Culto
La política del día a día

La política del día a día

Antes de morir, el crítico cultural estimaba que, como consecuencia del neoliberalismo, llevamos cerca de una década sin escuchar música realmente nueva y la industria discográfica se llenó de cantantes y bandas que ya no usan comillas para citar al pasado, porque ahora se asume de antemano que todo es una cita. A pesar del panorama, Mark Fisher tenía la convicción de que el realismo capitalista era reversible.

El lazo entre lo cotidiano y la política fue el principal interés de Mark Fisher, maestro a la hora de conectar cultura pop con teorías de alto calibre intelectual para explicar los devastadores efectos del capitalismo en la vida diaria de las personas. En la música, el cine y la tele, el crítico cultural británico encontraba reflejos del malestar social causado por el realismo capitalista, esa noción de que no existe otra alternativa posible al modelo dominante. Al hablar de capitalismo, lo compara con el alien de La cosa, de la película de John Carpenter, por su capacidad de absorber y metabolizar todo a su paso. Para graficarlo, indaga en las razones del suicidio de Kurt Cobain: “Sabía que solo era una parte del espectáculo, que nada se ve mejor en MTV que una protesta contra MTV. Sabía que cada movimiento suyo sería un cliché y sabía que incluso darse cuenta de eso era un cliché”.

Desde el pozo negro de su depresión, lamentaba que la salud mental fuese un tema despolitizado que se aborda como un problema individual, cuando debería ser asumido como un asunto totalmente político, es decir, un problema con causas colectivas de orden económico y social que requiere soluciones de iguales características. Para Fisher, la precariedad financiera, así como las frustraciones que provocan fantasías capitalistas como la meritocracia, son tan determinantes en una depresión como las causas químicas. En su diagnóstico: “La depresión es el lado oscuro de la cultura del emprendimiento”. Con agudeza, señala que a las élites les conviene que las personas se sigan echando la culpa por sus problemas de salud mental. Que los vean de otra forma, como un desafío de todos, significaría redistribuir riquezas y disminuir sus cuantiosas ganancias.

El daño moral causado por el capitalismo se traduce en una cultura pop marcada por la resignación. Los textos de Fisher plantean que, de forma progresiva, los artistas han ido perdiendo su capacidad de imaginar futuros radicalmente distintos y de crear nuevas potencias a través de la negación de lo existente. El autor estaba seguro de que la batalla del britpop entre Blur y Oasis no era más que el enfrentamiento de mediocres estereotipos de clase (estudiantes versus hooligans) perpetuados por bandas retro cuya música confortaba a las audiencias evocando recuerdos de mayor estabilidad social. La verdadera lucha, afirma, se libraba entre la nostalgia britpopera y el futurismo encarnado por músicos como Tricky. En su opinión, la sensación de narrativa histórica y avance temporal se debilitó desde aquel entonces: “En 1995, los sesenta estaban más cerca que en 1980”.

Fisher estimaba que, como una consecuencia del neoliberalismo, llevamos cerca de una década sin escuchar música realmente nueva y la industria discográfica se llenó de cantantes y bandas que ya no usan comillas para citar al pasado, porque ahora se asume de antemano que todo es una cita. Creía que los últimos en darle batalla al realismo capitalista fueron los punks, pero que ahora en la escena indie británica, en la que acusaba una preocupante dominación de clase de parte de la burguesía, la resistencia sería cada vez más débil. Asimismo, la música mainstream contemporánea le parecía triste y desesperada, con sus principales artistas, Drake y Kanye West, en calidad de símbolos de lo que pasa cuando hay tanto dinero que ya no queda nada por comprar: ambos circulan mórbidamente en sus canciones entre el hedonismo y la depresión sin poder salir de ahí.

Los que sí imaginan un futuro, como el productor electrónico Burial, con el que mantenía un vínculo de mutua influencia, lo hacen según su punto de vista en calidad de duelo, de forma hauntológica, es decir, acechada por los fantasmas de futuros cancelados por el capitalismo realista. En esa nostalgia por un porvenir fuera de todo alcance, Fisher identificaba una diminuta salida del estancamiento habitual. Su lado esperanzado y optimista, si cabe llamarlo así, siempre salía a flote al abordar el poder disruptivo de la cultura pop, suficientemente poderosa como para causar grietas en el realismo capitalista a través de obras de H.P. Lovecraft, Joy Division o Stanley Kubrick, de las que destilaba reveladoras abstracciones. Por cierto, Fisher fue fundamental en el desarrollo del concepto de hiperstición, es decir, un elemento de la ficción que se abre paso dentro de la realidad factible.

A pesar del panorama, al que describe como un terreno baldío ideológico bajo el dominio por defecto del neoliberalismo, Fisher tenía la convicción de que el realismo capitalista era reversible. Si bien le concedía el triunfo de lograr que las personas perdieran su conciencia social, al dejar de identificarse como trabajadoras, estaba seguro de que valía la pena apostar por la confraternidad de clase. Se trataba de un anhelo, pero también de una respuesta a la barbarie. Su fe estaba puesta en la articulación de un movimiento socialista en espíritu y deseoso de quitarle poder y tracción en el mainstream a sus enemigos de clase: “Debemos aprender, o reaprender, cómo construir camaradería y solidaridad en vez de hacerle el trabajo al capital condenándonos entre nosotros mismos. Esto no significa, por supuesto, que debamos estar siempre de acuerdo. Al contrario, debemos crear condiciones donde el desacuerdo pueda ocurrir sin miedo a la exclusión o la excomunión”.

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