Culto
En busca del Chile perdido

En busca del Chile perdido

Tajamar Editores reedita Recuerdos del pasado, la autobiografía de Vicente Pérez Rosales publicada en 1882. Considerada por el argentino César Aira como “uno de los libros más bellos de nuestras literaturas”, esta es una obra que todavía funciona como un espejo del Chile que fuimos y somos.

Comienza con una pregunta: “¿Qué era Santiago en 1814?”.

Es un párrafo que adelanta y demarca tanto el tono como el tipo de libro que se tiene en las manos.

“¿Qué era entonces esta ciudad de tan aventajada estatura hoy para su corta edad, y que a las pretensiones más o menos fundadas de gran pueblo reúne aún las pequeñeces propias de la aldea?”.

Publicado por primera vez en 1882 como folletín en el diario La Época, Recuerdos del pasado es un libro con tentáculos. No es una novela, ni una crónica, ni un testimonio personal, así como tampoco es un manual de cómo guiar a un país durante sus primeros años; de alguna forma, Recuerdos del pasado es todo eso y más.

En palabras del argentino César Aira, quien incluye a Rosales en su Diccionario de autores latinoamericanos (flamante nueva edición de Tres Puntos y Tajamar Editores): “Uno de los libros más bellos de nuestras literaturas”. Y según Manuel Rojas: “Es un libro, además, que dice la verdad, que no miente, que puede estar equivocado, pero dice lo que piensa, no lo que no piensa”.

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Nacido en Santiago el 5 de abril de 1807, Vicente Pérez Rosales publica su gran libro apenas cuatro años antes de morir, el 6 de septiembre de 1886. Lo hace adelantándose a que su obra será más grande que él. Porque Recuerdos del pasado (en esta nueva edición a cargo del académico Pablo Concha Ferreccio) sobrepasa tanto al autor como cualquier intento de clasificación y género literario. Rosales sabe que los lectores (especialmente los lectores de la época) buscarán en sus páginas tanto información como entretención; reflejos del pasado reciente como pistas de un presente en construcción; así como comentarios e ideas sobre ese Chile futuro que, mirándolo desde el siglo 19, se ve abierto.

Dividido en 25 capítulos, Recuerdos del pasado se inicia en 1814, cuando Pérez Rosales era un niño y su entorno era el Santiago de la Patria Vieja (quintas, polvorientas y estrechas calles, el peso de la colonización española, el afrancesamiento); y concluye hacia 1860, cuando Pérez Rosales cumplía misiones oficiales en Hamburgo con la intención de traer colonizadores al sur de Chile.

Entre una fecha y la otra, por supuesto, sucede una gran cantidad de cosas. Rosales pasa de ser deportado desde Europa a viajar una vez más a ese continente, ahora como delegado oficial del gobierno chileno; asimismo está su etapa de contrabandista, buscador de oro en California; y finalmente como senador, uno que pasó de pipiolo a pelucón conservador.

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Así, entre las distintas vetas que ofrece Recuerdos del pasado está la de una novela oculta que cruza estas páginas; esa sobre las aventuras de Vicente Pérez Rosales.

Ahí están esos momentos en que la chilenidad tiene salir al extranjero y en eso, claro, darse cuenta de que Chile es una nota al pie dentro del mundo, con suerte otro de esos países que con suerte evocan una vaga idea.

Así lo describe Rosales en un pasaje de Recuerdos del pasado, cuando, para poder renovar su pasaporte, habla con un oficial parisiense.

-¿De qué país es usted, caballero? — me preguntó el oficinista.
-De la República Chilena.
-¿Cómo dice usted?
-De Chile, señor.
-¿Qué está usted diciendo?… Chile, ¡vaya un nombre!
-Sí, señor —repuse azareado—; de Chile, república americana; ¿qué tiene de extraño este nombre?
-¡Ah, ah!, ¿de l’Amerique, eh?… Chili… Chile, aguarde usted… Chile. Dígame usted más bien, caballero, ¿de qué pueblo es usted?, porque del tal Chili no hago memoria.
-De la ciudad de Santiago, señor.
-¡Anda diablo! —exclamó entonces el sabio oficinista— ¡acabará usted de explicarse!, y volviéndose a su escribiente le dictó estas palabras;
V. Pérez Rosales, natural de Santiago de México.
Al oír semejante atrocidad, ¡de Chile que no de México!, exclamé echando un voto.
-Pues, mándese mudar de aquí —dijo entonces alzándose de su asiento el geógrafo francés, y no me vuelva a entrar en mi oficina antes de averiguar mejor cuál es su patria
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Todavía se viaja al leer estas páginas. Especialmente en los capítulos sobre sus afiebrados días y noches en California: “Para los chilenos era un país desconocido, casi un desierto, lleno de peligros y visitado además por enfermedades epidémicas”, anota Rosales, quien luego cuenta sobre su viaje al salvaje oeste: “Allí no había amigos ni relaciones de que echar mano; la seguridad individual sólo podía encontrarse en el cañón de una pistola, o en la punta de un puñal; y sin embargo, el robo, la violencia, las enfermedades, la muerte misma, fueron consideraciones secundarias ante el brillo halagador del oro”.

