Culto
Werner Herzog: “Mis libros sobrevivirán a mis películas”

Werner Herzog: “Mis libros sobrevivirán a mis películas”

El cineasta alemán estuvo hoy en La Ciudad y las Palabras de la Facultad de Arquitectura de la UC, donde habló al aire libre debido a la alta demanda de público. Locuaz y provocador, el director de Fitzcarraldo se refirió a su rechazo visceral a las teorías y habló de su nuevo filme parcialmente filmado en Chile.

Llegó poco después de las 19.30 y lo recibieron como un rockstar. Aplausos varios, gritos, chillidos, gente parada sobre las sillas. Werner Herzog (1942) miraba con expresión algo sorprendida, vestido con su usual pantalón outdoor de múltiples bolsillos y su polera gris. Era el inicio de su presentación en La Ciudad y las Palabras en la Facultad de Arquitectura de la UC. Con una asistencia cercana al millar de personas, es probable que esta haya sido la más pop y masiva de las presentaciones de todo el ciclo. Entre quienes asistieron estaba el arquitecto Alejandro Aravena, el cineasta Ignacio Agüero y el sociólogo Eugenio Tironi.

Hombre criado sin agua potable ni luz eléctrica hasta los 14 años, el alemán es una especie de intelectual salvaje. Una especie de amante de la naturaleza insolente que siempre tiene un libro bajo el brazo. Y sobre todo que antes de ver películas recomienda algo que cualquier mortal debería seguir casi como un mandamiento: leer.

Es más, hoy repitió el verbo casi como un mantra, hasta el infinito: leer, leer, leer. “Lean. Si no leen podrán ser cineastas, pero serán mediocres”. El gran director de cine alemán que con Fitzcarraldo (1982) y Aguirre, la ira de Dios (1973) le enseñó a los espectadores que el Amazonas podía ser un héroe y un villano, tiene en la práctica 70 películas y dos libros de culto. No lo ha dicho, pero probablemente cambiaría toda su filmografía por el placer de escribir hasta siempre. Hoy lo dejaba claro a través de la siguiente frase: “Mis libros sobrevivirán a mis películas”. Pero también a través de otra algo más sombría: “Ojalá hubiera escrito más, pero siempre estoy filmando”.

Precisamente en La Ciudad y las Palabras, leyó extractos de uno de aquellos libros. Tal vez el más recordado: Del caminar sobre hielo (1978), que reconstruye el viaje a pie que hizo en 1974 desde Munich a París para visitar a su amiga moribunda Lotte Eisner, historiadora del cine. Se sabe que el realizador alemán es un hombre de voluntad fuerte y el resultado de aquella travesía fue legendario: después de cubrir a pie 800 kilómetros en pleno invierno europeo, Lotte Eisner se recuperó milagrosamente.

“Lotte Eisner fue muy importante para mí porque, entre otras cosa, le dio legitimidad a la cultura alemana en el mundo. Ella había huido de la Alemania nazi. Un francés me dijo que se estaba muriendo en París. Tomé el tren, pero a lo diez minutos me bajé del vagón y me dije a mi mismo que me iría a pie, en pleno invierno”, decía hoy. “Nunca le dije que me había ido a pie. Llegué y estaba viva. Vivió nueve años más, de hecho”.

Para el realizador, la hazaña tiene el rostro del esfuerzo y la puesta en práctica. No cree en las plegarias ni en las teorías, pero sí en lo táctil. No apuesta por las escuelas de cine, pero sí por los talleres que él hace y que son puro ejercicio en terreno, con diez días de trabajo intensivo. Y dentro de toda aquella praxis vigorosa e incansable, la literatura emerge como un recodo, un remanso a la vuelta del camino. Lo recordaba hoy: “Para mí la literatura es mi refugio. Otros tienen la religión o las drogas, pero yo tengo los libros”.

Enemigo de la teoría

Presente en Santiago desde el viernes 23 en la noche, Werner Herzog aprovechó antes de pasar algunos días en la Patagonia. Durante el fin de semana visitó Valparaíso y después de su participación de hoy en La Ciudad y las Palabras iba a viajar directamente a Europa.

Antes estuvo en la Patagonia, en Punta Arenas y en la Isla Navarino. Ahí terminó de filmar una película para la BBC sobre el gran escritor británico Bruce Chatwin (1940-1989).

“Bruce Chatwin fue mi amigo y antes de morir me regaló su mochila, que aún llevo conmigo”, dijo, mostrando el viejo bolsón de cuero del autor de Patagonia. “Fui a la cueva del Milodón en el sur de Chile. También entrevisté a la última mujer yagán, ella es parte de la película”, dijo Herzog.

En sintonía con su espíritu al aire libre, el cineasta prefirió ir al Santuario de la Naturaleza en Lo Barnechea que asistir a los museos de rigor de la capital. Y en esa misma sintonía con la acción en contraposición a las teorías, tuvo algunas observaciones singulares ante los académicos de arquitectura.

Dijo, por ejemplo, que no concebía aquella profesión sin una buena práctica en la obra gruesa. “Creo que antes de estudiar arquitectura, los interesados deberían necesariamente pasar por un período obligado de trabajo en la construcción, haciendo mezclas de cemento, pegando ladrillos, llevando carretillas”, afirmaba. “Lo mismo me pasa con la medicina. Antes de ingresar a aquella carrera, los postulante tendrían que pasarse medio año conduciendo ambulancias y atendiendo las urgencias en el momento”.

Siempre dispuesto a provocar, también aprovechó en ese momento de disparar contra las escuelas, las teorías y la falta de imaginación. “Odio el movimiento arquitectónico de la Bauhaus, que es tan reverenciado por los arquitecto, como si fuera una vaca sagrada. Es un estilo funcional a las necesidades y es el epítome de un tipo de obras muy desagradables en Nueva York. Para mí, la arquitectura debería ser otra cosa. Tendría que despegarse de la realidad y ser capaz de sorprendernos con cuestiones nunca vistas, como por ejemplo lo que hace Ryue Nishizawa en Japón. El es un ejemplo de las posibilidades heroicas que tienen los arquitectos de hoy”.

Enemigo de las escuelas de cine y de la educación formal en los colegios, Herzog recordó además que su gusto por el cine y los libros no tuvo nada que ver con la academia. “No me gustan los libros de teoría de cine, prefiero gastar el dinero en otra cosa”, comentaba. Y añadía. “Pero tampoco me gustaba la enseñanza sobre literatura en el colegio. Creo que la manera aburrida que tenían de enseñar el Fausto de Goethe me hizo odiar la poesía en esa época, Ese tipo de cosas sólo daña las artes”.

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