Culto
Cronwell Jara: “Vargas Llosa siempre ha sido muy déspota con los autores peruanos”

Cronwell Jara: “Vargas Llosa siempre ha sido muy déspota con los autores peruanos”

El autor del elogiado ejemplar Montacerdos, nacido hace 68 años en Piura, habló en su primera visita a Chile, de su trayectoria y de su próximo libro que retrata a su generación. Además, recuerda cuando conoció a Jorge Teillier y Pedro Lemebel, en Lima.

Fue su primera vez en Santiago de Chile. El escritor peruano Cronwell Jara (68) llegó pocos días antes que terminara la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa), que finalizó el 11 de noviembre. Perú fue el país invitado de honor y Jara aterrizaba en la capital como un narrador de culto que cada vez suma más lectores en Latinoamérica.

Nacido en Piura, en 1949, el autor de Montacerdos, breve novela publicada en 1981, es testigo de una generación que emigró del campo a la ciudad a temprana edad, a mediados del siglo XX. El protagonista de Montacerdos es Yococo, un niño “huesudo, pálido, hecho como a pedradas”, con una herida en la cabeza que crece, y que monta su cerdo llamado Celedunio.

“Antes que Yococo cabalgara con maestría nunca vista su cerdo el Celedunio, en la carrera de cerdos; antes que los caballos de la policía le quebraran los huesos y fuera llamado por ahí como el inmortal…”, así comienza Montacerdos y la narración de la precaria vida familiar de Yococo junto a su madre Griselda y su hermana Maruja.


-Su libro Montacerdos ha sido objeto de estudios. Incluso algunos la comparan con Pedro Páramo, de Juan Rulfo. ¿Qué opina?

-El otro día descubrí que su escritura comenzó el 9 de marzo, de 1978. Yo tenía 28 años. Esto porque un académico de una universidad de Estados Unidos (Julio Ortega) me pidió copia de los originales. Me dijo que allá me tenían al lado de Julio Cortázar, Borges, Juan Rulfo, José María Arguedas… Eso sí fue un piropo. Pero lo cierto que yo quiero seguir escribiendo, mi ego no funciona ahí. Montacerdos es mi vida, esos personajes son reales. Nosotros montábamos cerdos. Ahora, mi papá era de origen rico, pero se escapó de la hacienda a los 15 años porque sus padres se separaron, se fugó y se fue a la guerra de Colombia, en 1931, donde Perú pierde terreno sin disparar una bala. Después en el conflicto con Ecuador mi papá estuvo de enfermero. A él no le gustaba matar gente, sino curar gente.

-¿Y usted cuándo se fue de Piura?

-A los 6 años, porque mi padre fue llamado para que sirviera en emergencia en el Hospital Militar en Lima. Mi padre era de origen alemán, alto, de ojos claros, todo un gringo. A pesar de ser un militar, nunca nos maltrató. Mi madre era la que nos perseguía con la correa.

-Ha dicho que su abuela, Ruperta Calle, fue importante en la narración de las historias, ¿no?

-Era ella una campesina que no sabía leer ni escribir, pero que sabía más que cualquier ingeniero agrónomo. De niño me tenía en su regazo y me contaba todas sus historias. Ella sabía en qué tiempo había que sembrar café, maíz, una sabiduría única… Las historias de bandoleros me las contaba ella. Entonces una vez cuando niño, me preguntó mi padre, qué quería ser cuando grande. Le dije: “Quiero ser escritor para contar las historias que ustedes cuentan”.

-Es cierto que a los 18 años ya había escrito una serie de novelas y las quemó…

-Yo escribía desde los 8 años y pensaba que era un invento mío y que nadie más lo hacía. Entonces a los 13, 14 años, yo tenía cajas de fábulas, poemas, cuentos, novelas… Los esclavos de la hacienda San Sebastián, recuerdo un nombre, siempre me interesó el mundo de la negritud y los esclavos. Mis padres me compraron una máquina de escribir, enciclopedias, y yo seguía creando sin saber todavía qué era la literatura. Pero cuando ingresé a estudiar Literatura en la Universidad de San Marcos, es cuando me comparo con Hemingway, Edgar Allan Poe, Antón Chéjov, Guy de Maupassant… Y ahí dije esto que he escrito no sirve y corrí a quemar esas cajas.

-¿Cómo recibió el homenaje de la editorial chilena Montacerdos, quienes la bautizaron con el nombre de su libro?

-A esos, en Lima, ¡los quisieron masacrar! Viste que no piden derechos (de autor) y los de Lima son jodidos. Lo cierto que yo me enteré por los periódicos que ocurriría una presentación de la editorial. Una emoción grata. Y sin que me invitaran fui a la Feria del Libro de Lima, entonces en el camino amigos me incitaban para que los recriminara. Y cuando llegué a la presentación, había un auditorio con palomillas, muchachos reunidos carboneros, camorreros… Entonces los chilenos se pusieron nerviosos. Y ellos me invitaron a compartir la presentación. Después nos fuimos para mi casa con los muchachos de la editorial y conversamos, tomamos vino, oímos música, nos reímos y nos hicimos amigos.

-¿A qué escritores chilenos conoció en Perú?

-A Pedro Lemebel en Lima. ¡Linda y magnifica persona! Todo el mundo se encariñaba con él. Yo estaba con mi compañera, y cuando llegó un día toda pintarrajeada con sus aretes, pues yo no sabía cómo era él, su carácter y modo de ser. Aunque lo había leído. Pero yo soy tímido por naturaleza y él gritaba: “¡Quiero conocer a Cronwell Jara!”. Yo no sabía dónde esconderme. Pues fue de película nuestro encuentro. Nos abrazamos y traía su edición de Montacerdos, de Metales Pesados.

-¿Y también estuvo con Jorge Teillier?

-Claro, cuando fui a visitar a la cárcel a Sybila Arredondo. Ella me mandó a llamar porque me quería conocer, por ser el autor de Montacerdos. Y además había leído Las huellas del puma. Ella cayó como senderista, pero allá nadie creía que era senderista (estuvo 15 años en prisión acusada de militar en Sendero Luminoso). Entonces yo fui. Me trataron muy mal en la cárcel. Ahí estaba Jorge Teillier, Carolina Teillier (hija del poeta y Arredondo), estaba Arístides Arguedas, hermano de José María Arguedas. Nos abrazamos con Sybila. Hubo mucho cariño.

-¿Cómo es su relación con autores peruanos como Mario Vargas Llosa?

-Vargas Llosa siempre ha sido muy déspota con los autores peruanos. Cuando él ya era consagrado, yo tenía unos 18 años. Tengo fotos con él, pero siempre fue distante. Nosotros le apestábamos, le olíamos mal. Y él no quiere sombras, no quiere nadie a su lado, salvo estar con los mediocres porque ahí se siente un rey divino.

-¿Sobre qué escribe actualmente?

-Sobre mis años en la Universidad de San Marcos y eso significa hablar de los años 70, 80 y 90. Partiendo por el golpe militar de Juan Velasco Alvarado, en 1968, y los saqueos posteriores. Una de las tesis de la novela es que vivimos en un mundo violento desde los Incas, y que los gobiernos son siempre antipopulares, pro oligarcas y buscan el beneficio para ellos. La universidad que estaba desamparada, no perdió prestigio, incluso era muy cosmopolita, pero estaba en muy mal estado. Otro hilo de la trama es que los amigos se mueren y yo soy un sobreviviente de más de 50 personas de esos años, incluyendo a mis profesores. Entonces yo soy una especie de fantasma que registra la novela. Se llamará Molotov suite en el patio de letras.

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