Culto
Kintsugi de María José Navia: trozos de dolor pegoteados

Kintsugi de María José Navia: trozos de dolor pegoteados

Pese a que las historias individuales son densas y profundas, repletas de flecos, costurones y ataduras, la autora se las arregla para que no queden hilos al viento. Y en ello no apela al simplismo, que, por lo demás, sería una manera legítima de dar solución al relato general.

Kintsugi es el arte japonés de restaurar cerámicas y platos rotos dejando a la vista
intencionalmente las grietas, bajo la idea de que las reparaciones visibles ennoblecen al objeto en vez de afearlo. Si le hubiesen preguntado su opinión a Mario Praz, el grandísimo escritor italiano y coleccionista impenitente, la ocurrencia japonesa le habría parecido un disparate, ello considerando que pasó buena parte de su vida a la siga de los mejores restauradores europeos para que dejaran como nuevos una tacita rota o un marco desconchado. A María José Navia, en cambio, la concepción nipona le vino como anillo al dedo para titular su segunda novela, un relato en el que las vidas quebradas de los personajes se presentan minuciosamente a través del uso comedido de la palabra, la pericia narrativa y una sutil y reconfortante mirada femenina.

Kintsugi aborda la historia de tres generaciones de una familia chilena bastante típica en
apariencia: cuando se es niño se va al colegio, cuando se es joven se estudia y cuando se es adulto se trabaja.

No obstante, casi todos los individuos del grupo manifiestan peculiaridades de carácter o de
comportamiento que tienden a producir fracturas que con el paso del tiempo van profundizándose hasta llegar al quiebre. A veces la distancia entre cercanos marca espacios oscuros, que ni el pasado ni el presente ni el futuro podrán reparar: “No tiene idea de quién es su hermano.

Nunca lo ha sabido y el pensamiento le da vértigo. Qué cosas le gustarán, qué personas le
parecerán atractivas, qué pensará por las noches antes de quedarse dormido, qué le gustará de ser profesor, qué lo hará feliz o miserable”.

La novela está estructurada a lo largo de 11 capítulos más o menos breves, que en la mayoría de los casos podrían funcionar como narraciones independientes entre sí. Al momento de entrelazar episodios y vivencias, Navia también demuestra destreza en otra técnica de prolijidad japonesa: el zurcido.

Pese a que las historias individuales son densas y profundas, repletas de flecos, costurones y
ataduras, la autora se las arregla para que no queden hilos al viento. Y en ello no apela al
simplismo, que, por lo demás, sería una manera legítima de dar solución al relato general.

No, Navia apela al compromiso del lector, a su atención, algo que por supuesto es más arriesgado, pero que en este caso reporta beneficios para ambas partes.

Un padre que de un día para otro se mandó a cambiar dejando atrás a una esposa y a tres hijos
pequeños; una joven inquieta, ligeramente atormentada, que se involucró con un profesor de la universidad al que posteriormente denuncian por abusos ante un tribunal; un hermano mayor, desadaptado y dañado, que decide extirparse un enorme lunar al que con cariño en la familia llaman Manfred, cercenamiento destinado a seducir a una colega del trabajo; una abuela que se pasó la vida haciendo el bien al prójimo, aunque entre ese lote no figuraran sus hijos; una muchacha que tras doctorarse en una universidad estadounidense decide, como medida extrema para extender su visa en aquel país, someterse a un experimento demencial.

Éstos son algunos de los fragmentos con los que Navia compuso su kintsugi. El resultado final,
efectivamente, pasa a ser un objeto más bello que si la quebrazón original hubiese sido reparada a la manera europea. En cierto momento de la narración, una de las protagonistas se declara miembro de “una familia que no hacía preguntas”. La frase, en más de un sentido, alcanza ribetes siniestros y deja en evidencia grietas inocultables.

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