Culto
Señas resplandecientes

Señas resplandecientes

Carlos Cabezas celebró anoche en el Teatro Biobío los veintiún años de El resplandor, su debut en solitario.

Con cada saludo al aniversario de un disco se homenajea también tácitamente a una época, a sus pulsos y sus énfasis. Los de la segunda mitad de los años noventa quedaron registrados en álbumes más famosos que El resplandor, pero no tan eficaces hoy para una referencia. Carlos Cabezas publicó en 1997 lo que entonces tenía sobre todo la contundencia del gesto de debut solista para un músico conocido por más de una década de trabajo previo en el grupo Electrodomésticos, pero puede apreciarse ahora como el inteligente compendio del sentir de un momento, en sus fortalezas y ambiciones.

La celebración —única y sin repetición en Santiago— de los veintiún años de salida de El resplandor tuvo la noche del sábado en el Teatro Biobío ese valioso cruce de homenaje y reconocimiento generacional. Una banda con cuatro (de cinco) músicos penquistas saludaba por una parte a la ciudad en la que ese álbum se había presentado en 1997, pero era el vigor de esas canciones, de sus envolventes atmósferas eléctricas y la marcha firme de la base rítmica, del canto solemne y urgente de Cabezas lo que instalaba otra vez la ambición y conciencia de avance de años de definición para la música chilena toda, y que tuvo en el trabajo de este álbum en específico —destacado moderadamente en radios por los singles “Bailando en silencio” y “Lo mejor de ti”— señas de madurez que el tiempo confirma.

La interpretación de El resplandor completo y con sus temas en el orden del disco —algunos de ellos, no mostrados en vivo en los shows de su autor desde hace dos décadas— soltó al fin la emoción de un trabajo que en su momento se apreció como el artefacto bien articulado de un músico de oficio, pero que ahora ya puede valorarse en su carga de crudeza, de honestidad y de noble colaboración entre piezas. En tal sentido, los valiosos diálogos entre las guitarras de Mauricio Melo y Paolo Murillo —las cuerdas están para lucirse en temas como “Newfastacar” y “Eso tiembla”— tuvieron hacia el final del show el espejo de una sorpresa de verdad conmovedora cuando a los dos últimos temas (ya en el encore con repertorio de otras grabaciones) se sumó el baterista Pancho Molina, que en pulso combinado con Edita Rojas (Electrodomésticos) instaló de modo inmejorable esa marcha solemne que sostiene gran parte del trabajo de Cabezas solista, y de su primer disco en particular. El cierre, con Molina aún en el escenario, se anunció como “un tema local”, y entonces vino una versión (aún más) oscura de “Bolsa de mareo” de Los Tres, que Molina probablemente no tocaba desde su salida de la banda, hace dieciocho años. Había algo exuberante en un escenario con dos baterías a toda marcha, con varios músicos de largo oficio en un cruce circunstancial e irrepetible, en un espacio magnífico como el del nuevo teatro regional pensado por Smiljan Radic: quizás los años noventa tuvieron la torpeza de lo que se va haciendo sobre la marcha pero también la contundencia de un arrojo sin cálculo, del que El resplandor, como disco, ofrece luces aún encandilantes.

* Fotos: Mariana Soledad.

Sobre el autor:

Marisol García |
Es periodista de investigación en música popular chilena. Su libro Llora, corazón: el latido de la canción cebolla (2018, Catalonia/CIP-UDP). obtuvo el Premio Pulsar a la Mejor Publicación Literaria 2017. En 2018 publicó la crónica biográfica Claudio Arrau por editorial Hueders.