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Los mejores minutos de McCartney fuera de The Beatles

Los mejores minutos de McCartney fuera de The Beatles

Aburridos de Abbey Road y Londres, los integrantes de Wings escogieron el estudio de la EMI en Nigeria para grabar Band on the run, los mejores 45 minutos de Paul McCartney a la sombra de un monstruo de cuatro cabezas, ese que siempre amenazó con oscurecerlo.

El 29 de agosto de 1973, como se puede apreciar en las fotografías que acompañan la edición en vinilo de Band on the run, Paul McCartney, Linda Eastman y Denny Laine suben al vuelo BR-355 desde Gatwick, el aeropuerto de Londres, con destino a la capital de Nigeria.

Los sobrevivientes de Wings, ahora sin Henry McCullough y Denny Seiwell, renunciados por diferencias con Paul horas antes de volar, se disponen a cumplir con el compromiso de grabar un nuevo álbum durante el verano boreal para alcanzar a publicar antes de Navidad.

Paul, según explica su biógrafo Philip Norman, sentía que había agotado las posibilidades de los estudios británicos y estadounidenses, por lo que decidió grabar en un sitio más interesante y alejado, y le pidió a EMI una lista de sus instalaciones de grabación de todo el mundo.

Resultó que tenían un estudio en Lagos, la capital de Nigeria. Lo reservó para Wings durante la mayor parte de septiembre y se imaginó, según escribe Norman en Paul McCartney, la biografía: “La magnífica música y cultura africanas, el estar tumbado en la playa todo el día y luego aparecer en el estudio para grabar”.

Vida y muerte en Nigeria

McCartney fue, por así decirlo, un pionero y, como ocurre con muchos de estos, lo que encontró no era lo que esperaba. Veamos:

No imaginó llegar a la cabina de mando del avión y darse cuenta que ni el piloto ni su asistente parecían capaces de localizar la pista del aeropuerto de Lagos entre las neblinosas extensiones de la jungla que había debajo de ellos.

No había esperado llegar en plena estación de monzones, en la cual cada tarde traía consigo feroces aguaceros y gotas del tamaño de barras de hielo.

No pensó que viviría en una ciudad controlada por el represivo régimen militar del presidente Yabuku Gowon, responsable de un genocidio que costó la vida de un millón de personas.

Geoff Emerick, el ingeniero de sonido de Abbey Road que había trabajado con The Beatles, formaba parte del equipo de Wings que llegaba a Nigeria. Y fue todo un acierto: el estudio era tan precario que apenas poseía los equipos más básicos de grabación y mezcla y no había cabinas insonorizadas de grabación. Por lo que, bajo las instrucciones del ingeniero, hubo que construir antes de comenzar.

Mientras, los integrantes de Wings se instalaron en dos casas donde una era ocupada por Emerick y Laine, y la otra por los McCartney y sus hijas. Y asistían a un club para poder ocupar la piscina. Precisamente en uno de esos traslados, durante los primeros días en Lagos, Paul y Linda fueron asaltados mientras caminaban de noche al regresar al hogar.

“Más tarde, en el estudio nos dijeron que habíamos tenido mucha suerte”, diría Paul. “En Nigeria, el robo está castigado con la pena de muerte, de modo que con frecuencia los ladrones matan a sus víctimas para que no puedan identificarlos. Si hubiéramos sido locales, nos habría matado”, contó el ex Beatle a su biógrafo.

Esa noche Paul entregó a los ladrones una bolsa con partituras y maquetas en casete de pistas ensayadas en Escocia, las que pensaba usar como guía para las versiones terminadas en África. Sin embargo, durante sus primeros años componiendo canciones junto a Lennon, había adquirido la costumbre de memorizar todo lo que escribía, tanto la letra como los arreglos, de modo que el robo significó una demora, pero no una tragedia.

Fela Kuti y otro robo

En 1973, la música nigeriana se conocía poco y nada fuera de su continente. Su figura clave era el músico y activista Fela Kuti, que regentaba el club musical más importante de Lagos, el Shrine, donde tocaba junto a su banda, Africa 70.

Una noche de grabación, Paul visitó el lugar junto a Linda y Laine, según apunta Norman, “con la esperanza de que lo agazajarían, como pasaba en los blues de todo el mundo”.

Luego sigue: “En cambio, algunos de los músicos residentes empezaron a interrogarlo con una visible falta de admiración sobre las sesiones de grabación que tenían lugar en Wharf Road. Al día siguiente, Fela Kuti lo acusó en la radio de ‘robar’ la música y la cultura de Nigeria”.

La solución de McCartney fue invitarlo al estudio para escuchar el material grabado por Wings.

Allí, entre los borradores de Band on the run, el músico africano reconoció que no había rastros de que hubieran robado cultura nigeriana.

