprovecha el viaje. Escribe, escribe los poemas que un par de años después publicará con el título Canciones rusas, recita en Moscú y en Leningrado, y lee, lee con devoción a Mayakovski, conoce a Anna Ajmátova —la visita en su casa, ella postrada en su cama lo recibe—, y luego se encierra 40 días en la Casa del Escritor en Yalta, Crimea, donde trabaja en el proyecto de una antología de poesía soviética rusa que le ha encargado la Sociedad de Escritores Soviéticos. Le han pedido que haga una antología de poetas contemporáneos y los traduzca. Parra no habla ni escribe con soltura en ruso, pero se entusiasma con el proyecto y sobre la base de una primera versión literal al castellano preparada por José Vento —y con la ayuda de dos asesores lingüísticos— traduce y afina los versos de treinta poetas rusos contemporáneos, con el fin de dar a conocer su trabajo en nuestro idioma.

El libro se publica en 1965, en la Editorial Progreso de Moscú.

Ahí están los poemas traducidos al español de algunos poetas imprescindibles de Rusia, como Mayakovski, Serguéi Esenin, Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva, junto a nombres de poetas que hoy, a los lectores hispanoamericanos, les pueden resultar casi completamente desconocidos, nombres que podrían ser heterónimos de Parra, en un juego borgeano que tendría todo el sentido del mundo. Pero no: son poetas reales. Al menos hacia ese lugar lleva la segunda edición que se hizo de esta antología y que se publicó en Chile, en 1972, en Ediciones Nueva Universidad, de la Vicerrectoría de Comunicaciones de la Universidad Católica, la misma editorial que ese mismo año publicaría los Artefactos de Parra.

La idea de la reedición de Poesía rusa contemporánea era que esta vez sí la antología circulara por Hispanoamérica para mostrar el trabajo de aquellos desconocidos poetas soviéticos. En esta edición, además, junto a los poemas se agregó una pequeña biografía de cada uno de los autores y, al lado de esas breves reseñas biográficas, la fotografía correspondiente. Ahí están esos jóvenes poetas rusos, ahí están sus versos traducidos al castellano en una versión parriana, como si fueran poemas de él, así como muchos años después El rey Lear sería una obra indudablemente parriana.

De hecho, esa segunda edición de la antología dice: Poesía rusa contemporánea, y arriba del título el nombre de Nicanor Parra. No se lo señala como antologador ni como traductor, sino que está ahí, como autor.

No es casualidad, de hecho, que la antología sea parte del primer tomo de las Obras completas & algo + (Galaxia Gutenberg), de Parra.

“En opinión de los pobres,
Somos ricos:
En nuestro país todos los sueños se cumplen,
Y —en general— uno recibe lo que necesita,
Pues nos han sido dadas las llaves de la abundancia.

En opinión de los ricos
Somos pobres,
Pero nuestras desdichas son cosas del pasado;
No comprenden que es una vida sin pobreza
La que hemos creado gloriosamente.

Nosotros
No somos ricos ni pobres:
Simplemente somos gente nueva.
¿A qué pegar etiquetas del pasado remoto
en nuestras solapas”.

El poema le pertenece a un tal Leonid Martínov, pero suena como si fuera de Nicanor Parra.

En esos 40 días que pasó trabajando en Yalta, Parra afinó también los poemas que compondrían Canciones rusas, un libro que publicó en 1967 y que sería recibido de forma poco elocuente. Poemas que recordaban en parte a los antipoemas, pero que en realidad planteaban una intimidad distinta, una mirada leve, una voz más pausada quizás. Canciones rusas funciona, de una u otra forma, como un diario de viaje, el registro de aquellos días soviéticos de Parra: ahí está la distancia, la extranjería, aquella sensación de soledad que recorre cada uno de sus versos:

“En resumidas cuentas
Sólo nos va quedando el mañana:
Yo levanto mi copa
Por ese día que no llega nunca
Pero que es lo único
De lo que realmente disponemos”.

Con esos versos, Parra cierra el poema que abre Canciones rusas, titulado ‘Último brindis’, y con estos empieza el poema que le sigue —’Regreso’—:

“La partida tenía que ser triste
Como toda partida verdadera:
Álamos, sauces, cordillera, todo
Parecía decirme no te vayas
Y sin embargo el regreso es más triste…”.

Esos versos los había recitado Nicanor Parra un año antes en la habitación de un hotel de Nueva York, la habitación donde dormía el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, en los días en que se realizó el Congreso del Pen Club. Ahí estaba invitado Nicanor Parra, y también Mario Vargas Llosa, quien lo oirá recitar atentamente, mientras beben en esa habitación a ya altas horas de la noche.

“Para Vargas Llosa, que lo conocía poco, esta lectura es una sorpresa”, iba a escribir tiempo después Rodríguez Monegal en un artículo que le dedicó a Parra en un Mundo Nuevo, la revista de la cual era director.

De esa temporada en la Unión Soviética, además de estos libros y algunas amistades, no habrían mayores registros. Pero sí un recuerdo, que los hombres a cargo de la edición de las obras completas de Parra —Niall Binns, Ignacio Echevarría y Adán Méndez— lograrían rescatar.

Hablando sobre ese último viaje, Parra les dijo: “Recuerdo una vez en la que, pasando por la Plaza Roja con Margarita Aliguer, vi un tumulto; pregunté a mi acompañante a qué se debía y me respondió: ‘Es que hoy se ha puesto a la venta el nuevo libro de Evgueni Evtushenko’. Ante cosas así yo tomaba nota y me decía que algo había que hacer, que algo se debía aprender de todo eso”.

Sobre el autor:

Diego Zúñiga |
Editor y escritor. Es autor de las novelas Camanchaca, Racimo, Soy de Católica y el libro de cuentos Niños Héroes.