Culto
Nostalgias del futuro: el nexo entre Joy Division y James Blake

Nostalgias del futuro: el nexo entre Joy Division y James Blake

En el capitalismo impuesto como forma de vida, el arte puede transformarse en la tabla de salvación. No porque evite necesariamente la lógica del sistema, sino porque alumbra algunos de esos espacios sin sentido. De entre quienes han portado linternas, a juicio de Mark Fisher, destacamos dos separados en el tiempo: Joy Division y James Blake.

El futuro llegó hace un rato. O ya se fue. Dependiendo si te llamas Indio Solari o Jorge González, al momento de poner en palabras la decepción de la promesa moderna. Si bien es cierto que las comodidades vitales han aumentado, el margen de disensión parece haber disminuido o desaparecido finalmente.

Por ahí iba el mensaje nada de halagüeño de Mark Fisher en su libro Realismo capitalista y en buena parte de sus escritos en medios o en su blog K-Punk. Pero, igualmente, algo surge dentro de esa máquina tan bien aceitada que nos satisface, incluso antes de siquiera desear. Un cierto golpeteo en la conciencia que, quizás, es mejor plantear desde las palabras de un señor bien vestido y mal pensado como Leonard Cohen. “He visto el futuro, hermano, y es asesinato”.

Tampoco la cosa es tan literal, por supuesto. Más bien lo que surgen son grietas, generalmente simbólicas, que permiten la reflexión al respecto. “Fantasmas”, como los llamaba Fisher a esos retazos de futuro no alcanzado que se vislumbra(ba)n por aquí y por allá en los mods y en cierta música electrónica. Y también en el post punk, como lo hacía notar cuando comentaba la obra de Joy Division, quienes plantearon su música desde una aprensión al futuro, en las ruinas del Manchester industrializado a fines de los 70s. Frente al panorama del nuevo mundo, neoliberal y consumista, el grupo de Ian Curtis había inventado la melancolía sin objeto.

Lo graficó Fisher con Michael Jackson y su omnipresencia mediática: la generación de una hipermercancía (no sólo discos, sino que videos, pósters, ropa y todo lo que el capitalismo pueda reproducir), supera la representación y comienza a “crear” una realidad. Aquella construcción se “reifica” y se instala como una verdad absoluta que, digámoslo, es bastante atractiva y a la que es difícil negarse. A menos que la imposibilidad del deseo (ya que todo está disponible), nos enfrente a su contraparte: la depresión.

Ian Curtis hacía las letras y cantaba. Peter Hook, Bernard Sumner y Stephen Morris, la música. Martin Hannet fue el encargado de la producción y Peter Saville del diseño. Sólo en esa conjunción (y no sólo desde el talento lírico de Curtis) es que se comprende el resultado de Joy Division. Uno que se expresó en su frialdad, esa sensación de “muerte en vida”, observable en Unknown pleasures (Factory, 1979) y que nos habla, según Fisher, sobre el reverso de la felicidad capitalista, en el descubrimiento final del vacío tras la vida y el deseo siempre satisfecho.

Una cosa diferente es lo que ocurría con los directos de la banda, más rockeros (o punks, para ser contextuales), donde el tono barítono de Curtis era acorde a la fiereza del sonido. Por el contrario, en el tono gélido de aquel disco, cortesía del espíritu innovador de Hannet, junto a aquella portada de diseño austero de Saville, se imponía un sentido escalofriante. Ahí no había tristeza, ni frustración, planteaba el crítico, sino anhedonia o la incapacidad para experimentar placer.

Mark Fisher afirmaba que los discos eran productos de su propio tiempo, su contemporaneidad y políticas. Pero ¿qué sucede cuando la expansión del capitalismo anula la posibilidad del cambio histórico y todo deviene parecido? En la revista Electronic Beats, en 2013, el crítico apuntaba a las cualidades de James Blake, generando ciertas conexiones con su reflexión sobre el post punk. A propósito del segundo disco del músico de soul digital, Overgrown, se preguntaba de dónde provenía aquel carácter vacío, casi espectral de su música.

En un acierto conceptual muy citado, Fisher planteaba que oír los discos de Blake, en secuencia cronológica, equivalía escuchar a un fantasma que, gradualmente, tomaba forma; en cuanto iba avanzando desde estructuras esqueléticas, casi dub, hasta conformar una canción como tal, aunque incompleta.

Esa irresolución que se mantenía, a pesar del mayor desarrollo de su música al avanzar su carrera, remitía a un anhelo tembloroso, pero que parecía carecer de objeto al que referir. Una melancolía de algo perdido que, a diferencia, del pop sobreproducido de las listas de éxitos, no clarificaba lo que estaba sintiendo. Como un amnésico aferrado a las imágenes de una vida y narrativa que no puede recuperar, que diría Fisher.

“Justo cuando pienso que estoy ganando/cuando he roto todas las puertas/los fantasmas de mi vida/soplan más salvajes que antes”, decía David Sylvian, al frente de Japan, a inicios de los 80s. Mark Fisher se valía de esa idea para plantear cómo detrás de la aplastante lógica del capitalismo se podían percibir mensajes que reflexionaban sobre sus efectos. No en términos exactos ni literales, sino desde su posibilidad de ser entendidos de manera crítica, como consecuencias de un estado de cosas aceptado en sí mismo. Con Joy Division como presagio y James Blake como reacción a un mundo que nos parece aplastantemente normal.

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