El disco, de hecho, “no contiene el más mínimo murmullo de Nigeria”, asegura el biógrafo de McCartney.

Celebrando a Picasso con Ginger Baker

En Lagos hubo otro amago de encuentro musical complejo. Ginger Baker, el legendario baterista de Cream, se había instalado en Nigeria con un estudio de grabación en sociedad con Fela Kuti.

Era un hecho conocido que el baterista estaba profundamente ofendido porque Wings no iba a utilizar su estudio ARC.

Para prevenir cualquier problema potencial —Baker se iba muy fácil a los puñetazos—, McCartney aceptó grabar un tema allí, “Picasso’s last words (drink to me)”, y así fue como se conmemoró la muerte del artista al estilo hillbilly.

Mientras el monzón azotaba el tejado y un baterista de barba pelirroja, famoso por arrojar sus baquetas como si fueran misiles, proporcionaba la más suave de las percusiones de su vida con una lata llena de pequeñas piedras, como en un guiño a Sgt. Pepper, las piezas de la obertura se repiten en versiones más suaves y nostálgicas al final: “Picasso’s last words (drink to me)” pasa del country a una dramática ejecución orquestal, para transformarse en un programa radial francés y finalmente en un canto colectivo de pub.

Un capítulo llamado Linda

Más allá de la expectativa, McCartney luchaba contra sí mismo en Band on the run. Si algunos todavía se preguntaban si Paul podía tomar vuelo como solista, su quinto disco en solitario después de The Beatles zanjó la discusión para siempre.

“Con los Wings, McCartney armó el tipo de performances extravagantes que nunca pudo montar con los Beatles”, dijo Rolling Stone después del debut en vivo de Band on the run, un álbum grabado hasta el más mínimo detalle por el hombre de “Jet”; pero lo siguiente ocurre antes.

En 1968, Linda deslizó su número de teléfono en el bolsillo de Paul McCartney en una fiesta en Nueva York. Lo que comenzaba como una aventura entre una joven fotógrafa y una estrella de rock mundialmente conocida, al poco tiempo maduró para transformarse en un matrimonio con hijos.

Ella se convirtió en el tema preferido de las canciones de él, desde el shock ante la llegada del amor en “Maybe I’m amazed”, de 1970, hasta los temores otoñales de “Somedays”, de 1997.

Como integrante de Wings fue resistida por los críticos. “Dondequiera que Wings aparecía, Linda recibía críticas y burlas con una bilis que antes se había reservado para Yoko Ono. Los críticos de pop soltaron oleadas de desprecio por su tenue voz y por la cuidadosa manera en que los músicos de verdad de Wings camuflaban sus limitaciones como tecladista”. “Creo que [las críticas] eran justificadas. Yo no tenía ninguna preparación y todavía estaba aprendiendo a tocar el piano cuando empezamos. Ahora sí sé acordes, tengo cierta facilidad con la música y de verdad que me encanta, así que no creo que la gente me ataque tanto”, respondía ella. Aunque luego fue aceptada, ya a la altura de Band on the run.

Fue, hasta su muerte en 1998 por un cáncer de mama que se extendió a su hígado, esposa de McCartney, y hasta 1981, cuando la banda se disolvió, integrante de los Wings.

La banda se fuga

Luego de un asado en la playa —todavía no aparecía el McCartney militante vegetariano— con todo el equipo del estudio de EMI de Lagos, Wings regresó a Londres para terminar el disco en los estudios de George Martin.

Fue en AIR que los McCartney grabaron los arreglos orquestales de Tony Visconti, notorios en “Jet”, un tema que abre con vientos majestuosos antes de explotar con guitarras glam rock, sintetizadores distorsionados y un estribillo de una sola palabra para hacer temblar las ventanas.

Otro punto alto del disco es la canción que lo nombra, una suite con muchas partes que parece un guiño a escapar del pasado (“si alguna vez salimos de acá” era una frase atribuida a Harrison), además de “Let me roll it”, una de las canciones más crudas de McCartney, con una guitarra blusera y cortante y voces cargadas de reverb que recuerdan a un ex colega, o “Bluebird”, esa melodía agridulce empujada por una guitarra que titila como bossa nova sobre percusiones suaves del músico nigeriano Remi Kabaka.

Band on the run se lanzó en diciembre de 1973 y se convertiría en el disco más vendido en Reino Unido en 1974. Los principales críticos de rock —que antes acusaron agotamiento creativo en McCartney— competían ahora en ponerlo por las nubes.

Escribe Norman: “Aquellos que habían expresado un mayor desprecio por su sociedad musical con Linda eran los que la aplaudían y la aprobaban con mayor vehemencia. En Rolling Stone, Jon Landau lo describió como ‘una declaración personal compuesta con gran cuidado y diseñada de una manera tan elaborada que hará imposible volver a calificar a McCartney de mero estilista”.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars