Culto
Un cascarrabias de temer

Un cascarrabias de temer

Los libros tampoco se salvan de las cavilaciones de Hazlitt. Y la sensibilidad que demuestra hacia ellos es conmovedora: teme, más que a nada en el mundo, que lecturas que en el pasado lo arrebataron, pudiesen dejarlo indiferente transcurridos el tiempo y la vida.

El ensayista inglés William Hazlitt fue uno de los más connotados cascarrabias de su época (vivió entre 1778 y 1830). No obstante, tras su pesadez manifiesta se escondían notables poderes de observación y una capacidad científica de catalogar al prójimo. Dichas virtudes, por supuesto, hicieron de él una persona un tanto intratable, a tal punto que, según sostiene Rodrigo Olavarría en el prólogo de este libro breve pero contundente, “debido a su prosa incendiaria y su incapacidad de callarse ante las manifestaciones del poder, su carrera empezó a verse ensombrecida”. Hazlitt murió en la inopia y olvidado por sus pares, injusticia que sólo ha sido reparada en las últimas décadas. Al leer El placer de odiar & La gente desagradable, el par de ensayos que Olavarría tradujo de manera impecable, es fácil darse cuenta de que Hazlitt ha gozado una vida de ultratumba bastante más edificante que la de aquellos mismos pedantuelos, aduladores o puritanos que le hicieron la existencia insoportable.

Contrariamente a lo que sería legítimo sospechar, El placer de odiar, ensayo publicado en 1826, no nos invita a practicar el odio y a sentir luego regocijo por ello, claro que no. Lo que el autor hace es plantear un argumento convincente: “(…) en la mente humana existe una afinidad secreta, un ansia por el mal, que se deleita con perversidad en la vileza, esa fuente segura de satisfacción”. Yendo más lejos sobre la misma cuerda, Hazlitt es enfático en establecer el siguiente dictado: “El bien mayor para todo individuo es hacer todo el mal posible a su vecino: eso es refrescante y hace sonar un acorde de simpatía en todo pecho”.

El desencanto con la especie humana es palpable en estas páginas, pero Hazlitt, que tampoco pretendía ejercer de moralista, siempre cuenta con el recurso del humor para temperar sus dichos lapidarios. Así, por ejemplo, cuando se pregunta si el amor de un inglés por su patria implica un “sentimiento amistoso” o a “la disposición de servir a otro nacido en el mismo suelo”, la respuesta evidentemente apunta a la decepción con ribetes cómicos: “No, sólo significa odio hacia los franceses o los habitantes de cualquier otro país con que estemos en guerra en ese momento”.

En La gente desagradable (1827), Hazlitt lleva a cabo uno de los más completos inventarios de las diferentes personalidades humanas. Comparable en genio y perspicacia a uno de los más incisivos analistas psicológicos ingleses, su cuasi contemporáneo W.M. Thackeray, nuestro cascarrabias articula un sorprendente abanico de tipos humanos que, por anga o por manga, siempre acabarán tornándose en insoportables (el poder de convencimiento de Hazlitt es sumamente peligroso).

Chismosos, tristones, siúticos, “matones jactanciosos”, provincianos, portadores de buenas o de malas noticias, ingeniosillos de salón, tarados sin gracia, todos caben, llegado el momento, dentro de lo que el autor considera gente desagradable. Los católicos, sin embargo, le resultan “más amigables que los protestantes”. Pero si de escoceses se trata, Dios nos libre. Los lateros también reciben lo suyo, y con justa razón, pues “toman un tema y se lanzan sobre él interminablemente sin saber si a sus oyentes les interesa oír siquiera una palabra al respecto o qué clase de receptores tiene su oratoria -en general, éstos son heraldos del aburrimiento (en su mayoría alemanes)-”.

Los libros tampoco se salvan de las cavilaciones de Hazlitt. Y la sensibilidad que demuestra hacia ellos es conmovedora: teme, más que a nada en el mundo, que lecturas que en el pasado lo arrebataron, pudiesen dejarlo indiferente transcurridos el tiempo y la vida. Algo similar le sucede consigo mismo. Y es por ello que el autoescarnio, tan propio de las personas inteligentes y de los grandes ensayistas, no está ausente de sus escritos: “Con respecto a mis antiguas opiniones, debo decir que me hacen sentir sinceramente enfermo”.

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