Culto
Mark Fisher y “el fin del Jacksonismo”

Mark Fisher y “el fin del Jacksonismo”

A cargo de la edición de un libro de ensayos sobre el fallecido cantante, el ensayista británico demostró no sólo su aguda lectura sobre la importancia cultural del pop sino que su entusiasmo por la música de baile.

Los textos “pensantes” sobre Michael Jackson —aquellos no puramente biográficos ni promocionales, ocupados en un análisis atento a sus pistas como reformulador cultural— brotaban ya con el cantante en vida, y no dejan de aumentar en los diez años que van desde su muerte. La novelista Elizabeth Amisu, la académica y artista Karin Merx, y el escritor y profesor estadounidense Joseph Vogel (autor del muy aplaudido Man in the Music: The Creative Life and Work of Michael Jackson) destacan por libros de cruce entre filosofía, pop, estudios sociales y “Billy Jean” como hito universal.

Sobre el (alguna vez improbable) apartado “Michael Jackson y cátedras” existe ya una oferta detallada en instituciones como la Universidad de Duke, además de varios papers (aquí hay algo más sobre el cantante como sujeto de estudios culturales).

Hace dos meses, en Valparaíso, el llamado rey del pop llegó a ser motivo de una charla en el Festival Puerto de Ideas, basada en el libro que la académica chilena Claudia Campaña publicó en 2018 junto a la editorial Metales Pesados (Michael Jackson. Artes visuales y símbolos).

En ese mapa de cruce de análisis cultural y pista de baile Mark Fisher clavó una vistosa bandera con la edición en 2009 de un conjunto de veinte ensayos aparecido primero en inglés bajo el título The Resistible Demise Of Michael Jackson y traducido cinco años más tarde por la editorial Caja Negra como Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma.

Abren el volumen la introducción y un ensayo firmados por Fisher. “Este libro surge por la convicción que la muerte de Jackson debe ser marcada por algo más que simples ‘tributos’ o biografías faranduleras”, explica el autor en la presentación. “Quienes contribuyen a este libro no siempre coinciden sobre la música de Jackson pero todos están de acuerdo en que él fue un síntoma que debe ser considerado y analizado como tal. Está claro que su muerte —que sucedió justo después de la desintegración de la economía y la elección de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos— llegó al fin de una era que él hizo tanto como otros por definir”.

La seriedad del análisis de Fisher sobre un asunto que a otros ojos podía parecer banal se expande en su ensayo “El fin del jacksonismo”. Le atribuye ahí al patrón de Neverland un avance musical equivalente al de los alemanes Kraftwerk en la electrónica, y no duda en calificar “Billy Jean” (1983) como “no sólo uno de los mejores singles grabado alguna vez, sino una de las mayores obras de arte del siglo veinte, una escultura sonora múltiple cuyo seductor brillo de pantera aún revela detalles y matices antes inadvertidos”.

A Off the wall (1979) lo llama “el LP cumbre del género disco […]. En este álbum, Quincy Jones y Jackson construyeron una suite de canciones que hizo por la cultura negra de fines de los setenta lo mismo que las novelas y relatos de Scott Fitzgerald habían hecho por un momento americano anterior más blanco y más pudiente: lograron que las frágiles evanescencias de la juventud y la danza se transformaran en bellos mitos, enlazados con fabulosas añoranzas que no podían ni contener ni agotar”.

¿Se puede ir aun más lejos que comparar canciones para la pista de baile con el autor de El gran Gatsby? Fisher demuestra que sí cuando se entusiasma y asegura:

… Y si me pidieran que eligiera entre Off the wall y los catálogos completos de los Sex Pistols y los Beatles, no tendría dudas. Respeto a esas bandas, pero ya se habían transformado en material de documentales incluso antes de que yo notara su presencia; Off the wall, en cambio, sigue siendo brillante, irresistible, suntuoso, repleto de detalles de Technicolor.

Quien para Fisher es el inventor del “funk urbano supersónico” influenció a todos los productores afroamericanos de vanguardia (Timbaland, Neptunes) que desde los años noventa avanzaron por una senda de “R&B futurista y hi-tech”, a la que sin duda hoy le podemos agradecer desde Beyoncé hasta Rosalía. Pero es su presencia visual, ineludible desde MTV en adelante, lo que instaló al cantante en un espacio social tan excepcional como sacrificado para su propia humanidad:

Tal vez haya sido Elvis el único que logró instalarse en el cuerpo y los sueños de prácticamente cada ser humano con el mismo grado que Jackson, tanto en el nivel microscópico del goce como en la dimensión macro de los complejos de memes del espectáculo. Michael Jackson: un personaje tan repetido y consumido en el videodromo que es casi imposible pensar que sea humano… porque obviamente no lo era; volverse carne de video fue el precio de la inmortalidad, y eso significó morir en vida, y nadie lo supo mejor que Michael Jackson.

En parcial diálogo con ensayistas como Paul Mason y, sobre todo, Greil Marcus, y con una descripción asombrada de varios de sus videoclips (el misterio en “Billy Jean”, la sonrisa en “Rock with you”, la poco convincente pose galanesca en “The way you make me feel”), el texto de Fisher concluye que el talento de Jackson avanza a la par del drama anunciado en su trabajo sobre su propia debacle. Un artista que ante nuestros ojos «fue perdiendo la raza y el sexo», y que luego del fenómeno de Thriller (1982) terminó reducido “a ser solamente una pequeña parte de una hipermercancía” con un mercado completo disparado con su nombre ya fuera de su propio control:

Michael Jackson podría haber sido un emblema de la universalidad queer, si su disforia y su rareza hubieran encontrado la forma de llegar a la música. Lo que llegó, en cambio, fue un Edipo gótico con sus dramas privados (muy públicos) y un sentimentalismo consensuado que se reflejó en insípidas canciones artificialmente edulcoradas.

Sobre el autor:

Marisol García |
Es periodista de investigación en música popular chilena. Su libro Llora, corazón: el latido de la canción cebolla (2018, Catalonia/CIP-UDP). obtuvo el Premio Pulsar a la Mejor Publicación Literaria 2017. En 2018 publicó la crónica biográfica Claudio Arrau por editorial Hueders.