Rosales, eso sí, viajaba porque podía; es decir, era de la clase alta (o con “situación social” como se decía entonces; y educación europea, o más propiamente parisiense). Lo curioso es que no escogió un género aristocrático (novela), sino uno bastardo para amoldar esos recuerdos; un anti-libro en el que caben tanto sus aventuras, como apuntes sobre la geografía del país, el esfuerzo de los colonos en el sur de Chile, las costumbres de la época, entre otras cosas.

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Pérez Rosales fue un colonizador. Entre 30.000 a 40.000 alemanes llegaron a al sur de Chile gracias a sus gestiones. Y claro: la inmigración de colonos, principalmente de origen alemán, permitió la incorporación de la zona a la soberanía chilena. Pero no hay rastro de interés de Rosales en estas memorias cuanto a la otredad de la época; o sea, los nativos de América, indígenas, son como maniquíes en estas páginas.

De hecho, Rosales a ratos encarna a la perfección el papel de colonizador: “Porque el indio montaraz, voluntarioso o de malos instintos, sólo acepta la paz, el respeto a lo ajeno y el trabajo, cuando llega a persuadirse de que por el solo hecho de ponerse al alcance de la bala de un rifle, si viene con ánimo hostil debe morir o ser encadenado”.

Si bien es cierto que a lo largo de este libro Rosales muestra curiosidad hacia otras culturas, no sucede así con las culturas que él mismo ayudaba a despojar de sus territorios: “Llegué a tierra donde así desfallecido me arrojó la ola; ¡pero solo! ¡Mis pobres indios no sabían nadar! ¡Qué noche aquélla!”

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Por momentos Rosales sufre de la “ansiedad de la influencia”. Se nota que uno de sus libros de cabecera es El Quijote (“El paso de mi mula era arrogante, y sus deseos de correr tales, que más de dos veces me hizo recordar la mula de alquiler de Iriarte. Pasé el pueblo de indios, como quien dice excitando alegres ¡bien haya!, de cuantos columbraban el portante de mi envidiada cabalgadura.”).

En cambio, durante otros pasajes, acaso de los mejores, uno puede oír la voz de Rosales, ese “antipático yo individual” que tiene dos contrapartes. Por un lado, la testimonial (auto-ficción en jerga actual), ese costado que lo lleva a reflexionar sobre lo que redacta in situ: “al escribir las aisladas memorias que ahora recopilo, no sólo tuve en mira combatir errores y reírme de ridiculeces propias y ajenas”.
Y el otro lado es el discursivo. Ese que el mismo Rosales detecta como parte integra de la chilenidad. Así lo apunta en el Capítulo 20:

Padecemos en Chile manía de saberlo todo, y de comezón de criticar cuanto no concuerda con nuestro universal saber. Tratándose de medidas económicas, Chile es el país jurado de los economistas; si es de las concernientes a la guerra, o a las de la marina, todos somos generales, o por lo menos almirantes; no es, pues, extraño que, tratándose entonces de inmigración, todos se convirtiesen en colonizadores.

A ratos uno desea que el narrador de aventuras y desventuras se tome todo el libro y cuente una historia como tal: más sobre esos viajes en barco, á la Herman Melville, en vez de los pasajes didácticos que, si bien sirven para conocer ese entonces, hoy suenan a ventriloquia social y moral. Y claro: es cierto que esta veta es parte característica de la literatura local (desde Pablo Neruda y sus odas soviéticas, pasando por algunos personajes parlanchines de Diamela Eltit o hasta la historia-didáctica de Jorge Baradit).

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En 1882, Chile todavía era una sociedad en formación. Trabajar no solo era un gesto de sobrevivencia; también una forma de fortalecer el proyecto país. “Que haya habido tan pocos que lo entendieron así, vuelve tan seductora la figura de Vicente Pérez Rosales”, escribe César Aira.

Rosales tuvo una vida aventurera, en general feliz y llena de viajes y cruce de culturas. Su libro es un testimonio de aquello. Hoy podemos leer Recuerdos del pasado como lo que fuimos, lo que somos y lo que vale cuestionar de nuestra idiosincrasia, la cual (nos recuerdan estas páginas) no es más que otra construcción arbitraria.

“Los chilenos, por cuna y por inclinación, por hábito de comodidad y por bien entendida convivencia, por nacimiento y ‘por nación’, como suele decirse entre nosotros, son silenciosos y reticentes”, anota Benjamín Vicuña en el prólogo a la primera edición de Recuerdos del pasado. “Y de esta manera (los chilenos) pasan a la posteridad si no como genios, como mitos”.

Puede que Rosales sea el mito más silencioso de la literatura chilena. Uno que compuso estos “desaliñados apuntes”, como los definió el autor, que constituyen una de las memorias más esquivas del siglo diecinueve.

Y claro: una última y necesaria aclaración al lector contemporáneo: Recuerdos del pasado no es un libro “fácil”. Pero tampoco lo es la idea de un país. De igual manera no lo son aquellos libros que pelean el paso del tiempo. Este es uno de aquellos.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo