Culto
House of cards: el fantasma de Frank Underwood

House of cards: el fantasma de Frank Underwood

Una de las mejores series de la década recibió un tiro mortal en pleno vuelo y trató de aterrizar como pudo en la última temporada estrenada en Netflix. Nada de spoilers pero se puede decir esto: te extrañamos Frank.

La última escena de House of cards no solo es un tributo a La Piedad de Miguel Ángel, sino una conexión directa con la primera secuencia de hace cinco años cuando Frank Underwood se acerca a un perro atropellado para liquidarlo con sus propias manos, mientras explica directo a la cámara la existencia de dos tipos de dolor:

a) Aquel que nos fortalece

b) El que solo ofrece sufrimiento.

“Yo no tengo paciencia para las cosas inútiles”, dice Frank mirándote por primera vez a los ojos.

En un punto de esta sexta temporada Claire Underwood (Robin Wright), convertida en la primera mujer presidente en la historia de Estados Unidos, alude a esa moral en una de varias conversaciones que sostiene con Doug Stamper (Michael Kelly), ahora su enemigo mortal. Para la revista Esquire, Doug siempre fue el verdadero protagonista de House of cards. Discutible. Difícil soslayar a Frank aunque Doug suma a favor la credibilidad de su carácter en las fauces de la política, en una serie que se hizo cada vez menos verosímil hasta alcanzar ribetes teatrales no siempre logrados, sobre todo en esta temporada. Stamper es una gran encarnación del operador político, el tipo tras las sombras encargado del trabajo sucio, el que ejecuta, quien parte los huesos de los rivales dispuesto a limpiar los restos en beneficio de un líder en el que cree ciegamente.

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Citado en la mayoría de las escenas claves, Frank se transforma en una sombra gigante asfixiando al resto de los personajes a pesar de su ausencia física, como si todo el ciclo fuera una especie de duelo por su muerte rodeada de misterio. Víctima número uno de la pesada herencia del ex protagónico, una robótica Claire sin mayores matices. Rompe la cuarta pared hablándonos directamente tal como lo hacía su marido; flashbacks recargados de teatralidad tratan de explicar su carácter desde la infancia, mientras otros recuerdos de juventud menos ampulosos y mejor resueltos explican que al momento de emparejarse con Underwood su deseo en la vida era no sentirse limitada por ser mujer.

La batalla de Claire desde el liderato del imperio es por el control total. No quiere recibir más órdenes, menos de esos hombres que le han dicho toda la vida qué hacer. Aquí el guión muestra habilidad al incluir la temática de género contingente sin tomar partido. En la política, reitera House of cards, todo representa un medio para acumular poder.

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Es probable que VEEP e incluso Scandal, la primera desde la comedia y la segunda en formato culebrón súper producido, sean más verosímiles en retratar los hilos al interior de la Casa Blanca que House of cards. En esta temporada hay una debilidad por las escenas presumidas de belleza artística y elementos de diseño con escasos diálogos. A veces se hace difuso saber sobre qué y de quién hablan, sugiriendo una complejidad en la trama que no es tal. Como ha ocurrido en cada temporada siempre surge un empresario que encarna brutalmente la visión del sector privado cuyo poder y moral es prácticamente un cogobierno. Esta vez se trata de la familia Shepherd, con los hermanos Bill (Greg Kinnear) y Anette (una excelente Diane Lane), dispuestos a sacar a Claire de la presidencia como sea.

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A pesar de plantearse como el término de la serie, el último episodio deja la sensación de un cierre de temporada antes que un punto final. Quedan muchos hilos sueltos que perfectamente habrían permitido un ciclo habitual de 13 capítulos y no solo ocho. Kevin Spacey, responsable de la peor salida del clóset que la cultura pop recuerde, terminó matando la serie antes de tiempo. El personaje de Claire avanza como la novia en Kill Bill ajustando cuentas sanguinarias pero sin el carisma de la guerrera con katana. A ratos hay vértigo como en los días en que House of cards catapultó a Netflix hace ya un lustro como una alternativa a la tiranía del cable, pero es solo un recuerdo fugaz de las mejores épocas de este drama sobre poder y ambición.

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Esquire se la juega por Doug y uno cree en Frank como eje de la trama. Sin embargo, el alfa y el omega de House of cards radica en mujeres. En este ciclo final Claire detenta el poder mientras el origen de la saga se remonta al 4 de junio de 1987 cuando la primera ministra Margaret Thatcher despidió a Michael Dobbs, un líder conservador y operador político clave en su gobierno que la asistía desde antes que asumiera el poder. La Dama de Hierro se enteró que no ganaría las siguientes elecciones y descargó su ira en su asesor echándolo. De vacaciones en Malta para pasar el trago amargo, Dobbs escribió FU en un papel. Ese “jódete” original se convirtió en las iniciales de Francis Urquhart, el político protagonista de su novela publicada en 1989, que en la ficción sucedía en el cargo a Thatcher. El libro se convirtió en serie para la televisión de la BBC en 1990 -una de las 100 mejores producciones inglesas para la pantalla chica según el British Film Institute-, donde el original Francis ya miraba a la cámara para convertirnos en cómplices de la danza de egos y secretos orquestada en su beneficio.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras