Culto
Lucho Gatica: sus cumbres discográficas

Lucho Gatica: sus cumbres discográficas

Selectivo en colaboradores y en la conformación de equipos de trabajo, Lucho Gatica dejó pruebas discográficas de que su buen criterio en estudio era uno más de sus talentos.

Quizás haya llegado al fin el momento de ordenar de algún modo la valiosa discografía de Lucho Gatica, tan vasta como hoy impesquisable. La gran cantidad de grabaciones, ediciones y reediciones con su nombre en la carátula han dejado su legado musical repartido entre formatos, etiquetas, países y antologías de no siempre rigurosa factura que hacen urgente un barrido metódico que facilite el acceso, ahora muy limitado en oferta digitalizada. Una discografía remozada del rancagüino ayudaría a diferenciar su paso por el bolero pero también por otros géneros, y constatar la altura de sus colaboradores.


Canciones de huasos y gauchos (1959)

El fornido cuarteto de guitarras dirigido por el magnífico Humberto Campos le imprime a este disco de tonadas, cuecas cuyanas y zambas (también hay una vidala, un vals y una versión para la habanera “Una pena y un cariño” y otra para el tango “Uno”) confiable credibilidad como estampa de uno y otro lado de Los Andes. Lucho Gatica integró aquí repertorio tradicional, como “Yo vendo unos ojos negros”, y de compatriotas que le merecían especial respeto, como Luis Aguirre Pinto (“Camino agreste”) y Clara Solovera (“Chile lindo”). Incluso en las canciones típicas, el rancagüino consigue instalar su estilo sentimental de vocales extendidas, pausas de suspenso y apariencia de requiebro nostálgico, porque le sale arrebatado hasta el “… ¡pucha, que es linda mi tierra!”.


Lucho y Lara (1960)

Tuvo una edición estadounidense con traducción de título (Lara by Lucho), pero lo notable de este álbum no estuvo en ese traspaso sino en la relevancia de su gesto pionero: muchos intérpretes habían grabado ya canciones del enorme Agustín Lara (1897-1970) pero fue a Lucho Gatica a quien primero se le ocurrió hacer un disco completo, con la admiración como impulso. “Para mí fue el compositor más completo que tuvo México”, dijo una vez sobre una personalidad cultural cuyo repertorio citado en el disco ahorra explicaciones: “Farolito”, “Solamente una vez”, “Mujer”, “Noches de Veracruz” y por cierto “María Bonita” son algunos de los doce temas citados en una magnífica producción con orquesta a cargo de José Sabre Marroquín, habitual colaborador en México, y arreglos con crédito al chileno Joaquín Prieto, el autor de “La novia” que su hermano Antonio volvió inmortal.


Inolvidables con Lucho Gatica (1958)

Si es el bolero el recurso más citado en estas horas de homenaje y obituarios, valga considerar que hubo músicos destacados en otros géneros que reconocen en Lucho Gatica a un pivote. El guitarrista carioca Carlos Lyra ha detallado que no sólo el samba y el cool-jazz fueron determinantes para el nacimiento de la bossanova, sino también el bolero mexicano, y agradece a este disco de banda reducida (dirigida por el guitarrista mexicano Arturo Castro) haber desplegado a los compositores mexicanos definitivos de la primera mitad del siglo: Agustín Lara (“Noche de ronda”), Gonzalo Curiel (“Tú”), Consuelo Velázquez (“Verdad amarga”) y Alberto Domínguez (“Frenesí”), entre otros. “Inconscientemente todos los compositores de la bossa nova estábamos contaminados de bolero, todos”, recalca Lyra en vieja entrevista, en la que explica que la samba-canción suya, de João Gilberto, Tom Jobim y otros cercanos es el equivalente al bolero brasileño: “Nunca nadie hizo una declaración de esta verdad fundamental, ¡fundamental! ¡La presencia del bolero es tan obvia!”.


Con Roberto Inglez y su orquesta (1953, Odeon)

Aunque sólo sea para destacar sus años de sociedad con Roberto Inglez (1917-1977), este EP contiene la cumbre de la colaboración en estudio del cantante chileno y el pianista y orquestador escocés, en las versiones trabajadas por ambos en Londres para “Las muchachas de la Plaza España” y “Bésame mucho” (además de dos sambas, cantadas en portugués), en los estudios entonces llamados EMI (más tarde, Abbey Road). Es un vuelo sugerente y de carácter el de estas canciones en las que la voz de Gatica se adelanta diáfana sobre una base instrumental profunda y sobria, aunque llena de detalles en cuerdas y vientos. Fue tal la conexión musical entre ambos, que Inglez (aún Roberto Inglis) decidió por Gatica su mudanza a Santiago, para acompañarlo en recitales y establecer futuros contactos que lo marcan como un nombre fundamental de la producción discográfica chilena.

Sobre el autor:

Marisol García |
Es periodista de investigación en música popular chilena. Su libro Llora, corazón: el latido de la canción cebolla (2018, Catalonia/CIP-UDP). obtuvo el Premio Pulsar a la Mejor Publicación Literaria 2017. En 2018 publicó la crónica biográfica Claudio Arrau por editorial Hueders.