Culto
Historias para mamíferos

Historias para mamíferos

Hueders publica a la autora canadiense-estadounidense Rivka Galchen. Su libro Pequeñas Labores es un inesperado joyero literario donde caben relatos, ensayos, listas y aforismos acerca de los bebés, pero también acerca del Genji Monogatari, Frankenstein, Godzilla y Donkey Kong. La traducción al español es obra de Alejandro Zambra y Jazmina Barrera.

Comienza con una nota de advertencia que, de alguna forma, juega con las notas de advertencia (serias) que se encuentran al inicio de ciertos libros:

“En los libros para niños no siempre hay niños. Hay animales o monstruos y ocasionalmente niños que se comportan como animales o monstruos. En los libros para adultos casi siempre hay adultos.”

La primera de las postales (¿viñetas?) que abre Pequeñas labores, el libro de la canadiense-estadounidense Rivka Galchen, propone formato narrativo libre.

Porque Pequeñas labores es un libro inclasificable. Uno en el cual, pese a sus pocas páginas, cabe todo. Desde la literatura japonesa hasta la maternidad, pasando por Donkey Kong y Godzilla.

Y claro: la historia tras este pequeño libro es relativamente fácil de repasar: en algún momento Galchen quería escribir un ensayo sobre El libro de la almohada, obra sobre las ocurrencias, reflexiones y anécdotas de una dama al servicio de la Emperatriz, en el Japón del siglo X. Pero entremedio a Galchen se le cruzó el nacimiento de su primera hija. Y por supuesto: para una escritora, eso significa que la literatura, es decir los tiempos para escribir, se reducen y desordenan.

Y a veces hasta modifican los planes escriturales, como sucede con este libro.

De ahí que Galchen, en Pequeñas labores, trate su hija como un animal. Incluso, a veces, como un monstruo:

“Te encanta tocar el metal, correr encima de las rejillas del metro, las puertas que conducen a almacenes subterráneos, las alcantarillas… te frustras mucho si se te niega la oportunidad de correr sobre estos metales. Ahora entiendo a Donkey Kong.”

Nacida en Toronto, en 1976, Galchen siguió un camino atípico dentro del mercado literario gringo: primero estudió medicina. Y solo entonces, una vez graduada, cerca de sus 30, se decidió por la literatura: cursó una maestría en escritura creativa en la Universidad de Columbia. Y entonces vino una aplaudida novela, Atmospheric disturbances, y luego un conjunto de relatos, American Innovations; y todo eso, claro, le abrió las puertas al competitivo circuito literario neoyorquino, es decir, a escribir cuentos y artículos para The New York Times, Harper’s y The New Yorker. Y a enseñar escritura creativa en Columbia.

“Quería ser escritora desde que era adolescente, pero nunca había conocido a un escritor, ni a ningún artista de ningún tipo. Tenía un amigo que tenía un amigo que era alfarero, pero ese fue literalmente el contacto más cercano con el mundo de las artes que tuve”, cuenta sobre sus inicios. “Entonces, aunque quería ser escritora, me convertí en médico porque me parecía que era algo mejor y una profesión más confiable (puede que todavía, a muchos, les parezca algo mejor). Pero finalmente me di cuenta de que quería ser escritora, incluso de una manera más desesperada de lo que me admitía a mí misma”.

*

Pequeñas labores es el tercer libro de Rivka Galchen. Se publicó originalmente en 2014. Y su traducción al español está a cargo de Alejandro Zambra y Jazmina Barrera, a quienes Galchen casi no conoce (“Una vez me senté junto a Zambra en una cena, y lo que más recuerdo es que a ambos éramos fans de Felisberto Hernández”.)

Galchen responde esta entrevista desde Nueva York, en medio del invierno. Y cuando se le pregunta sobre Pequeñas labores y los géneros literarios con que juega, o experimenta, dice que no está tan segura.

“Son listas, ensayos y observaciones que buscan acompañar al lector, así como un bebé se transforma en el compañero de uno”, dice. “Me inspiré en El libro de la almohada, de Sei Shonagon, sobre una mujer japonesa cuyo libro registra anécdotas y observaciones y pequeñas quejas de ella. ¡Originalmente mi libro iba a ser un ensayo sobre ese libro! Pero luego mis planes cambiaron, claro. Entonces El libro de la almohada e Historia de Genji por Murasaki Shikibu fueron importantes para escribir Pequeñas labores. Y creo que se nota”.

-¿Y qué te interesaba de esos referentes?

-Me interesaba que ambas mujeres eran contemporáneas y terminaron escribiendo dos de los libros más perdurables de toda la literatura japonesa. Y qué inesperado fue que los libros se escribieran en lo que entonces se consideraba el lenguaje bajo del japonés, cuando los libros ‘reales’ de poesía y filosofía que salían de Japón en ese momento se escribían en chino (un idioma que no se le permitía aprender a las mujeres japonesas.)

-Durante todo el libro comparas a tu hija con varios animales, entre esos un puma. ¿De dónde viene ese juego?

-Fue una idea que simplemente me llegó. La maternidad fue algo que sentí tan intensamente. Nuestro apartamento es muy pequeño, básicamente una habitación, así que no importa dónde la pongamos a dormir, se produce una mezcla entre silencio y poder en esa habitación. No sé qué es. Pero es raro. Creo que cuando ella comenzó a hacer más y más sonidos raros y variados, fue lo que hizo que el animal que ella parecía ser, para mí, cambiara. Y fui jugando con eso en el libro.

-¿Y cómo fue el proceso de escribir Pequeñas labores? Quiero decir, ¿lo planeaste mucho o poco? Se lee como algo orgánico, un poco improvisado.

-Definitivamente fue el libro más inconscientemente que he escrito y probablemente escribiré. Estaba tan borracha de amor e insomnio que sentí que mis pensamientos me estaban pensando, no al revés, y traté de anotarlos cuando podía, principalmente para registrar algo de lo que era estar en ese estado. No me preocupaba si los pensamientos eran interesantes o entretenidos; era más como si estuviera tomando notas sobre el crecimiento de una planta de arveja.

*

“Es verdad eso que dicen, que un bebé te da una razón para vivir”, escribe Rivka Galchen. “Pero también un bebé es una razón por la que no tienes permitido morirte. Hay días en que esto no se siente bien.”

A ratos, Pequeñas labores circula por una línea de humor muy fina. Puede que a primeras parezca otro de esos libros –tan de moda, por estos días, en la literatura chilena– pensados, escritos y titulados para subir una foto a Instagram. O Twitter. Una literatura que podríamos denominar “Literatura boutique” y la cual contiene un poco de auto-ficción, reflexiones sobre el acto de escribir, una historia minimalista e intimista; y todo envuelto en menos de 150 páginas y una portada preciosista.

Pero no: a través de pequeñas dosis, Pequeñas labores investiga lo que significa traer a otro ser humano, o mamífero, a este mundo. Y si bien la mayor parte del tiempo lo hace con humor, este humor a veces es un poco ácido, o negro, o incluso triste.

Por ejemplo, el caso de la viñeta con el título “¿Qué clase de droga es un bebé?”, la cual comienza así:

“Muchos días pienso en ella como si fuera una droga. ¿Pero qué tipo de droga? Un día decido que es un opiáceo: me llena de un profundo bien­ estar, una sensación no vinculada con ningún logro o atributo, y esta sensación de bienestar es tan tóxica que estoy dispuesta a permitir que mi vida se derrumbe por completo con tal de que ese sentimiento persista”.

-Sentí que había algo onírico en algunas de las viñetas de tu libro. Y bueno: tener un hijo o hija significa dormir menos. ¿Durante qué hora sucedió la escritura de este libro?

-Ja, ja. El libro entero fue un sueño despierto, honestamente. Fue escrito en momentos al azar medio despiertos. No tenía prácticamente ninguna ayuda de niñera, y eso fue en parte porque estaba loca y también me costaba mucho dejarla con mi madre. En esa época estaba trabajando como profesora y mi muy amable madre viajaba conmigo al campus, la cuidaba durante en el seminario de dos horas y luego yo la llevaba de regreso a mi casa.

-Leí en una entrevista que tu pregrado fue en la Universidad de Princeton, en literatura en español. ¿Fue así?, ¿y qué autores y autoras latinoamericanos leíste?

-¡Ojalá! Eso era lo que quería hacer. Mis padres me dijeron que, dado que nunca había tomado español hasta que llegué a la universidad, probablemente no sería muy buena idea. Así que no fue mi carrera, pero tomé tantos cursos como pude sobre el tema. Estaba especialmente enamorada de la obra de Silvina Ocampo y Jorge Luis Borges. Y como los cursos a menudo incluían también escritores latinoamericanos de Brasil, aprendí acerca de otros dos favoritos: Machado de Assis y Clarice Lispector.

-Y en otra entrevista leí que te tomaste un año libre para hacer una investigación de salud pública en Latinoamérica, donde además escribiste harta ficción. ¿Dónde fuiste? ¿Y qué pasó con esa escritura?

-Sí. Ese fue un gran año. Viví en el barrio de San Miguel de Lima, esto fue en el dos mil, y también pude pasar algún tiempo en las pequeñas aldeas de Iquitos, como parte de un proyecto de investigación sobre el uso de antibióticos. Intenté escribir, como dices. Fue genial ver cómo mi propio idioma, el inglés, se convertía en algo privado y extraño para mis oídos en medio del español. Tuve que ir probando y experimentando una y otra vez con el lenguaje. Esa experiencia fue el mejor profesor posible.

-Hace tiempo ya que eres una neoyorquina. ¿Cómo ves la ciudad hoy, con temas como la gentrificación y el alza del costo de la vida?

-Justo últimamente he estado pensando mucho sobre la ciudad. Tal vez Nueva York está en decadencia, espiritualmente, porque se siente un poco más como un aeropuerto. Aunque no sé, ¿tal vez sea yo quien esté decayendo espiritualmente?

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo