Culto
Daniel Link: “La ‘buena conciencia’ y una cierta idea de ‘normalidad’ son los peores enemigos de las causas de los disidentes sexuales porque, en definitiva, aniquilan la potencia crítica de los movimientos”

Daniel Link: “La ‘buena conciencia’ y una cierta idea de ‘normalidad’ son los peores enemigos de las causas de los disidentes sexuales porque, en definitiva, aniquilan la potencia crítica de los movimientos”

Comienza en el GAM la Furia del Libro 2018, que por primera vez integra los Diálogos Latinoamericanos. Uno de los invitados es el escritor y crítico argentino, quien presentará sus libros Carta al padre (día 14, a las 20 horas) y La lógica de Copi (día 15, a las 19 horas), además de participar en el diálogo "Lo que amamos de la literatura chilena" (día 16, 18 horas).

En uno de los textos recogidos en Carta al padre y otros escritos íntimos (2002), —reeditado ahora en Chile (Alquimia, 2018), con el agregado de un recuerdo sobre Fogwill, por su muerte—, Daniel Link (1959) señala que al llenar los papeles de los departamentos de inmigración, no sin cierto fastidio por el entrometimiento, no le importa mucho la verdad de su identidad profesional y ha contestado según el humor del momento: “profesor”, “investigador”, “historiador”, “crítico cultural”, “artista”, “estudiante”, “editor”, “maestro”, “periodista”, “docente”, “trabajador de la cultura”, incluso “esquiador”. Cuando tuvo que decidirlo para otros géneros vinculados a su profesión, como la solapa de libro o la credencial en programas televisivos, optó por “catedrático y escritor”, palabras, según él “que describían a la perfección y sin error su vida entera (pasada, presente y futura)”.

Quizá no habría faltado a la verdad y sería más conciso si dijera: “lector”. Como afirma en La lectura: una vida (Ampersand, 2017), una suerte de autobiografía lectora: “No sé lo que soy, pero sé lo que he leído”. Allí narra su relación con los libros desde su niñez hasta su actual labor en cátedras universitarias. Más que un inventario de lecturas es un paseo por su vida y por maestros y amigos. Como muchas experiencias significativas el origen está en la infancia: de niño le diagnosticaron un problema neurológico, le dijeron a sus padres que nunca podría caminar, que quizá no sobreviviría. “Un niño moribundo que quería leerlo todo y por eso se aferró a la vida”. Y empezó a fatigar los ojos: El Principito (su primer libro “serio”), Sábato, Vallejo, incluso Sade, porque accede a partes de una biblioteca que un primo le heredó-vendió por un viaje. Y siguió leyendo profesionalmente en Ediciones de la Flor como editor y luego como profesor. La lectura: una vida, en todo caso, está estructurado como un homenaje a sus maestros, desde el colegio a la universidad: “Confesar lo que he leido no tiene ninguna importancia, mejor es consignar quién me llevo a hacer esas lecturas”.

Autor de novelas, poemas, e importantes libros de crítica, como Fantasmas (Eterna Cadencia, 2009) o Suturas (Eterna Cadencia, 2015), Daniel Link ha sido también editor de la obra de Rodolfo Walsh (1927​- 1977, desaparecido por la dictadura argentina). Y ha dedicado una detenida atención a Raúl Damonte (1939-1987, muerto a consecuencia del Sida), el nombre civil de Copi, el gran autor argentino afincado en París: historietista (famoso por la “mujer sentada” su célebre tira de humor gráfico que publicó en Le Nouvel Observateur y otras revistas), narrador, dramaturgo y actor, quien en vida lograba hacer de todo lo que tocaba no oro sino materia de escándalo. Producto de esa labor es el esperado libro de Link La lógica de Copi (Eterna Cadencia, 2017).

-Uno de los puntos recurrentes en sus libros es la vinculación de la vida con la escritura. ¿Es difícil separarlos en general o es una peculiaridad suya?, ¿de ahí su interés en los escritos “íntimos”?

-Tiendo a pensar que la escritura es un paso de vida, y que debe ser pensada como tal. En contra de las teorías autonomistas (en las que, por ejemplo, la ficción es soberana), me interesan más las teorías y las prácticas que ponen el acento precisamente en ese borde indecidible, en esa sutura entre la vida y la escritura. Si la literatura puede pensarse como una experiencia, creo, es precisamente porque lo que se hace en la literatura es una experiencia verdadera, con todo el alcance ético que eso puede llegar a tener. Hablo de “escritos íntimos” y yo mismo los transito, pero con la condición de pensar la intimidad como una pura “extimidad”, una exterioridad radical de uno mismo. La exposición (por eso mis novelas reunidas se llamaron Exposiciones), lejos de todo narcisismo, nos permite tomar distancia de nosotros mismos.

