Culto
Sebastião Salgado, entre el dolor y la belleza

Sebastião Salgado, entre el dolor y la belleza

El fotógrafo brasilero fue escogido por el Museo del Hombre en Francia como centro de una exposición en honor a los 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La muestra recoge imágenes de sus 40 años de trayectoria que aluden a aquella carta.

“Esta carta nunca ha estado tan de actualidad y nosotros aquí lo sabemos por los migrantes de África del norte que intentan llegar a Europa atravesando el Mediterráneo. En esos barcos viene lo mejor de esas sociedades que dejan partir a sus talentos en busca de dignidad, trabajo, y una vida mejor”. Sebastião Salgado (1944), el reconocido fotógrafo brasileño, parece justificar frente a los periodistas que le escuchan en una gran sala del Museo del Hombre de París, por qué fue elegido como expositor principal de una temporada de seis meses en homenaje a los 70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que se firmó el 10 de diciembre de 1948, justo allí, en el Palacio Chaillot, al frente de la Torre Eiffel.

Lo dice delante de la fotografía de dos niñas africanas que participan de una campaña de vacunación de una ONG. Las pequeñas posan con el sufrimiento en el rostro: acaban de ser víctimas de la escisión genital. Arriba, en el muro desde donde cuelga la fotografía, un texto recuerda: “Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes”.

Ha sido Lélia Wanick Salgado, esposa del brasileño, la encargada de escoger 30 de sus fotos para ilustrar algunos de los artículos de la carta de los Derechos Humanos. Son tomadas de los reportajes que el ex economista realizó durante más de 40 años de viajes alrededor del mundo cubriendo conflictos, crisis políticas o movimientos sociales en la ex Yugoslavia, el Congo, Afganistán, India y otros sitios. Ver tanto sufrimiento hizo que incluso se enfermara en los 90 tras pasar una larga temporada cubriendo el genocidio ruandés. Lo salvó regresar a Brasil para reforestar las tierras que le heredó su padre, las que habían sido destruidas y fundar la ONG ecológica Instituto Terra.

“Los niños”, dice Salgado, con expresión preocupada, mientras camina hacia otra foto en que varios pequeños juegan en un patio enjaulado y rodeado de alambres de púa: “Son los hijos de refugiados vietnamitas y camboyanos que abandonaron Vietnam en los boat people. Las parejas llegaron sin niños pero fueron a prisión por ilegales y sus hijos nacieron en la cárcel, y allí se quedaron. Lo más increíble es que eso ocurrió en la ciudad más rica del planeta, como era Hong Kong en ese momento (años 90)”.

El tema migratorio toca de cerca al fotógrafo. “En Brasil, los migrantes de Venezuela fueron discriminados y maltratados por una razón puramente política, de oportunismo electoral, durante la pasada campaña presidencial”, dice.

Brasil le sirve de ejemplo también para ilustrar el artículo de la declaración que establece que “todos los seres humanos nacen iguales en derechos y deberes”. En otra de las instantáneas, de 1996, una treintena de bebés posan al sol en una terraza de un departamento de Sao Paulo que se les hace estrecha y hasta parece que casi se les escuchara llorar: “Cuando yo era joven en Brasil un 92 % de la población era rural. Hoy somos más de 92% de población urbana. Es como si hubieran puesto al país en un acelerador de partículas. Y estos niños fueron abandonados por padres que no tenían cómo cuidarles, darles de comer, y los dejaron en la puerta de una institución del Estado”, explica. “Somos iguales”, dice entre dientes, “pero hay algunos que son más iguales que otros”.

Salgado se aproxima a la imagen de un obrero que parece pequeño al lado de un grueso cableado, en 1987. “Este trabajador está modernizando las fábricas siderúrgicas de Dunkerque en el norte de Francia, instalando los cables que iban a controlar un gran horno que iba a dejar a miles de personas sin trabajo”, cuenta. El fotógrafo relata que “desde ese momento esa estructura más grande que una Catedral” pudo ser controlada automáticamente. Y ello provocó una crisis social, “miles de personas quedaron sin trabajo. Se buscaban jóvenes que sabían manejar las máquinas y las tecnologías, pero los proletarios sólo sabían trabajar con sus manos”.

Premio Príncipe de Asturias de las Artes, Salgado recuerda con nostalgia cuando llegó a Francia en 1968. Entonces, dice, “éste era un país de pleno empleo, con una economía equilibrada, que hacía venir inmigrantes. Pero en ese momento, perdió su clase media y comenzó un gran desequilibrio como hoy”. Su reflexión le trae de nuevo a la actualidad para explicar las destructivas manifestaciones del movimiento de los chalecos amarillos. Ese ”romper todo” cada sábado en París, asegura el fotógrafo, “es la expresión del desequilibrio. Es impresionante la desigualdad en esta sociedad. Los bancos y empresas ganan mucho y los pobres deben pagar impuestos; es increíble. El destruir no es una variable sino una constante social en Francia”, agrega quien fue reportero de las agencias Sygma (1974-1975), Gamma (1975-1979) y Magnum (1979-1994).

Autor controvertido, Salgado ha declarado varias veces que después de fotografiar la miseria, se desilusionó de la especie humana al punto de fotografiar la naturaleza en Génesis, su último gran proyecto. Pero la foto de una mujer india vestida de sari y llena de joyas le devuelve la sonrisa: “Lo siento, pero ninguna de ustedes señoras es tan bella como ella”, dice mirando a la trabajadora que cava un canal de irrigación en el Rajasthan indio en 1989. “Cuando hice esta foto sentí un orgullo tan grande de ser parte de esta especie. Somos violentos pero también constructores”, concluye.

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