Culto
Diablero: El Exorcista a la mexicana

Diablero: El Exorcista a la mexicana

Diablero no es una gran serie y está muy lejos de ser una obra de arte televisiva, pero es deliciosamente encantadora, tiene personajes muy bien escritos y es entretenida como sólo puede serlo un buen cuento diabólico.

Diablero (Netflix) no es el mejor estreno del mes, de hecho ni siquiera es una gran producción y a la hora de ponerle matemáticas al análisis, son mayores sus defectos que virtudes. Sin embargo, no pude dejar de verla, quizás porque es buena de bondad -a pesar del tema de su historia- y como en la vida misma, el corazón y los intestinos siempre terminan importando más que el cerebro. Le puse play al primer capítulo y me olvidé de todos los pendientes que tenía, incluido Roma. Verdad, Diablero es una pieza menor, que se asume como B en una autoconsciencia harto discutible que ojalá hubiese tenido la sobrevalorada La casa de papel: asumir desde el minuto diez que no debe tomarse en serio, sólo disfrutarse. Pero además es una serie con un tremendo amor por recuperar lo más chatarra de la cultura pop. Y eso, a la larga, es más relevante que una estructura perfecta, diálogos de academia y personajes que inspiran cuentas en Instagram. En las fallas está la grandeza y también la belleza de Diablero, que junto a la recién mencionada Roma, es quizás la mayor declaración de amor a Ciudad de México que puede hallarse hoy en el streaming.

Los “diableros” son una figura tradicional de la identidad mexicana. Mezcla de curanderos y espiritistas que se paseaban por los pueblos y ciudades combatiendo enfermedades mediante la expulsión de demonios; lo que la medicina no lograba lo conseguían ellos, nada de raro en una cultura tan apegada al inframundo como la azteca. Pues Diablero, la serie creada por Morena Films y basada en una novela de Francisco Haghenbeck, lleva a uno de estos personajes a la Ciudad de México del 2019, con redes sociales y conexión al universo a través de un clic. El resultado es un pastiche folclórico-cyberpunk-mexica con elementos de El Chapulín Colorado, Hombres de negro, Cazafantasmas, Constantine y Hellboy, pero sobre todo de la “mostrología”, esa muy interesante tradición de cine de terror mexicano de los años 50. Y el engendro funciona, porque hay cariño, oficio y ganas de contar una historia divertida y aterradora, como los buenos cuentos de infancia, que parten y terminan en el mito oral aunque ahora se monten con efectos especiales y animación por computadora.

Una mujer sobrevive a un extraño sacrificio y mientras agoniza en el hospital pronuncia el nombre de Ramiro Ventura (Christopher Von Uckerman), joven sacerdote que es la mano derecha y discípulo del Cardenal Morelo (Flavio Medina), un hombre que muchos auguran será el primer Papa mexicano. El padre Ventura acude a ver a la muchacha que resulta ser su novia de juventud, la que antes de morir le confiesa que tienen una hija de diez años y que esta ha sido secuestrada por una “secta narcosatánica”. Keta (Flavia Molina), una de las enfermeras, habla con el cura y le dice que ella conoce a alguien que puede ayudarlo, su hermano Elvis, que es un Diablero. Reticente en un inicio, Ventura se reúne con Elvis (Horacio García) y juntos comienzan a buscar a la hija perdida, que resulta estar en posesión de unas santeras que pretenden traer a México a antiguos demonios aztecas. Se desata así en el DF un apocalipsis de criaturas sobrenaturales que Ventura y Elvis enfrentan -en muy logradas secuencias de acción- con la ayuda de un variopinto equipo.

Reitero, Diablero no es una gran serie y está muy lejos de ser una obra de arte televisiva, pero es deliciosamente encantadora, tiene personajes muy bien escritos y es entretenida como sólo puede serlo un buen cuento diabólico. Y eso a la larga es más valioso que la última joya de HBO antecedida por mil galardones que entre tantos laureles se olvidan del arte sencillo de contar un buen cuento, cancha donde Diablero gana por goleada. Dele play y sólo disfrute, como cabro chico encantado y asustado.

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