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25 años de MTV Latino: decimos lo que sabes, pero sabemos cómo hablar (parte 2)

25 años de MTV Latino: decimos lo que sabes, pero sabemos cómo hablar (parte 2)

Seguimos en Culto contando cómo el panorama de la música en Latinoamérica se modificó a partir de la llegada de la cadena MTV hace 25 años. En esta segunda entrega, los escenarios se llenan de velas y seriedad con el formato Unplugged, mientras la ley de la selección natural se lleva a algunas viejas glorias. Junto con ello, mexicanos dados al mestizaje aprovechaban la vitrina continental.

Parte 2: música para volar

The Black Stripes se hacían llamar y, como mandaba la referencia, sólo eran 2. Juanes en guitarra y Charly Alberti en la batería; juntos, eso sí, a un grupo importante de amigos prestando sus voces. La escena tuvo lugar en el festejo de los 10 años de MTV Latinoamérica en 2003 y servía para dar algunas coordenadas de los hitos musicales de la década en una idea atractiva: con el formato de garage dúo (como The White Stripes, se entiende), los intérpretes intercambiaban canciones y estilos.

Como el papel resiste todo y la realidad no tanto, uno se pregunta qué tan bueno fue ver a Álex Lora, de los mexicanos El Tri, ejecutando (literalmente) “We are Sudamerican Rockers” o a Vicentico poniéndole muchas ganas a un tema fuera de su registro como “Livin’ la vida loca”. Pero como las buenas intenciones eran lo que primaba, la posibilidad de ver en escena a los mencionados junto con Andrea Etcheverri (con “Gimme the power” de Molotov), Jorge González (con “Bolero Falaz” de Aterciopelados) y Ricky Martin (con “Matador” de Los Fabulosos Cadillacs), no dejaba de ser interesante. Tampoco olvidamos a Plastilina Mosh tratando de salvar el desaguisado de su compatriota con la canción de Los Prisioneros, aunque ya era muy tarde para hacer algo.

Igualmente, la selección de canciones no era casual. Estaba la banda chilena que inauguró la cadena, los argentinos que impusieron la fusión latina con conciencia social, unos mexicanos que endurecieron el mensaje y lo mezclaron con hip hop, los colombianos que incorporaron a una mujer a la ecuación y, por último, el portorriqueño que demostró que, finalmente, lo que más le gusta a los gringos siempre será un poco de movimiento de caderas latino.

Eso es lo que había pasado en una década, que no es poco. Pero no se puede olvidar que también, por aquella época, todo se llenó de velas y hubo que sacar las acústicas (aunque no siempre) para dar una pátina de credibilidad, mientras se les daba cristiana sepultura, en términos de popularidad, a varios de los iniciadores de la expansión de la música rock en Latinoamérica.


Yendo de la cama al show

Hace 30 años, no había nada mejor que ser lo más tecnológico posible. Y desde hace unos 10, gracias a la desgracia del autotune, cantar como si hubieras desayunado helio. Como la brújula de las tendencias siempre está con rumbo nuevo, hubo algún momento, por allá por los 90s, en que lo más rentable era tomar una guitarra de palo y mostrarse todo lo “real” que se pudiera. Esta modalidad acústica, iniciada en la señal estadounidense en 1989, permitió relanzar carreras e inmortalizó suficientes momentos de la historia reciente (¿alguien dijo Nirvana, por ahí?) como para transformarse en un elemento central de la marca y justificar su expansión a todas las filiales.

En el caso de Latinoamérica, los primeros conciertos de Los Fabulosos Cadillacs y los mexicanos Caifanes en 1994, fueron bastante normales y casi sin elementos acústicos, aunque para la actuación de los segundos, se reclutaron a un par de invitados de lujos como el violinista Jerry Goodman y el trompetista Jerry Hey. Recién un año después comenzaría el auge del formato, con la realización de 23 presentaciones (hasta 2012, cuando el formato descansó hasta el nuevo auge del último lustro), las que mayoritariamente se transformaron en discos de éxito comercial.

Así, por los estudios de Miami pasaron bandas en ascenso (Aterciopelados, Café Tacvba, Illya Kuryaki and the Valderramas), superestrellas latinas (Maná, Shakira), pero también figuras históricas de menor repercusión comercial a nivel continental (Luis Alberto Spinetta, El Tri) e incluso compatriotas como Los Tres y La Ley, de quienes hablaremos en la siguiente entrega. De entre todos ellos, destacamos un par de nombres que establecieron la conexión con la primera década de difusión masiva del rock en español: Charly García y Soda Stereo.

