Culto
J. P. Zooey y su última novela Manija que transcurre en un chat: “Si antes se adjudicaba a Dios la orientación del destino humano, ahora se lo delega a las aplicaciones”

J. P. Zooey y su última novela Manija que transcurre en un chat: “Si antes se adjudicaba a Dios la orientación del destino humano, ahora se lo delega a las aplicaciones”

Durante diez años, nadie supo quién estaba tras el seudónimo J. P. Zooey que escribía novelas delirantes alabadas por la crítica argentina. Se especularon mil historias. Fue el mismo J. P. Zooey quien, tras ganar una apuesta con un amigo, se dio a conocer públicamente con bombos y platillos el año pasado. Tras haber estado acostumbrado al anonimato, ahora J. P. Zooey -que sigue usando su seudónimo salingeriano- presenta novelas y da charlas en público. De hecho, vino a Chile invitado a los Diálogos Latinoamericanos en la Furia del Libro y a presentar su novela inédita Manija, que editó el sello La Pollera Ediciones, sobre las relaciones humanas en tiempos de tinder y emoticones.

La novela Manija, la primera que edita en Chile J. P. Zooey y que se lanza hoy en la Furia del Libro, es una historia delirante que se va contando a través de las ventanas del chat de un joven llamado Teo que vive pegado a su computadora. Teo se la pasa filosofando con sus amigos virtuales de estupideces sin sentido, intentando dialogar con su mamá que no para de enviarle mensajes depresivos sin tomarlo en cuenta a él, hablando con su novia Tinder que tiene como máximo placer comer animales vivos, y es aconsejado virtualmente todos los días por un coach emocional, medio chanta y morboso, que le dice todo lo que debe hacer para conquistar a esta novia Tinder. Una novela donde conjugan citas de Rimbaud y datos de páginas freaks, como breadfaceblog, un instagram que existe en la vida real de una asiática que sube videos hundiendo su cabeza en panes y bizcochuelos. Una novela que podría considerarse millennial.

-Me contabas que para este libro realizaste consumos y modos de vida extremadamente juveniles como un actor encarnando un personaje, que hiciste de ti una metáfora millennial. ¿Qué hiciste?

-Recorrí bares millennials, escuché su música, capturé historias que me contaron. Y sobre todo trabajé ese modo no conclusivo de contar historias. Historias sin remate como algunas que aparecen en los chats.

-¿Y cómo te recibieron los millennials?

-Siempre con cerveza y algo para fumar. Muy buena onda.

-¿La rutina de Teo difiere mucho a la tuya? ¿Mucho chat, mucho mundo virtual?

-En las redes publico información sobre mis libros, pero no estados emocionales, fotos de comida, denuncias, ni gestualidad felicista. Sin embargo las miro muy seguido, paseo entre los perfiles, hago scroll, obtengo información que más tarde puede dar un tono o un detalle a mi literatura. Cuando pienso críticamente en las redes trazo un círculo y me ubico dentro junto a ellas. Pero para pensarlas con cierta distancia debo trazar otro círculo dentro de aquel y aislarme casi cartesianamente.

-¿En qué estabas pensando cuando surgió el delirio de Manija?

-La historia se fue desenvolviendo a partir de mi relación noctámbula y voraz con la comida: suelo despertarme a las 3 AM con sed y hambre animal y humano, de vampiro. Todo lo que esté en la heladera puede ser víctima de mi violencia mandibular. Carnes de cualquier color y frías, pizza vieja, pan, bananas. Suelo tener la heladera vacía como estrategia para detener esa voracidad que me habita, pero aun así siempre encuentro algo: hasta queso rallado que como con una cucharita. Detrás de esta escena de hambre física y existencial, creo que sufro la angustia del vampiro.

-¿Cómo así?

-Es decir, una necesidad de contactar con el alma del otro hasta el punto de descargarla en mí. Esto me llevó a imaginar la posibilidad de comer carne cruda para incorporar el alma de la vaca y tener una suerte de epifanía, de experiencia extática y religiosa, que es lo que hace uno de los personajes al comienzo.

-A propósito, en un mundo cada vez más políticamente correcto, Manija se ríe un poco del veganismo con estos personajes de lo más siniestros que gozan de alimentarse de extrañas criaturas. ¿Qué te parece el veganismo?

-En Argentina una de las primeras cosas que hizo Macri al asumir fue comenzar a reemplazar a los próceres argentinos presentes en los billetes por animales autóctonos. Despojar de historia, de contradicciones y naturalizar la moneda. El gobierno de Macri sembró las ciudades de indigentes, destruyó en sólo tres años a la industria argentina, endeudó al país por cien años, creó una inflación tan alta como la que no había desde 1991, y excluyó del trabajo a cuanto compatriota pudo. Eso es lo que pienso de priorizar los animales estilizados y bellos por sobre la crueldad ejercida sobre los seres humanos.

-La novela deja entrever esta alienación que hay tras las redes sociales, esta dependencia extrema que tenemos al chat, por ejemplo.

-Creo que hay una dependencia física, psíquica y emocional que tenemos de las redes y del chat. Mucha gente cena en familia mirando el celular, todos callados; otros no pueden ir al baño sin su celular; hay quienes cruzan avenidas leyendo y escribiendo por WhatsApp; en las paradas de colectivos, en las clases universitarias, en el café cuando aquel con el que se charla va un minuto al baño. Veo ahí una voracidad, una ansiedad, una sed animal, de vampiro manija. Pero se trata de una sed de una materialidad electrónica: los caracteres y emojis no son más que la faz visible de un código binario hecho de unos y ceros que, a su vez, traduce los impulsos eléctricos. La adicción a las redes y chats es una adicción a algo sin química ni carne. Cuando los cuerpos reales se rozan en un bus, cuando “chocan” en la calle o se tocan sin querer, tan acostumbrados a la intensidad eléctrica, les brota una irritación si no una violencia carnal inimaginable hace pocos años. Eso les pasa un poco a Rocío y Teo en Manija.

-¿Cómo se piensa el amor en tiempos de Tinder y emoticones de <3?

-Hay un mandato bíblico que dice algo así como “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Si uno se detiene sólo en la primera parte, se dice que se amará al prójimo, al cercano, al muy cercano. Posiblemente en la era de las redes y chats aquel mandato haya sido reemplazado por “Amarás al lejano…”. No es difícil imaginar una pareja sentada en una misma mesa, muy cerca, tomando un trago, y enviando corazones a posibles amantes físicamente lejanos. Pero hay que tener en cuenta que, si se vieran cara a cara con esos posibles amantes, pronto estarían enviando corazones a nuevos “lejanos”. Lo interesante es que se ama a otro reducido a emoji, a una foto filtrada, a otro que aparece como texto: se trata de alguien sin olor, sin vibración física ni en la voz, sin improvisación, sin nervios ni transpiración, sin riesgo, bajo control: otro sin cuerpo. Pero ¿qué pasaría si esos cuerpos verdaderamente se encontraran (y sin conexión digital para fugarse de la escena)? ¿Una masacre? Creo que en Manija subyace esa pregunta.

-A Teo, el protagonista del libro, lo aconseja por chat un coach emocional que le dice lo que debe hacer para conquistar a su novia Tinder. ¿Por qué la gente necesita tanto de la ayuda de alguien que le diga cómo tiene que actuar?

-Creo que sucede porque se encuentra en crisis la idea de libertad. O, tal vez, ya no se quiere ser libre. En el Renacimiento italiano hubo un hombre llamado Pico della Mirandola que en 1496 publicó un manifiesto fundamental en el llamado posteriormente humanismo. Aquel humanismo constituyó la piedra basal de las democracias y sistemas jurídicos modernos. Una de las ideas revolucionarias para la época y presentes en aquel manifiesto consistió en plantear que Dios no hizo a los hombres elevados o inferiores, bestiales o superiores, sino que los hizo libres. Cada criatura humana, a diferencia de los animales movidos por instinto, sería desde entonces libre para determinar su destino (libre y responsable por sus elecciones). Y aquella libertad estaría fundamentada en su capacidad de razonar. Hoy ya no queremos saber nada con la libertad: somos felices delegando al algoritmo la decisión y responsabilidad por el lugar al que iremos a cenar, por la persona con la que tendremos una cita, por el producto que compraremos y, próximamente, por el candidato político que votaremos para presidente. Si antes se adjudicaba a Dios la orientación del destino humano, ahora se lo delega, y muy alegremente, a las aplicaciones.

-En un diálogo en un chat, el protagonista pregunta a otro “¿Quiénes vendrán cuando los hipsters se vayan? ¿Una generación sin memoria o con poca memoria RAM?”. ¿Eres tan apocalíptico?

-Apocalíptica es la época en la cual mientras cosechamos corazones como tréboles de cuatro hojas se produce un cambio en el medio ambiente que pone en cuestión la supervivencia de la especie humana a corto plazo. Apocalíptica es la época en la cual puede gobernar Brasil un presidente fascista y posthumanista que ganó por voto popular. O una época en la que mientras se montan campos de concentración de inmigrantes “ilegales” en Europa se discute, en el parlamento europeo, si otorgarle derechos de “personas” a los futuros robots.

-Pasando a otro tema, ¿cómo ves la literatura argentina? ¿qué autores argentinos nos recomiendas?

-Casi no leo literatura. Leo ensayos. Pero este año leí dos buenos libros de ficción argentinos: En cualquier lado que es el último de Pablo Katchadjian, y El uso raro de nuestro lenguaje, de Ale Díaz B.

-¿Qué estás leyendo ahora?

-Releyendo El entusiasmo, de Remedios Zafra.

-¿En qué va la creación de una Biblia apócrifa?

-Es sólo un proyecto por ahora. Pero escribo el primer párrafo del Génesis y lo borro sistemáticamente. Lo retomo a los seis meses, lo escribo y lo vuelvo a borrar. Pero claro, hay una larga tradición que juega en mi contra.

-¿Echas de menos algo del anonimato?

-Nada. Gané la apuesta.

-¿Qué apuesta?

-Cuando iba a publicar mis primeros textos literarios en revistas, como en 2007, le hice una apuesta a un gran amigo. Era una época en la que los blogs estaban de moda y en el mundillo literario argentino todo se chismorreaba. Le dije que publicaría mis primeros cuentos con seudónimo. Él retrucó que no sólo era snob sino que inmediatamente alguien descubriría y diría en algún blog mi nombre real. Aposté a que duraría 10 años en el anonimato sin que mi nombre real figurara asociado en ningún lado a J.P. Zooey. Cuando cumplí esos 10 años y gané la apuesta quise aparecer. Luego el seudónimo permaneció como recuerdo de aquella apuesta.

-¿Qué ha sido lo mejor de mostrarse?

-No consumir energía en guardar un secreto.

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