Culto
Fogwill póstumo: Memoria romana y otros relatos inéditos

Fogwill póstumo: Memoria romana y otros relatos inéditos

Después de cuatro libros póstumos llega a las librerías chilenas el primero que retoma su cuentística. Conformado por un diario de 1982, más dos cuentos de los 2000 y varios de los 70, Memoria romana puede ser una puerta de entrada a la obra de uno de los mejores escritores argentinos contemporáneos.

Desde su muerte se han publicado ya cinco títulos de Fogwill (1941-2010), cuatro de ellos por Alfaguara y uno, el último, por Blatt & Ríos, que gracias a la distribuidora Big Sur está en librerías chilenas. La importancia de Fogwill en la literatura argentina es grande: para la crítica Beatriz Sarlo, hay tres autores que podrían suceder a Borges en la centralidad de esa literatura: Juan José Saer (1937-2005), César Aira (1949) y Fogwill. Para ella, “intervenir dentro del canon tiene su interés si uno hace una especie de debate estético en esa intervenciones un debate estético”, por eso en Zona Saer, publicado en 2016 por Ediciones UDP, se la jugó por Saer como sucesor de Borges; en realidad es algo que lleva planteando desde hace mucho tiempo, pero en eso libro quedó plasmado. Sin embargo, concede que tanto Aira como Fogwill podrían disputar ese lugar.

La obra de Fogwill así como la de Aira, aunque no tanto la de Saer, que genera más afectos en Argentina y dentro de un escaso número, es conocida en Chile. De Fogwill se conocen Los pichiciegos, la novela en la que abordó la Guerra de Malvinas en los 80, pero también se conocen sus cuentos, que fueron reunidos por Alfaguara un año antes de su muerte. Fogwill –o Fog o Quique– tiene una obra contundente y amplia, que va desde la poesía hasta sus intervenciones en prensa escrita. De éstas quedan como testimonio la edición de su poesía completa (2016), con prólogo de Arturo Carrera, y Los libros de la guerra (Mansalva, 2008). En la poesía se muestra como un lector ávido y atento, a diferencia de otros de poetas trasandinos, como Osvaldo Lamborghini, quien se vio tempranamente influenciado por el psicoanálisis. Leer la poesía de Fogwill es leer quizá lo más parecido a la poesía de un chileno. El poeta argentino Martín Gambarotta dijo en una nota que “la narrativa, sobre todo la cuentística y sus intervenciones públicas, opacó un poco la circulación de su poesía”. Los libros de la guerra demuestran lo provocador que era a tal punto de señalar que el aborto era una cuestión de hombres.

Desde su muerte se ha discutido en jornadas dedicadas a él cómo evaluar su obra, y en general se ha llegado a un acuerdo momentáneo de que fue un extraordinario cuentista, que allí estaba lo mejor, incluso más que en sus novelas, que no eran para nada malas, al contrario, y que su poesía. Eso lo vio Héctor Libertella cuando construyó hace veinte años la excepcional antología del cuento argentino del siglo XX en dos tomos: 25 cuentos argentinos del siglo XX y 11 relatos argentinos del siglo XX. En el primero tenía como epígrafe (una antología definitiva) y en el otro (una antología alternativa). De este modo explicitaba ese movimiento muy típico de la literatura trasandina por el cual un autor central puede convertirse en periférico y viceversa. De hecho Libertella en el segundo prólogo se refiere a la obra de Borges del siguiente modo: “Por haber nacido un poco marginal y descentrada, por lo mismo terminó haciéndose centralmente argentina”. En el primer tomo, Libertella usa el término cuento que designa la tradición y en el segundo el término relato, que es más amplio que el cuento, y contiene textos más rupturistas. Precisamente este es el segundo eje por donde se mueve la literatura argentina: tradición y ruptura. Fogwill entendió eso y quería estar en el segundo tomo junto a César Aira, Copi, Néstor Sánchez, Alejandra Pizarnik, pero Libertella lo puso en el primero, junto a Borges, Saer, Lugones y otros. Esto ya da una pauta sobre de qué clase de autor estamos hablando, dónde se le podía ubicar en los 90, cuando estaba en plena producción y comenzaba a ser un escritor reconocido. En otras palabras, Fogwill podía escandalizar con sus intervenciones periodísticas, pero era un autor tradicional, menos rupturista que varios de sus compañeros de ruta.

Para muchos, Fogwill muere publicando los diecisiete cuentos que consideraba imprescindibles, es decir muere con las botas puestas en el arte que mejor dominaba. Su fallecimiento impactó tanto a los poetas y editores con los que se reunía (Gambarotta, Francisco Garamona, Damián Ríos y Silvio Mattoni) como a los escritores con los que charlaba: Damián Tabarovsky y Catón. Precisamente Mattoni le dedicó un poema que luego incluyó en su libro Peluquería masculina: “¿A quién le doy este librito nuevo/ recién tipeado en la computadora?/ A vos, Quique, te gustaba pensar/ que mis caprichos valían la pena/ ya entonces, cuando nos vimos en Córdoba/ y te llevaste los versos dramáticos/ y aún se esperaban las novelas tuyas/ para cerrar un siglo. Aunque es inútil/ ahora dirigirte un documento/ a una casilla que no abre más nadie/ desde que empezaste a escribir tu nombre/ en la lista de muertos…”.

Con esto Fogwill confirmaba algo que había hecho siempre: leer y juntarse con los jóvenes. Lo había hecho antes con Sergio Bizzio y Alan Pauls, y lo siguió haciendo después, y mientras lo hacía aparecían jóvenes nuevos, algunos de ellos poetas, a los que compraba sus libros y leía. Fue él quien dijo que Gambarotta era el mejor poeta de su generación. Fue él, como cuenta Mattoni, quien les pedía los poemas nuevos a los poetas jóvenes. Fogwill era generoso, pero también un tipo difícil, con periodos donde estaba bien económicamente, fundaba una editorial y publicaba en los 80 a Néstor Perlongher y Osvaldo Lamborghini, y otros donde vivía como podía. Eso sí, trabajó siempre. Y en sus intervenciones no sólo hablaba mal de la política cultural del gobierno postdictatorial de Raúl Alfonsín, sino que además de otros autores que, según él, merecían la atención de los lectores y la prensa: Alberto Laiseca, Hebe Uhart, son un ejemplo de esto. Le enseñó a Sergio Bizzio unos ejercicios que hasta hoy practica cada mañana con el fin de elongar la musculatura. En muchos aspectos fue muy buena persona, de hecho a algunos poetas les preguntaba si estaban bien de plata.

Su muerte fue repentina, de hecho sucedió después de un viaje a Montevideo, donde supuestamente se enfermó de gripe. Al llegar a Buenos Aires fue directo a internarse. Ya antes había hecho eso, pero esta vez, como se consigna en Fogwill, una memoria coral, de Patricio Zunini, fue distinto y cuando estaba internado llamó a sus amigos. Era el final. Damián Ríos fue uno de los primeros enterarse de su muerte y llamó a Martín Gambarotta: “Yo lo llamé a Gambarotta para avisarle que Fogwill había muerto y Gambarotta dijo: ‘Che, se podrá hablar con alguien, qué sé yo’, y Catón que conoce a mucha gente dijo que sí”. La idea de velarlo en la Biblioteca Nacional fue de Gambarotta.

En Libreta Sarlo, la crítica cuenta cómo fue el velorio aquel domingo 23 de agosto de 2010. En el bar de la Biblioteca Nacional, los escritores Guillermo Piro, Daniel Guebel y Marcos Meyer contaban historias sobre él, mientras bebían whisky Johnny Walker etiqueta roja. De pronto “Piro dice que el dueño del bar se hizo millonario con todos los que pasaron esa tarde. Ridículamente, insisto en el entierro del día siguiente, en Quilmes, pregunto si alguien va. Nadie va”. Sarlo recuerda velorios y entierros de autores argentinos, entre ellos el de Saer en París: “No sé por qué estoy interesada en el entierro de Fogwill, más que en esa reunión de sus amigos en la terraza de la Biblioteca. Debería ser a la inversa. Sin embargo, el entierro es algo así como la escena monumental de una muerte, el momento en que hay que convencerse del todo: Fogwill se murió”.

Como se sabe, él no era muy ordenado con su obra, por lo que a su muerte no se sabía qué tenía, se sabía sí que había estado trabajando en un libro de los sueños. Un poco antes, cuando le pedí si tenía algo inédito para pasar para una revista que estábamos armando con unos amigos en 2007, me escribió que estaba trabajando en esos sueños. “Lo que puedo ofrecerte”, señaló en un lenguaje coloquial muy nuestro, “es el prólogo y ENE relatos de mi compilación de sueños, que estoy terminando de armar para que salga antes de que muera. Sería una gran novedad literaria. Necesito que me digái [sic] cuantos caracteres quieren, quién es el director y quienes publicarán el mismo número”. Al final la gestión fue un desastre, básicamente por mi torpeza.

Sin embargo, en 2013 pude leer esos relatos gracias a que Alfaguara publicó La gran ventana de los sueños. Mi reseña de ese momento para suplemento Cultura de Perfil decía más o menos lo siguiente: “La gran ventana tiene como punto de partida los sueños, pero no hay que ver esto como un volumen de la interpretación o de la narración de sueños; si así hiciéramos, en el primero de los casos estaríamos ante un texto de autoayuda y en el otro ante un libro de microrrelatos. Ni lo uno ni lo otro. La intención de Fogwill es transitar por el terreno intermedio, tocando estos lugares por cierto, porque se narran sueños y porque trata de interpretarlos. ‘Pero soñar’, escribe Fogwill, ‘es recordar los sueños. Sin recuerdos no hay sueño’, y más adelante agrega: ‘Cuando se intenta recordar hay un punto donde ya no se puede discernir si se está equivocado o inventando’”. Me gustó mucho este primer libro póstumo, de hecho lo comparé con el ensayo de Samuel Beckett sobre Proust, donde hablaba de la memoria involuntaria.

El segundo póstumo vino un año después gracias a la pintora chilena Mariana Domic, quien guardó el original desde 1980, en 2011 lo hizo llegar, lamentablemente, a la familia, y digo lamentablemente porque es el peor de los póstumos, y se entiende por qué nunca lo quiso recuperar. Nuestro modo de vida es una novela fallida de principio a fin, de hecho en el prólogo el propio Fogwill consigna que es una respuesta a otra novela, La luz argentina, de César Aira. El problema es que a la fecha de la publicación La luz argentina no se había vuelto a reeditar, por lo que la referencia no se entendía, sobre todo porque esa novela apareció en 1983 y el original de Fogwill databa de 1980.

La introducción apareció en 2016 y es un libro correcto e incluso bueno, en sintonía con La gran ventana de los sueños. Pero Memoria romana (Blatt & Ríos, 2018) es la primera obra que retoma la cuentística de Fogwill y tiene tres textos que valen la pena leer. El primero ‘Un cambio orgánico’ data del 2002 y estamos ante uno de los Fogwill de cuando estaba en plena forma, porque gira en torno a algo sin importancia como la compra de un nuevo orgánico para el gato enfermo, pero que va mutando en un sinfín de observaciones y microhistorias, para terminar con Fogwill escritor sentado a la computadora, intentando corregir el cuento que ya hemos leído. Otro cuento interesante es ‘Las arenas de entonces’, escrito entre el 2002 y el 2010. Pero el que más llama la atención, quizá por su condición de documento, es el que le da el título al libro. Se trata de un diario que llevó durante 1982, por lo que es un poco la cocina de Los pichiciegos. La entrada del 7 de mayo cuenta lo siguiente: “Llega a casa y Mamá anuncia: ‘¡Hundimos un barco!’. Mamá hundió un barco”. Con muy pocas palabras, señala lo cotidiano que se había vuelto la Guerra de Malvinas, tanto que hasta su madre había hundido un barco, o al menos había ayudado. Si la madre de Fogwill estaba tan comprometida y él vivía ahí con ella, era obvio que la situación resultaba ineludible para él en lo cotidiano, porque eso es la guerra cuando estalla. En otras palabras, él también estaba en guerra, aún sin ir a combatir.

En este diario consigna que debe corregir Nuestro modo de vida y luego se pregunta “¿para qué?”. El Día del Trabajador de 1982 escribe que pasó la noche en la Tercera Comisaría, que la policía se lo había llevado desde el mítico bar La Paz, hasta donde iban una pléyade de artistas, escritores e intelectuales: “Con la cuestión de la guerra los policías están suavísimos. Nos trataron muy bien, a mí y a otros condicionales que levantaron por los bares del centro”. También recuerda un viaje que hizo a Roma en 1972 y además el paso del intelectual y presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento por nuestro país, trazando “un grafo para comprobar su invención” de que argentino era anagrama de ignorante. Lúcido Fogwill con su imaginación, porque este anagrama ha sido adjudicado a Ortega y Gasset, pero él se lo adjudica a un grande de las letras trasandinas, como diciendo que la barbarie es centralmente argentina.

El resto del volumen de Memoria romana incluye cuentos escritos en los 70, que a decir verdad no están al nivel de lo que escribió después, pero eso no importa, lo que importa es que este libro entrega la posibilidad de ver la evolución de un autor como él. Si bien tal vez sea un libro para los que ya se han adentrado algo en la obra de Fogwill, puede además ser una puerta de entrada para los principiantes en su obra.

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