Antes de MTV Latino y con los incipientes medios globalizados, la expansión de la música moderna en español (“Rock Latino”, como le decíamos por acá o “Rock en nuestro idioma”, en México) corría por cuenta de los programas de video en tv abierta, las radios y las primeras giras continentales que hicieron, además de García y Soda Stereo; GIT, Los Enanitos Verdes, Virus, Miguel Mateos y, en menor medida, Los Prisioneros. A mediados de los 90s, buena parte de ellos estaban en el freezer o con las peores estrategias de marketing posibles, como Mateos, quien había pasado de ser la primera estrella latina con algún impacto en Estados Unidos, a inicios de década, a producir discos de escaso impacto en los años siguientes.

En ese contexto, ambos unpluggeds se unían por el reconocimiento a una carrera (más extensa en el caso de García, pero de menor éxito comercial en el continente), pero se diferenciaban en el presente de cada uno. Charly venía de años complejos, con internaciones psiquiátricas y actuaciones erráticas en vivo (como la del regreso de Serú Girán en 1992), sin muchos planes de hacérsela fácil a su público en el corto plazo. Por su parte, Soda, habían reverdecido su éxito con un disco menos experimental que el anterior (Sueño Stereo, de 1995), pero con todas las alarmas prendidas por una eventual separación.

En junio de 1995, Charly García subió la presión arterial de los productores desapareciendo en una limusina los días previos al show en Miami, pero al momento de grabar hizo un repaso soberbio, sobre todo a su carrera solista, en un formato que incluía una pequeña sección de cuerdas. Algunos meses después, Soda Stereo decidieron mantener la electricidad en buena parte de su repertorio, aunque variando los arreglos de temas de diferentes épocas de la banda.

Reproduciendo las versiones de “Entre caníbales” y “En la ciudad de la furia” que ya habían sido interpretadas el año anterior en la gira de Sueño Stereo, e incorporando aciertos como “Un misil en mi placard” con cita a Ride o “Té para Tres” con un guiño a Pescado Rabioso; el concierto que luego se denominó Comfort y música para volar (BMG, 1996) en disco, se transformaría en la última referencia con temas inéditos de la banda al incluir algunas canciones en estudio como “Planeador” o “Coral”.


So we can come around to joder

Ja, ja, que vas a poner un muro (Sabemos taladrar)/ por seguro te damos duro/ somos humanos y nos llaman mexicanos (me voy a reír de ti)

Separados por un par de meses, los unpluggeds de El Tri y Café Tacvba en 1995, servían como panorámica de los polos históricos del rock mexicano. Los primeros, rockeros tradicionales, eran representantes de un par de décadas de oscurantismo con canales de difusión casi inexistentes. Los segundos, recién aparecidos, presentaban una mezcla que partía desde el geek rock de They Might be Giants para abrazar influencias folclóricas, electrónicas y latinas, en un mestizaje perfecto para ser difundido por MTV.

Responsables del, quizás, mejor disco del rock en español de las últimas décadas (el inagotable Re de 1994), el cuarteto tuvo escasa difusión en las radios de su país hasta que algunos singles del que era su segundo álbum, como “Ingrata” o “Las flores” se complementaron con atractivos videos, logrando éxitos en lugares lejanos como Chile para luego alcanzar el estrellato continental.

Aunque bandas que llenaban estadios en el hemisferio norte como Caifanes o Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, no replicaron el suceso internacional, una camada algo posterior sí lo haría desde una interpretación mexicana de las influencias extranjeras. Los primeros provenían de la capital del país y combinaban la vocería social con fuertes bases de hip hop, funk y rock, en canciones siempre al límite de la censura. Molotov, que así se llamaban, eran un cuarteto que pasaban del mensaje escatológico a la broma simplona y luego al discurso coherente y revelador, sin enrojecer en el camino.

Los otros 2 grupos eran de Monterrey, ciudad fronteriza con Estados Unidos, una mención que es de importancia para comprender su mezcla estilística. Control Machete era un trío de hip hop, que tomaba la posta de Cypress Hill para “mexicanizar” aún más la propuesta original, incorporando argot y samples de su país. Por su parte, lo del dúo Plastilina Mosh era puro delirio, con una receta a base de cultura basura, un tremendo sentido del humor y una sutil pericia instrumental. Si a alguno todo esto le sonaba a Beck o a Beastie Boys, bien era porque en los créditos estaba Money Mark, colaborador histórico de los últimos. ¿Globalización querían? Algo así ocurría, pero con sabor a tequila. Viva México, cabrones.

*Ir a la primera y segunda parte.

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