Culto
La ciudad y las palabras: el método de Che Sandoval

La ciudad y las palabras: el método de Che Sandoval

La llegada a salas de Dry Martina trae de vuelta al realizador de Soy mejor que voh, un nombre esencial del cine chileno de la última década. Coproducción con Argentina, la cinta ofrece novedades y recurrencias respecto de sus dos primeros largometrajes.

“No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”, cantaba Luca Prodan, que se radicó en Buenos Aires y lideró hasta su muerte a la banda Sumo. Aunque no es de andar cantando, José Manuel Che Sandoval (Santiago, 1985) es otro extranjero instalado en la capital argentina. Un chileno con DNI transandina permanente, que si tuviera que despacharse una máxima de esta especie, diría algo como, “sé lo que no quiero, mucho más que lo que quiero”.

Mezcla de intuición y sistema, de ciudad y de palabras, el cine de Che Sandoval desembarca por tercera vez en salas locales. La primera vez fue con una película de titulación de la Escuela de Cine de Chile, Te creís la más linda (pero erís la más puta) (2009), que fue una rareza: una comedia autoral que se estrenó en el Cine Alameda y se convirtió en un hit del arte y ensayo. Cuatro años después vino Soy mucho mejor que voh, suerte de spinoff de la primera y sobre un cuarentón en crisis. Ahora es el turno de Dry Martina, que llega a ocho salas comerciales y 16 alternativas.

Como las dos primeras, es esta una comedia donde el sexo tiene un lugar central, aunque el tiempo y la experiencia han dejado huellas distintivas. En ella, una cantante argentina de los 90 (Martina) conoce a una fan chilena que dice ser su hermana y a su novio, con quien engancha. Si a Sandoval le dicen en Buenos Aires, donde vive desde 2011, que es una coproducción en sí mismo, Dry Martina no ha querido ser menos: con el sostén de la productora chilena Forastero (La nana) y de la argentina Rizoma (Whisky), la cinta integra, cual pie forzado, los dos mundos en que el guionista y director se ha movido. Pero a su manera.

“Las coproducciones son a veces medio forzadas, y yo quería hacerla muy natural; que la historia obligara a una coproducción”, plantea hoy. Y añade: “No me siento argentino, porque soy chileno, pero siento que conozco la vida argentina casi tanto como la chilena, y quería instalar esa naturalidad en la película. Quería que esta historia de falsas hermanas, que un poco compiten y un poco se aman, reflejara en algo la situación que viven Chile y Argentina”. Y si al lector le parece que no había visto algo semejante, puede que esté en lo correcto. El método del cineasta apunta en esa dirección.

Discurso del método

Pelilargo como de costumbre, sonriendo como si acabara de recordar un chiste, Sandoval se presentó el último sábado de octubre ante un público inquieto en la sala grande de la Cineteca Nacional. Era el día de su cumpleaños 33 y lo aprovechó para montar una clínica en la que recorrió distintos aspectos de su trayectoria (e incluso se dio tiempo para mostrar un teaser de la que podría ser su próxima película: Chuquicamata 90).

Hubo en la ocasión palabras clave que tendieron a reiterarse. Una de ellas fue el miedo: la importancia de perderlo, cómo obliga a buscar soluciones, a no paralizarse. También comparecieron los detalles, las emociones (“si una escena funciona emocionalmente, el espectador perdona todo”), la empatía (“no tiene que haberla desde el minuto uno”) y la idea misma de personaje (“hay un momento del guión en que el personaje responde a lo que es, y no a lo que uno quiere”). Todo lo anterior ayuda a entender su cine, aunque está cojo si no se considera la centralidad del habla: el hecho de que sus personajes son, en buena medida, lo que dicen y cómo lo dicen.

“El casting es de rostro, pero también de habla”, declaraba el cineasta en mayo de 2014. “Si no me gusta como alguien habla, es peor que si no me gusta su rostro”. Convencido de que “Chile es un país de habladores, de hablamiento”, hay acá un nexo con cierto cine local de vocación antropológica -Raúl Ruiz, Cristián Sánchez-, que a su vez dialoga con la variedad de espacios urbanos que pueblan sus películas. Y si hubiese que buscar más filiaciones, las hay estadounidenses (la pluma de Bukowski, el desenfado de Cassavetes) y también chilenas, de la literatura arrabalera de Gómez Morel y Méndez Carrasco, a Largo viaje, de Patricio Kaulen (“no entiendo qué pasó con el cine chileno, que no se han hecho más películas con el cariño que esa tiene por la ciudad”).

¿Y cómo lo ven en el set? Como alguien “muy intuitivo” y “muy abierto”, al decir de su colega Sebastián Brahm, también protagonista de Soy mucho mejor que voh. Tales rasgos, aclara el director de El circuito de Román, se despliegan al ensayar, “al momento de entender que la idea que estaba en su texto se encontró con un cuerpo que solo puede resonar bien en cierta frecuencia. En verdad, es muy mateo con los actores, con la fusión del actor y el texto, hasta lograr seguridad plena del sentido de lo que se está representando”. Por eso, y por más que el aire de espontaneidad y de frescura sugieran otra cosa, la improvisación en el set es cercana a cero.

De ahí que lo despeinado de sus películas sea fruto del sistema y de la intuición. Y tal vez ahora se note aún más, pues Dry Martina marca su debut con actores profesionales (Antonella Costa, Patricio Contreras), al tiempo que propone una historia que acusa su paso por una escuela de guión en Buenos Aires, así como la consultoría de Martín Rejtman (Los guantes mágicos). Igualmente, se sirve de valores de producción que dejan atrás ese look garage de sus dos primeros largos.

“Nos encanta tu cine y creemos que es muy vendible”, dice Sandoval que le dijeron sus nuevos productores, “pero por ciertas razones, más bien técnicas, no termina de venderse”. De ahí vino lo de hacer más inteligibles los parlamentos y lo de “cuidar la foto”, ahora a cargo de Benjamín Echazarreta, que entre otras películas trabajó en Gloria, a su vez una inspiración para Dry Martina. Como si todo calzara.

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