Culto
La guerra privada de Carlos Manuel Alvarez

La guerra privada de Carlos Manuel Alvarez

Se le puede criticar a Álvarez que todos sus personajes tengan una impresionante agudeza para captar la situación en la que se encuentran; todos se dejan llevar por ejercicios retóricos de maravillosa lucidez.

En un momento clave de Los caídos (Sexto Piso, 2018), la primera novela del cubano Carlos Manuel Álvarez (1989), un personaje reflexiona: “Nunca tuvimos televisor. ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo explicar lo que significaba llegar de la escuela con ocho, nueve, diez años, y no tener nada que encender, cuando todas las casas tenían? ¿Cómo enfrentarse al hueco del multimueble en el que debería verse la programación infantil?”

El resultado de esa ausencia lo transmite la misma escritura de Álvarez: el alejamiento de la ecología mediática produce un lenguaje concentrado en sí mismo, reflexivo y con gran dominio de los matices psicológicos y la textura descriptiva, con escasas marcas temporales y sin el ruido de fondo pop al que estamos acostumbrados. Ahí se tejen los mejores logros de esta notable novela.

Estuve en Cuba hace tiempo y me llamó la atención el lenguaje bélico que se usaba para todo: en los periódicos de esos días el tema era la “guerra contra los mosquitos”. El título de la novela de Álvarez puede entenderse así: se trata de una narrativa de guerra en la que los derrotados son los propios ciudadanos. Álvarez, que también ha publicado un gran libro de crónicas de la situación cubana –La tribu (Sexto Piso, 2017)- y forma parte de la última selección Bogotá39, no hace en Los caídos una crítica frontal y explícita al régimen cubano; le interesa más indagar cómo la ideología de un gran proyecto funciona en el día a día de una familia, cómo las miserias de la cotidianeidad pueden revelar mejor la “verdad” social de un régimen.

Cuatro voces se turnan para narrar esta historia a través de monólogos compactos: hijo, madre, padre, hija. El hijo está enrolado en un Ejército que vive en situación de apronte, dispuesto a dar batalla a una inminente invasión que jamás se concretará (la amenaza es suficiente para la cohesión nacional que necesita el régimen); la madre, maestra de escuela, se descubre epiléptica; el padre, que administra un hotel, es todavía creyente de una revolución agotada; la hija, que trabaja en el hotel administrado por el padre, es parte de una cadena de pequeños robos al hotel, necesarios para cubrir tanta escasez. Todos ellos, a su manera, resisten en estos “tiempos duros… en los que nadie quiere hacer nada, tiempo de crisis de valores, de simpleza espiritual, de poco temple”.

La epilepsia de la madre le da una carga metafórica a Los caídos: sus convulsiones aumentan si hay estrés físico o emocional, por lo que el hijo, Diego, sugiere que para “salvarse iba a tener que embrutecerse… dejar de emocionarse y dejar de recordar”. Como lo que el sistema crea en estos personajes es un estrés continuo, es inevitable concluir: “las cosas se [van] a poner mucho peor”. No solo se trata del agobio material -una familia que come en el suelo porque ni siquiera tiene una mesa-, sino de cómo esta escasez se imbrica a la devastación psíquica: cuando el régimen ofrece teléfonos y televisores al barrio y anuncia que no hay para todos y habrá que buscar formas de decidir quiénes se quedan con los artefactos, en el barrio se desata una guerra de denuncias entre los ciudadanos que ataca la noción misma de comunidad: “Todo quedó adentro como un hematoma y eso se fue infestando y nos fue carcomiendo en silencio”.

Se le puede criticar a Álvarez que todos sus personajes tengan una impresionante agudeza para captar la situación en la que se encuentran; todos se dejan llevar por ejercicios retóricos de maravillosa lucidez. Quizás ese sea también producto inevitable de la situación en que se encuentran: el lenguaje es el rico oropel que cubre los huecos -los del multimueble y los más íntimos- y también el gran remedio para estos personajes golpeados por la vida y muy conscientes de su caída.

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