-Su libro Carta al padre y otros escritos íntimos reconoce recopila textos más bien inclasificables: podrían ser diarios o cartas, también poemas o incluso novela. ¿Qué es más difícil: hacer clasificaciones o escapara de ellas?

-Hoy en día, la clasificación (el algoritmo clasificatorio) es uno de nuestros grandes problemas. Porque he consumido tal cosa, se me asigna a una clase que probablemente quiera consumir tal otra. Escaparse de las clasificaciones es complejo, difícil, una tarea extenuante. Mejor sería suspender los sistemas clasificatorios. Un poco por eso, veo con cierta algarabía la clasificación maniática e indetenible. Todo puede subdividirse, en toda clase se puede establecer y pensar una partición todavía más infinitesimal. Sigamos adelante por esa vía que, finalmente, terminará disolviendo toda posibilidad de estabilizar a las pesonas en categoráis fijas.

-Cuenta cosas muy íntimas, como que es ciego del ojo izquierdo y, más revelador aún, que de niño prefirió no aprender a andar en bicicleta. ¿Nunca aprendió?

-Bueno, uno de los asuntos más problemáticos de la intimidad es la dimensión imaginaria en la que se funda. No todo lo que se escribe puede ser acreditado por la ciencia médica o por la historiografía. Acabo de renovar mi licencia para conducir. Mi vista es perfecta (al menos en lo que se refiere a manejar un auto).

-El “padre” de esas cartas es nada menos que Foucault: a quien se dirige como “Foucault”, “Michel” e incluso “Michelle”. ¿Lo considera uno de sus maestros, aunque no lo trató personalmente?

-Hay, en efecto, libros maestros, que nos acompañan de por vida, actitudes de escritura, posiciones de enunciación que intentamos continuar por cualquier vía. Foucault es uno de los nombres a los que me aferro. Deleuze es otro. Roland Barthes, el tercero. Pienso a esas figuras (completamente imaginarias) como amigos o como maestros distantes. Nunca los conocí, nunca me sometí a sus magisterios, pero de ellos he aprendido mucho.

Por supuesto, ellos me fueron presentados por maestros reales. En La lectura: una vida… he tratado de registrar esas deudas infinitas.

-Según ese libro, entre los maestros que sí trató se cuentan Enrique Pezzoni o Beatriz Sarlo…

-En efecto, de ellos lo aprendí todo, pero particularmente a pensar con generosidad las prácticas de la lectura.

-¿Serían otros maestros a quienes no conoció en persona Copi y Rodolfo Walsh? Al primero le ha dedicado un estudio y al segundo ha editado su obra…

-Seguramente sí, pero en un sentido muy diferente. No leo a partir de lo que Copi y Walsh me enseñaron, pero me imagino a mí mismo como escritor a partir de sus propios tormentos y sueños. Por ejemplo: Walsh subrayó cada vez que pudo que la novela le era ya imposible, pero no dejó de soñarla. Copi inventó mundos alternativos en los que no es seguro que pueda vivirse, pero vale la pena plantearlos como existentes, en todo caso, para poder darse cuenta de que el nuestro es invivible.

-De ambos libros se podría deducir que se puede hacer de la intimidad un asunto público y que la lectura puede ser una forma de resistencia política. ¿Es exagerado plantearlo así?

-Formar buenos lectores es formar lectores críticos. De modo que sí, no se puede pensar la resistencia política al horrrendo orden imperante sin buenos lectores que puedan leer en las fallas de los discursos hegemónicos precisamente su costado más sanguinario, más injusto. Deleuze escribió alguna vez, refiriéndose a Kafka: todo es político, empezando por las cartas a Milena. Lejos de la frase rimbobante, cualquier decisión que se tome en el ámbito de la casa (es decir en el registro de lo privado) tiene que ver con modos públicos de la imaginación en los que nos hemos educado y respecto de los cuales adoptamos posiciones.

-Entre las mutaciones de la época, ha analizado desde perspectivas teóricas y vitales la irrupción de la cultura de masas, que ya no parece objeto de controversia, sino la cultura triunfadora. ¿Cómo ve su estatuto actual y su relación con la llamada cultura letrada y la cibercultura?

-No sé. Una vez dije para un periódico chileno, que usó la frase para titular la entrevista: “La cultura de masas ha terminado”. Recordar esa bravata a la distancia me da un poco de risa y un poco de pena porque entonces creíamos que la cibercultura iba a retomar y potenciar el sentido crítico de la cultura letrada. Hoy no estoy tan seguro de que sea de ese modo.

-¿Cuál es la importancia de Copi? Dice en su libro que sería imposible considerar las líneas fundamentales de la literatura argentina contemporánea sin hacer referencia a su figura.

-Escribí eso, sí. Pero también me atrevería a decir que no se podría pensar la literatura latinoamericana sin referencia a su figura. Copi es poco conocido fuera de París y Buenos Aires. Pero cada vez que alguien lo descubre provoca un terremoto y un tsunami. Hay que reconstruirlo todo de vuelta.

-¿Podría explicar de qué manera Copi “propone una estética trans”?

-Por un lado, en lo más evidente, los personajes de Copi (en sus novelas y piezas teatrales) suelen ser transexuales o personas de género fluido. Pero no es sólo esto lo que a mí me interesó, sino la tran-sustanciación que se deja leer en sus obras mayores. Copi postula un universo transnacional y translingüístico. Ataca abiertamente las ideas heredadas de cultura para proponer unos emplazamientos comunitarios rarísimos. Finalmente, entiendo trans en un sentido histórico muy preciso: se trata de la realización de lo imaginario. Eso nos pide Copi, que volvamos real lo que imaginamos.

-En un momento señala que el título, La lógica de Copi, estuvo decidido antes que su contenido. ¿Hay algo de broma en referencia a la Introducción a la lógica, de Irving Copi?

-Por supuesto, de eso se trataba. Me molestaba que, al poner Copi en los buscadores, apareciera en primer término el manual de Irving Copi. Decidí operar en relación con ese nombre para desestabilizar las buscas en Internet.

-En una novela Copi enfrenta a los homosexuales ilustrados parisinos (entre los que ubica a Foucault, a quien “mata”) y una turba de queers mutantes. ¿Qué es lo que lo guiaba: el escándalo, el delirio, la tragedia, la libertad?

-Creo que Copi fue capaz de darse cuenta, muy tempranamente, de las capacidades del Estado y del capitalismo para incorporar aquello que se levantaba en su contra. La “buena conciencia” y una cierta idea de “normalidad” son los peores enemigos de las causas de los disidentes sexuales porque, en definitiva, aniquilan la potencia crítica de los movimientos. Es el confort: me siento confortable al haber obtenido ciertos privilegios que la historia me negaba. Pero la injusticia continúa en todas partes, en cualquier parte. Las amazonas hermafroditas brasileñas, que terminarán siendo selenitas, son una línea de fuga en relación con ese presunto confort.

-Se dice que Foucault alguna vez pensó escribir sobre la Eva Perón de Copi. ¿Es cierto?

-No, no es cierto. Aparentemente, lo que Foucault pensaba hacer es, en la línea de Esto no es una pipa, es un texto a partir de un dibujo de Copi. Lamentamos que ese proyecto no se haya realizado porque nos habría ahorrado tener que explicar al mundo la importancia de Copi. ¡Foucault es mejor propagandista que nosotres!

-Hace poco, casi medio siglo después de su estreno parisino, se estrenó en Buenos Aires Eva Perón, interpretada por el actor chileno Benjamín Vicuña. ¿Lo vio?, ¿qué le pareció?

-Vi Eva Perón en el Cervantes, sí. Se tomaron varias decisiones desacertadas. Una de ellas es haberle marcado a Benjamín Vicuña que hablara con acento argentino, lo que no era necesario (la pieza fue escrita en francés y así se estrenó, lo que significa que el acento tiene poco que ver en la pieza). Si Evita es desempeñada por un hombre, ¿cuál es el problema en que ese hombre tenga acento chileno? Esa restricción, me parece, le impidió a Benjamín Vicuña desplegar toda la locura que el personaje necesitaba y que, creo, él podría haber hecho si no hubiera tenido que estar controlando su manera de hablar. Más allá de eso, su desempeño fue impecable.

-En uno de los textos de Carta al padre… hablaba de años en que la corrupción deja de ser una categoría política para adquirir ribetes metafísicos. Me imagino que con todo lo que se ha sabido últimamente, en Argentina y en general en los países de la región, se reafirma en eso.

-No recuerdo haber escrito eso (lo que no significa que no lo haya hecho). En todo caso, las dimensiones metafísicas me resultan problemáticas. Tal vez quise decir, como Rodolfo Walsh en el caso de la tortura, que hay saltos cualitativos, cuando algo deja de ser un mero procedimiento o una mera estrategia para obtener un resultado y se convierte en algo que existe de por si.

Para nosotros, los argentinos, la corrupción se nos reveló no tanto como algo que permitía que el sistema político siguiera funcionando (como en cualquier otro país del mundo, no nos engañemos) sino como un fin en si misma, que paralizó el sistema político.

-Allí también recuerda que en Plataforma, Houellebecq había pronosticado una “guerra mundial” de Occidente contra el Islam. Si sumamos la mención de Copi, en El uruguayo, de un papa argentino, 40 años antes de que sucediera, ¿cree en las capacidades predictivas de la literatura?

-Una literatura que sigue prolijamente los lineamientos de la “realidad” y sus presupuestos culturales nunca será capaz de acertar en nada. Pero si un discurso postula meramente posibles, independientemente de las causas y procesos, seguramente va a acertar en algo. Como se dice: un reloj que no funciona, da por lo menos la hora exacta dos veces al día. Hay que mirar la hora cuando corresponde, eso es todo.

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